Trinidad de paradoja en paradoja

Trinidad sufre una modernización en sentido clasicista que engalana su apariencia.La evolución de la villa trinitaria según la mirada de una prestigiosa investigadora.

Una joya arquitectónica de valía singular llega a sus cinco siglos como la describiera el escritor y dibujante norteamericano Samuel Hazard: “sobre esta balsámica costa sur”. Trinitarios de a pie y reconocidos expertos han alabado durante décadas la integridad de su patrimonio

El macizo de Guamuhaya y el mar Caribe son las fronteras naturales de una excepcional población que ha conservado las características urbanas y arquitectónicas de los tiempos coloniales.  La relación entre patrimonio arquitectónico y entorno natural, no transformados en el siglo XX, configuran un singular paisaje cultural que justifica la declaratoria de la UNESCO de Patrimonio de la Humanidad para Trinidad y su valle de San Luis o de los Ingenios.

Trinidad fue fundada a principios de 1514 en un punto cercano al río Arimao, hoy perteneciente a la provincia de Cienfuegos, pero la existencia de un gran asiento indígena en la provincia india de Guamuhaya decide el traslado de la naciente villa a un punto cercano al mar, más o menos al centro de la costa sur de la isla, en la inmediatez de la aldea aborigen de Manzanilla, cabecera del cacicazgo.

En un principio, el oro recogido en las márgenes de sus ríos hizo de Trinidad una población próspera. No obstante, agotadas las fuentes del mineral, su contribución a las conquistas del Continente fue en detrimento de su desarrollo. Durante un largo período de tiempo la villa estuvo en trance de desaparición hasta que el cultivo del tabaco y el azúcar crearon las bases para su estabilidad territorial y social. A fines del siglo XVIII, Trinidad era la ciudad más importante del centro del país.

En las décadas siguientes el desarrollo de la industria azucarera propició un momento de esplendor económico que se reflejó en la ciudad y sus edificaciones. Trinidad sufre una modernización en sentido clasicista que engalana su apariencia. Se construyen las viviendas más destacadas del conjunto. Entre ellas, los llamados palacios de Cantero, de Béquer y de Iznaga.

Estos años fueron testigos, además, del embellecimiento de la ciudad, manifestado en multitud de obras públicas y de ornato, como el Cuartel de Dragones (1824), el Cuartel de Infantería (1826-30), la Plaza de Carrillo (1837-40), la Cárcel Pública (1844), la Calzada de la Ermita de la Popa (1849), la Beneficencia (1851), la Alameda de Concha (1856) y la Plaza de Serrano (1856-57), entre otras. En 1838 se instaló el alumbrado de aceite y en 1859, el de gas. Al calor de estas transformaciones, la ciudad fue definiendo su físico: creció de norte a sur, de oeste a este. Se urbanizó la zona baja de la población, más cercana a la costa, según la clásica cuadrícula y a partir de puntos de nuevo interés urbanístico: la Plaza Carrillo, la Plaza de Isabel II, el Campo de Marte, lo que duplicó el área urbana total de la población. El empedrado, comenzado en 1827, estaba casi concluido al mediar el siglo, momento en que también se dio inicio a la pavimentación de las aceras. Era Trinidad una gran ciudad pero, en medio del esplendor, ya estaban presentes los signos de la ruina.

Muchas fueron las causas que intervinieron en la fractura económica de la Trinidad de mediados del siglo XIX, pero la fundamental estuvo relacionada con la dependencia azucarera de su vida económica. Hacia 1840, las posibilidades de explotación del valle de San Luis se encontraban agotadas en lo tocante a tierras disponibles para la extensión y aumento del cultivo de la caña. Se produjo un éxodo de capitales y de población hacia otras regiones —Sancti Spíritus, Sagua la Grande y, sobre todo, Cienfuegos—, en busca de mejores condiciones para la inversión de capitales. De año en año, las deudas de los productores aumentaban, sometidos a los comerciantes que, en ausencia de bancos, hacían el papel de refaccionistas, comerciantes peninsulares y extranjeros que terminarían por asumir el control económico de la producción de azúcar del valle.

Planteada la crisis, el apoyo de los trinitarios a la gesta emancipadora de 1868 vendría a ahondarla. Al término de la contienda quedaban 16 ingenios. En 1889, la producción se redujo a los 3 000 bocoyes de los ocho ingenios que aún se encontraban laborando. El último cuarto del siglo XIX fue pavoroso: se paralizó el tráfico comercial del puerto, cesó de circular el  ferrocarril, quebró la Compañía de Alumbrado Público, terminaron las representaciones en el teatro Brunet…Trinidad quedó reconcentrada en sí misma, sin recursos con que modificar sus edificios, el empedrado de sus calles, su fisonomía y ambiente urbanos. La ciudad se paralizó en el tiempo.

Pero la historia tiene sus paradojas. Lo que entonces fue una desventaja se ha transformado en la fuente fundamental de la vida económica de los trinitarios por la afluencia de turistas que visitan la ciudad, motivados por la antigüedad y autenticidad de sus edificaciones. Al turista que viene a Trinidad le interesa caminar por una ciudad histórica. Este boom turístico ha sido propiciado por  el trabajo de un numeroso grupo de especialistas que han realizado y realizan una sistemática labor de estudio, conservación, restauración y promoción de la urbe que, en virtud de dicho esfuerzo, se ha transformado en un relevante testimonio patrimonial del país y uno de los más representativos del Caribe.

