Trinidad también enlutó un 27 de noviembre (+fotos)

Pedro Zerquera Nieblas .La villa no olvida la triste jornada de 1957 en que cinco de sus hijos fueron asesinados por esbirros que creyeron detener la Revolución vertiendo sangre.

Quizá se debiese a la casualidad o a alguna misteriosa conjunción de astros, pero lo cierto es que 86 años después del fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina por el colonialismo español -el 27 de noviembre de 1871-, esbirros trinitarios reeditaron aquel crimen en cinco jóvenes revolucionarios naturales de esa villa.

Aunque existen muy pocos datos acerca de este hecho de sangre y de quiénes resultaron occisos, los elementos mínimos disponibles permiten establecer al menos una versión aproximada de esos abominables sucesos, acontecidos hace 55 años.

Clemente Magariño Pereira.Todo parece indicar que una indiscreción, seguida de una delación, facilitó detener a cuatro de los infortunados en Manaca Iznaga cuando se disponían a quemar cañaverales en áreas del antiguo central Trinidad, luego FNTA.

Solo ello explica que coincidieran en el lugar indicado los soldados al mando del Capitán José A. Guerrero Padrón, con Pedro Zerquera Nieblas, Clemente Magariño Pereira, Mario Guerra Landestoy y León Francisco Pettersen Domínguez, pese a lo supuestamente secreto de la misión que intentaban cumplir estos jóvenes, miembros del Movimiento 26 de Julio.

Mientras esto acontecía en Manaca, los agentes Monzón y José R. Tápanes capturaban a Fausto Pelayo Alonso Rodríguez, a quien condujeron a la Estación de Policía, de donde lo trasladaron posteriormente al cuartel, para ser salvajemente torturado y ultimado junto a sus compañeros de ideales. Luego, aquellas bestias de uniforme distribuyeron los cadáveres por distintos puntos de la periferia trinitaria.

DE RAÍZ HUMILDE Y VOCACIÓN REVOLUCIONARIA

Fausto Pelayo Alonso Rodríguez.La definición de hombres sencillos de origen humilde es una constante en las biografías de estos mártires, que buscaron en vida una solución a los tremendos problemas de la Cuba de ayer, multiplicados en Trinidad, donde la miseria y el subdesarrollo lastraban la existencia de una colectividad detenida en el tiempo.

Pedro Zerquera Nieblas nació en esa villa el 19 de octubre de 1936 y apenas pudo estudiar hasta el sexto grado, pues la situación económica lo obligó a trabajar para ayudar a sus padres. Primero lo hizo en el comercio y después como chofer de alquiler, labor que desempeñaba cuando se integró a la lucha contra la tiranía.

Más pobre aún era Clemente Magariño, quien solo accedió al tercer grado y desde su nacimiento, el 23 de noviembre de 1933, hasta su asesinato a los 24 años de edad conoció los avatares de la miseria.

Mario Guerra Landestoy.Mario Guerra Landestoy, de 36 años, era el mayor de estos cinco revolucionarios. Muy joven aún se dedicó al oficio de cortador de pieles para la confección de zapatos. Después puso un taller de tapicería, labor que alternaba con la de activo conspirador contra el régimen dictatorial de Fulgencio Batista.

De la zaga de los humildes era también Fausto Pelayo Alonso. De niño tuvo que dejar el aula al terminar el quinto grado y bregar sin descanso para conseguir el sustento. Ya adulto y convencido de que bajo la tiranía no habría mejoría posible, ingresó en el Movimiento 26 de Julio, del que fue un activo militante hasta su asesinato a los 30 años de edad.

León Francisco Pettersen Domínguez.El único que pudo pasar de la primaria fue León Francisco Pettersen, quien empezó el bachillerato en el Instituto de Cienfuegos, de donde se trasladó a la Escuela Técnica Industrial de Rancho Boyeros, en La Habana, la que abandonó al quedar huérfano de padre. Había nacido el 2 de septiembre de 1924.

LA REVOLUCIÓN HACE JUSTICIA

Juzgados por los Tribunales Revolucionarios luego del triunfo de enero de 1959, los asesinos implicados en esta masacre y en otros hechos de sangre recibieron el justo escarmiento, al ser condenados a muerte tres de ellos, encabezados por el capitán Guerrero Padrón, mientras otros tres recibían largas penas de cárcel. Como en la homónima novela rusa de Fiódor Dostoievski, se cumplía así -aunque más efectivamente- la alegoría de crimen y castigo.

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