El maestro guajiro de un alfabetizador

Hombres y mujeres humildes protagonizaron también aquella proeza permanente de los cubanos que siempre será la Campaña de Alfabetización.

(por Pedro Larralde)

Si la Campaña de Alfabetización tuvo el protagonismo de miles de adolescentes y jóvenes cubanos que integramos las brigadas Conrado Benítez y Patria o Muerte, no menos valiosa fue la participación activa de las familias que nos acogieron y también nos aportaron valores para toda la vida.

Siempre que rememoro aquellos meses de 1961, tengo que realzar las enseñanzas que recibí de un humilde obrero agrícola, un virtuoso de la dignidad, el comportamiento humano y del cumplimiento del deber.

Recuerdo cuando llegué a su bohío de piso de tierra, donde vivía con su esposa y tres hijos pequeños. Desde los primeros saludos y una breve conversación me percaté de que allí me sentiría como uno más de la familia.

En aquel momento inicial, cuando llegamos a su casa en pleno mediodía soleado, me demostró la estatura moral y revolucionaria de un hombre sencillo pero profundo, curtido por el trabajo agrario.

Yo había sido asignado a otra familia, de mejores condiciones materiales, con una casa más amplia, donde debían alfabetizarse el padre (conocido en la zona como El Isleño), una hija y un hijo.

Pero aquel lugareño que era negociante y no productor se opuso a la estancia de un alfabetizador en su hogar. Nunca se supo por qué razón, él solo argumentaba que no tenía recursos para ello. Y por mucho que lo intentó Rosalía, la maestra de la zona que me acompañaba, no lo pudo convencer.

Salimos de allí y ella me propuso continuar para otra casa a hablar con el cabeza de familia, de quien me refirió elogios por su conducta honesta y revolucionaria, de excelente trabajador y padre.

A pesar de mi corta edad de adolescente yo podía comprender muchas cosas, a partir de mi primera formación en las filas de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, en la fundación de los CDR y en la Milicia Estudiantil, que me enrumbaban, lecturas incluidas, por la Revolución triunfante.

Por eso enseguida me identifiqué con aquel hombre, cuando al plantearle la maestra que El Isleño no quiso aceptarme en su casa, lo criticó fuertemente y luego la tranquilizó: “No importa, maestra, aquí puede quedarse y le prepararemos condiciones”. Entonces miró para mí y me preguntó: “¿Estás de acuerdo con quedarte aquí?”.

Mi respuesta no se hizo esperar, porque sentí la sinceridad y la nobleza de aquel guajiro y de su familia. Pero en ese momento no podía imaginarme cuánta ejemplaridad valiosa me trasmitiría aquel hombre del campo por sus virtudes cotidianas.

Así fue, porque aquel trabajador agrícola conocido por Lalo Rodríguez fue como un padre, un compañero valioso. Además de las diarias clases nocturnas con él y otros alumnos, me satisfacía compartir faenas agrícolas en su pequeño conuco, acompañarlo a la tienda del pueblo de la comarca o comentar lecturas de periódicos o de la revista Mella, que yo distribuía entre los alfabetizadores de la zona.

En ocasiones me contaba también los amargos tiempos de miseria antes del triunfo de la Revolución, por los desmanes de los poderosos apoyados por la Guardia Rural, en aquella vida de explotación y hambre en los campos cubanos.

Muchas noches lo vi partir hacia el cumplimiento de su guardia en la Tienda del Pueblo como miembro de las Milicias Nacionales Revolucionarias. Era un activo revolucionario a pesar de las agotadoras jornadas en la granja cañera del lugar; luego, en los atardeceres y los domingos continuaba las faenas en las pequeñas áreas de cultivo que tenía para el autoconsumo familiar.

En una ocasión, cuando ya había terminado de alfabetizarse, tuvo que partir con una brigada de obreros a recoger café montaña adentro, donde el bandidismo, auspiciado por el imperio, continuaba su sangrienta presencia. Durante ese mes fui entonces como el hombre de la casa y me hice cargo de diversas tareas que me había confiado, propias de una familia rural. Aquello me llenó de regocijo y profundizó más aún nuestra amistad.

Recuerdo la enorme alegría que trasmitía su rostro de hombre laborioso, cuando ya podía leer los periódicos que nos llegaban. Y lo hacía en voz alta, pero además con la comprensión de los textos y sus comentarios adicionales.

Siempre me llamó la atención la inteligencia natural de aquel noble guajiro cuarentón, miliciano de los primeros, querido y respetado en su zona de Los Azules, en las inmediaciones del Escambray. Por las enseñanzas que me trasmitió con su ejemplar conducta, Lalo Rodríguez fue mi maestro.

Él y otros miles de hombres y mujeres humildes protagonizaron también aquella proeza permanente de los cubanos que siempre será la Campaña de Alfabetización.

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