Pero estamos de nuevo ante una paradoja.  El bienestar económico de los pobladores ha permitido realizar intervenciones en sus inmuebles, en ocasiones incompatibles con la significación de los mismos o del área donde se encuentran enclavados. La llamada zona de transición del núcleo histórico de la ciudad —al sur de la calle Jesús María— ha sido transformada con intervenciones arquitectónicas que han destruido lo viejo sin crear valores nuevos. Dentro del propio Centro Histórico se advierte una tendencia a intervenir en los viejos edificios en dos maneras: la primera,  mediante acciones constructivas que modifican la volumetría, las características del techo aéreo de la ciudad, la altura de las edificaciones, la disposición de los espacios delanteros, la integridad de los patios; la segunda, con imitaciones de elementos falsamente coloniales que trasladan a las viviendas soluciones utilizadas en instalaciones turísticas construidas en zonas no comprometidas con el pasado o copian temas tomados de monumentos locales no avenidos (por razones de diseño o cronológicas) al inmueble en cuestión.

Ambas acciones lesionan la autenticidad del núcleo histórico: introducen lo falso y confunden la fisonomía heredada. Es obvio que nuevas funciones obligan a reestructuraciones de los viejos inmuebles. Vale aclarar que lo viejo y lo nuevo no son categorías de intervención incompatibles. Es posible insertar elementos modernos en estructuras y espacios antiguos, pero conciliar lo nuevo con lo viejo tiene sus reglas, es necesario saber cómo introducir lo uno sin lesionar lo otro.

En conclusión, los trinitarios, los que habitan la ciudad, los que viven o trabajan  en ella, los que la visitan, los que la disfrutan o derivan de sus muros venerables beneficios materiales y espirituales están ante un reto imposible de soslayar: apostar por la conservación de la auténtica ciudad heredada o sustituir las antiguas estructuras por otras carentes de valores culturales y, por ende, de interés turístico. En la actualidad, todos somos responsables del destino futuro de Trinidad.

Experta en temas de patrimonio arquitectónico. Autora de títulos como Trinidad, un don del cielo y Las siete primeras villas. Formó parte del equipo de especialistas que elaboró el expediente para optar por la inclusión de Trinidad y el Valle de los Ingenios en la lista del patrimonio mundial.

3 comentarios

  1. Alicia tan sabía como nos tiene acostumbrados. Ojo que Trinidad puede morir de éxito tal como le pasó en el siglo XIX. En el afán de recaudar, tanto ciudadanos como autoridades están convirtiendo a Trinidad en un parque temático tipo disneyland solo que ya no estamos en el siglo XIX y recuperar el patrimonio perdido y la cultura autóctona de la Villa será muy difícil sino imposible dada la vertiginosa velocidad en que transcurren los nuevos tiempos. en Trinidad en los últimos años ha desembarcado una ola de buscavidas de toda índole y a todos los niveles que ayudados por la poca pedagogía que se ha ejercido hacia la población inculcándole el valor que tiene su ciudad tal cual como está sin necesidad de hacerle ningún cambio, han convertido poco apoco a trinidad en una especie de selva donde todo vale por tal de ganar CUC . Precisamente su conservación patrimonial es lo que grantizará a ellos y a sus descendientes los ansiados dólares. Cuando Trinidad pierda su encanto original se acabó el dinero eso por no hablar de la pérdida insustituíble del valor cultural y de identidad nacional que esto supone. Buscar entre los que dan permisos por un puñado de dinero para transformar casas y patios, buscar entre apáticos e indolentes cuando deberían ejercer su responsabilidad en los puestos que ostentan, buscar entre los oportunistas de siempre que van a Trinidad a turistear y pasarla bien argumentando reuniones asambleas, encuentros y pasarla entre bacanales y borracheras y luego se van con la sensación ¿del deber cumplido? Los hay y muchos desde la Habana pasando por Sanchís Spíritus hasta Oriente.

  2. MUCHO ME ALEGRA ESTE ARTICULO, QUE QUIZÁS LE PONGA FRENO A LA TRANSFORMACIÓN ESTERIL QUE SUFRE LA VISUALIDAD DE TRINIDAD, DONDE MUY CREATIVOS ARQUITECTOS NO ENCUENTRAN LA MANERA DE INCLUIR EL BIEN DE LA LOCALIDAD EN SUS PIROTECNIAS DE DISEÑO…..MAS BIEN PARECERÍA QUE LA META ES CAMBIARLA, DISFRAZAR HASTA EL CASCO HISTÓRICO EN UNA DISNEYLANDIA DEL POBRE….SIEMPRE ALICIA TAN OPORTUNA Y TAN DEFENSORA DE LOS VALORES DE LA CIUDAD

  3. Por favor alguien se preocupará por lo que hoy está pasando en Trinidad, lo que se dejó de hacer en meses se quiere hacer en dos días y eso solo le trae perdidas a nuestro país, nuestro presidente Raúl no estaría de acuerdo con este CARNAVAL de chapucerías, solo para decir ¿qué?.

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