En Cuba ya los muertos no votan

“Hoy la democracia cubana me da el derecho a elegir”, afirma Andrés Valle Ballester.  El espirituano Andrés Valle desanda una historia de farsas electorales enterrada hace más de 50 años con el triunfo del Primero de Enero.

Desde su rincón fijo en el parque y sin mirar la cara del señor a quien lustraba sus zapatos de dos tonos, el hombre entre cada cepillazo echaba una ojeada al enorme pasquín que anunciaba un nuevo candidato. “Otro más”, mascullaba para sus adentros sin siquiera imaginar que las elecciones del 3 de noviembre de 1958 se convertirían en la última farsa republicana y el último intento político por sofocar el triunfo de la Revolución cubana.

Han pasado décadas de aquel sainete mal intencionado y a pesar de que a sus casi 75 años mi vecino se niega a integrar la tercera edad, sabe que lo viejo, por lo general, se resiste a lo novedoso; sin embargo, no es el caso de las elecciones en Cuba.

La mayoría adulta de aquella época no quiere ni acordarse de aquellas farsas que escondían las verdaderas necesidades sociales tras una fachada de fiestas y  congas, pasquines, altoparlantes, plan de machete,  tiros y compra de votos, a cambios de falsas promesas y fraudes en las urnas”, recuerda Andrés Valle con ese verbo preciso de quien enseña a través de la experiencia.

“Ya los muertos dejaron de votar en Cuba, increíblemente, antes te los sacaban de la tumba para que su nombre estuviera en una boleta; a sus familiares les compraban las cédula del fallecido y de toda la familia a cambio de una beca para un hijo, una cama en un hospital para el enfermo o cualquier otro ofrecimiento que se les olvidaba después de la suma de los votos y la llegada al poder”.

“Gente como Grau tenían su lemita, él, por ejemplo decía: ‘Las mujeres mandan’; sin embargo, ninguna mujer podía postularse para presidenta, ni negros, ni pobres tenían derecho ni dinero para ser candidatos y muchos como yo, que en aquel entonces era analfabeto, votábamos con el dedo pulgar lleno de tinta.
En aquel tiempo la Constitución de la República obligaba al ejercicio del sufragio. Al que dejara de votar se le aplicaban las sanciones establecidas por la ley. Al final nunca voté en el 58 porque a mi familia no le gustaba el candidato que le impusieron y este no lo pudo convencer con sus falsas promesas”.

Después de más de 50 años, el hoy profesor jubilado, aunque todavía activo, respalda la antigua historia a fuerza de comparar  una democracia que lo deja elegir y votar por quien él entienda, aunque no tenga tanto dinero como aquel senador que ocupaba una gran valla en el medio del parque La Caridad. La Revolución  además de que lo alfabetizó e hizo que se convirtiera en uno de los educadores espirituanos de mayor renombre, le trajo derechos como la satisfacción de escoger por voluntad propia al representante del pueblo, algo que ha podido hacer a lo largo de los 15 procesos electorales que han tenido lugar en el país.

“La historia no termina ahí, este negro sin dinero y fanfarrias y sin dar o pedir nada a cambio fue electo diputado a la Asamblea Nacional cuando en 1976 se fundó en Cuba el Poder Popular y mi única riqueza eran mis méritos personales”, apunta.

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