El encanto de Fernando

Fernando del Toro Rodríguez lleva 45 años de experiencia pedagógica. Un maestro espirituano que integra la selecta lista de quienes han merecido el premio Los Zapaticos de Rosa que otorga la Organización de Pioneros José Martí (OPJM) en Cuba devela sus secretos a Escambray digital.

Si se hubiera llevado por su vocación habría sido agrónomo, a juzgar por los rebaños ganaderos, plantíos de tabaco y verdes cañaverales de los cuales creció rodeado y por el interés que despertaban en él. De ser así, se habría perdido la academia andante, el orfebre de personalidades que es hoy no solo para su natal Cabaiguán, sino también para la provincia y el país, el maestro Fernando del Toro Rodríguez.

No es raro, entonces, encontrarlo con el fango casi a los tobillos, rodeado de pupilos. Ellos van de un huerto a otro con posturas, cavan huecos en la tierra y las siembran, colocan postes vivos…

“Desde hace tiempo atendemos el área cultivable, pero este curso asumimos la responsabilidad nosotros solos, porque ya no está el técnico de la Agricultura”, explica mientras se acerca con su atuendo campesino desde uno de los huertos. La pedagogía que le inoculara la alfabetización a los 11 años en Matienzo Arriba ha calado muy hondo dentro de él. Se aferra a aquella idea martiana que define la esencia de una educación verdaderamente legítima: ir adonde va la vida. Crear hábitos laborales, he ahí el propósito que reafirma mientras conduce a este equipo por cada vericueto de la escuela donde se adiestra a los alumnos en los más disímiles oficios. Intenta, a todas luces, compartir el mérito.

EL DIRECTOR ARTISTA

Los ojos verde azules y la sonrisa que tantas veces endulzaron el alma de centenares de chiquillos en la primaria Tomás Pérez Castro, de Cabaiguán, conservan el mismo esplendor. Allá asumió las riendas del colegio por espacio de 23 años y al irse la dejó “como una tacita de oro”. Luego se las ingenió para “colarse” en la Enseñanza Especial, superación mediante, y desde entonces sentó cátedra en la escuela Julio Antonio Mella, donde actualmente atiende a niños con retardo en el desarrollo psíquico. Para él todos son iguales y, aun con la experiencia de 45 años enseñando, se declara partidario de cualquier crítica que pueda provenir de sus educandos. “Claro que las acepto, vienen de un corazoncito bueno”.

No se sabe si la magia obró mientras aprendía de sus errores en su primer centro docente, allá en la CMQ de Santa Lucía, o aquella mañana en que, todavía en su anterior colegio, comenzó a presentarse ante la muchachada, cada Día del Educador, con los más disímiles atuendos. Lo mismo se vestía de payaso que de pionero.

Quizás fue en una de sus tantas charlas con los discípulos, que llegaron a confiarle sus secretos más íntimos. Artista al fin, conoce el modo de solucionar los más enrevesados problemas sin delatar al confidente. Probablemente su encanto haya contagiado a los niños en una de sus tantas acampadas o caminatas junto a ellos, pues desde 1966 comenzó a ser guía base, responsabilidad que simultaneó siempre con la dirección.

Lo que sí escapa a toda duda es el amor incondicional que le profesan quienes fueron o son sus educandos. No le hacen falta elogios, ni siquiera puede memorizar las tantas condecoraciones que ha recibido a lo largo de la vida en su quehacer polifacético. Lo mismo se ha desempeñado como metodólogo-inspector que ha suplido la ausencia de un instructor de arte u ocupado cargos sindicales con tal dedicación como para merecer la medalla Jesús Menéndez, sin hablar de su pasión por las investigaciones. Por 17 veces lo han confirmado como Vanguardia Nacional, entre otros premios, aunque ninguno le regocijó tanto como el ser declarado Hijo Ilustre de Cabaiguán.

Ninguno hasta la entrega, el pasado diciembre, del premio Los Zapaticos de Rosa, que otorga la Organización de Pioneros José Martí. “No era para menos -expresa-, figuro en una nómina no muy larga, en la que aparecen Fidel, Raúl, Vilma, La Colmenita y los Cinco Héroes cubanos cencarcelados en Estados Unidos”.

¿Qué le emociona más en su vínculo con tantos alumnos?

Saber que finalmente los he motivado por la lectura, ver mi obra realizada en ellos, verlos convertidos en hombres y mujeres de bien, de todos los oficios y especialidades; escuchar cuando me dicen: “Si no llega a ser por usted…”.

¿Cuál tipo de maestro, a su juicio, necesita Cuba?

Un maestro cargado de amor y ternura por lo que hace; un buen pedagogo, un buen didáctico, un ejemplo en la vida cotidiana. Eso es fundamental, estén o no estén los alumnos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *