Donde hay caña, hay un colectivo laboral (+fotos)

Aunque Sancti Spíritus está muy lejos de recuperar el cultivo, en los campos que son atendidos bajo esta fórmula se vislumbran señales positivas y son los cañaverales que muestran la mejor cara agrícola

No son pocos los que consideran la fórmula de los colectivos laborales viable y muy necesaria en estos tiempos. (Fotos: José Luis Camellón/Escambray).

En medio de la peor depresión del cultivo que se recuerde, algunos  cañaverales en Sancti Spíritus dejan ver atisbos de rebrote, justo los campos que son atendidos bajo el esquema de los colectivos laborales, fórmula organizativa que si algún recurso parece tener asegurado es el del sentido de pertenencia dado, entre otras razones, porque la mayor cuantía de los ingresos se reparte entre los integrantes.

Nadie vaya a imaginar que esta es la varita mágica que devolverá esplendor a los cañaverales espirituanos, porque los insumos que lleva el plantón nunca tendrán sustitutos. Si parece una respuesta coyuntural para una agricultura cañera que de no ser por esta variante casi estaría sentada en la guardarraya. Bastaría un ejemplo para pulsar en qué momento está el sector: la provincia lleva dos años que apenas ha sembrado caña para obtener semilla.

Tampoco pensar que se descubrió el agua tibia y ahora con pequeñas dotaciones de hombres y mujeres que asumen la atención de determinada área cañera se resuelven la carencia de brazos y la involución productiva. Sin embargo, hay coincidencia en que, donde ha funcionado bien, la fórmula del colectivo laboral se ha vuelto en el actual escenario un paliativo para el cañaveral.

Juan Carlos Peraza, a la derecha, y Carlos Torres han hecho del colectivo laboral un camino para transformar la plantación.

A ojos cerrados, cabe una apreciación: donde hay caña, hay un colectivo laboral, porque los campos que pasaron a esta estructura son en la vida real las mejores plantaciones de Sancti Spíritus. Al menos esa fue la vivencia que encontró Escambray en zonas de la Empresa Agroindustrial Azucarera (EAA) Melanio Hernández; tesis defendida a pie de surco por esos hombres que apostaron el trabajo y la economía en el cultivo.

SENTIDO DE PERTENENCIA

Aunque la meta superior es recuperar la producción, rescatar el apego al cañaveral nunca podrá considerarse una aspiración inferior; por ese ángulo anda el punto de vista de Antonio Viamontes Perdomo, director de la EAA Melanio Hernández.

“Han tenido resultados los que realmente han cogido el colectivo con la idea para lo que se entregó; primero, que haya sentido de pertenencia, algo que hemos perdido; tenemos familias que se han unido, eran de otras ramas agrícolas, pero tienen la caña casi en el patio de la casa; entonces, ponen la maquinaria y los recursos que poseen en función del cultivo, no dependen solo de la parte estatal.

“Lo otro es que cuando se le ha dado algún abono, como es un gasto, sí le llega al plantón, no se desvía ni se coge para otro cultivo. Igual sucede con el daño animal, el colectivo no lo permite, lo enfrenta porque se está perjudicando su economía. El que tiene un área y aplica estos conceptos tiene individualmente crecimiento productivo; en medio de la misma escasez para todo el mundo, las mejores plantaciones de la empresa son las atendidas por esta vía; también tenemos colectivos que adquirieron un área para marcar, como se dice, pero no le han hecho nada al campo o siguen haciendo lo mismo, y no hay transformación”, señala el director.

Hasta no hace mucho, en los cañaverales de la Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) Tuinucú, aledaños a la Autopista Nacional, rumbo a Taguasco, el paisaje del deterioro copaba la mirada. Jorge Luis Hernández Dávila, director de capital humano en la EAA, conserva aquel retrato: “Cuando a alguien le hacía falta soltar una yegua flaca, la traía para aquí; cuando querían meter una candela, estos campos los quemaban; las plantaciones apenas tenían 15 o 16 toneladas por hectárea de rendimiento agrícola”.

Para bien, el área pasó a un colectivo laboral y todo cambió, asegura Hernández Dávila. “Se acabaron los animales comiendo caña, las candelas, ahora no falta un plantón, no hay maleza, el rendimiento se duplicó y, para la nueva zafra estiman más de 40 toneladas por hectárea; ¿qué cambió?, el sentido de pertenencia, que el obrero agrícola se siente dueño del área y este colectivo específicamente recibe el 80 por ciento de la utilidad del cañaveral”.

En Melanio Hernández hay creados 189 colectivos, que agrupan a 680 trabajadores, el 56 por ciento de la fuerza agrícola.

El COLECTIVO ES LO MEJOR

La historia agrícola de Juan Carlos Peraza Rodríguez es tan exclusiva como inimaginable; pasó buena parte de su vida cultivando tabaco y se inscribió entre los vegueros de renombre en Sancti Spíritus. Sin perder su estatus campesino ni abandonar las tierras propias se separó de la vega y a los 71 años atiende los cañaverales que se arriman a su casa, los mismos que colindan con la Autopista, los mismos donde soltaban la yegua flaca.

“Somos dos familias unidas en un colectivo laboral trabajando en esta área; yo, que he pasado la vida en la tierra, le digo que la caña es el mejor cultivo que hay, el más agradecido; en la seca camina, si hay agua camina más. Cuando cogimos esta área, lo menos que había era caña, casi un monte de palo blanco, pero hemos trabajado duro; ahora sí es un cañaveral y eso que apenas hay recurso. En estos tiempos la fórmula del colectivo es lo mejor, porque no es igual un trabajo que usted no siente como suyo, a este, que lo hacemos con amor”, declara Peraza Rodríguez.

Carlos Argelio Torres Madrigal, productor de cultivos varios, unió también su familia a este colectivo laboral: “Voy para dos años aquí, ahora que transformamos el cañaveral ni pensar en dejarlo; uno se apega al cultivo, y aún sin entrar recursos, la caña si da para hacer ingresos, lo que toca es trabajar todos los días”.

Cuando la nomenclatura del colectivo laboral no había aparecido en el escenario agrícola, ya en la UBPC Guayos tenían cocinada la experiencia a partir de vincular el hombre al área a través de fincas. Más reciente se agruparon en la nueva estructura por cuya vía atienden hoy el 76 por ciento de las actividades de la UBPC, en tanto el 80 por ciento de la caña cosechada allí en la última zafra proviene de los campos en manos de los colectivos.

Onel Salas Hernández ha encontrado en esta estructura laboral una alternativa para mejorar sus ingresos y la vida familiar.

 “Si sacamos las cuentas, las áreas donde tenemos la fuerza vinculada por esta vía a los resultados finales de la producción tienen hoy mejor rendimiento agrícola que el resto de los cañaverales de la UBPC. Hay más sentido de pertenencia, y eso se llama dinero en el bolsillo, porque el hombre que representa un colectivo laboral pone a un obrero a trabajar y se gana en un día 300 o 400 pesos; en la otra parte de la cooperativa la producción no da para eso; entonces, confiamos en esa estructura porque vemos los resultados”, refiere Oscar de la Cruz Pol, presidente de la UBPC.

Onel Salas Hernández, soldador del pelotón de corte mecanizado de la cooperativa, creó un colectivo laboral junto a otro obrero y tienen bajo su patrimonio 31 hectáreas de caña. “Trabajar en dos cosas es fuerte, pero veo el fruto; como soldador gano 2 100 pesos mensuales, con el colectivo ya cogimos  254 000 pesos de utilidades para los dos. Ese cañaveral no lo suelto, lo voy a atender cada día porque vi el sacrificio de mi trabajo”, asevera Salas Hernández.

José Luis Camellón

Texto de José Luis Camellón
Reportero de Escambray por más de 15 años. Especializado en temas económicos.

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