Descendientes de japoneses viven en Sancti Spíritus

Ishao Shoda, una vida de leyenda.Ishao Shoda vino a Cuba a inicios del pasado siglo y creó una familia ejemplar en esta parte del mundo. Su hija Lázara devela las cortinas de esta singular historia.

 

Un día cualquiera de un mes perdido allá por la década de los años 20 del pasado siglo, Ishao Shoda, joven residente en una aldea perteneciente a la prefectura de Hiroshima, se despidió de los suyos en el villorrio, pasó por la añeja ciudad destinada a ser borrada del mapa japonés por el primer bombardeo atómico de la historia y emprendió un periplo de 15 000 kilómetros que lo llevó a Cuba.

Shoda dejaba atrás un país inmerso en la ruina económica, donde el sistema feudal imperaba en los campos y un capitalismo incipiente, pero feroz, se abría paso en las grandes urbes, sumiendo en la pobreza y la desesperanza a millones de sus compatriotas. Se echó entonces Ishao al mar bravío de la incertidumbre en busca de mejores horizontes, que creyó encontrar en otras tierras.

EN LA MEMORIA DE LÁZARA

De padre nipón y madre cubana, Lázara Shoda Díaz es una de las pocas descendientes de japoneses que viven en territorio espirituano. La historia que narra —algunas lágrimas mediante— constituye una verdadera epopeya familiar.

El recuerdo del progenitor de ojos oblicuos, allá en su lejana niñez, le llega a esta mujer de casi 74 años como entre brumas. Su relato se hilvana a pedazos que ella va uniendo como un rompecabezas. Lázara ignora en cuántos lugares de Cuba estuvo antes Francisco —así le pusieron a Ishao para cubanizar su nombre—, antes de irrumpir en la vida de su madre. Solo sabe que cuando aquel barbero chino se apareció en Placetas, ya había vivido en Camagüey y en otros sitios.

En aquel pueblo conoció a María de la Concepción Díaz Chaviano, quien fue criada por sus abuelos maternos, veteranos de la Guerra del 95, al quedar ella huérfana desde muy pequeña. El amor surgió a primera vista y la pareja no tardó en unir sus destinos y venir a residir la villa del Yayabo.

Ya en Sancti Spíritus, Ishao y María de la Concepción vivieron en distintos lugares, hasta establecerse en la calle Remate. Allí nació Lázara; después coexistieron en otros puntos de la ciudad, y vinieron al mundo sus hermanos Argentina y Luis Enrique Shoda Díaz.

Lázara: “La solidaridad de muchas personas nos permitió sobrevivir a la pobreza, la enfermedad y el infortunio”. LA GUERRA: UN DOBLE TRAUMA

“Un día —refiere Lázara— después de la entrada de los Estados Unidos en la guerra contra Japón, a mi padre se lo llevaron, pues a los extranjeros procedentes de países enemigos de los EE.UU. los recogieron y los internaron en el Presidio Modelo la entonces Isla de Pinos”.

Fue una experiencia terrible, ya que ella cogió una neumonía y la madre, sin dinero y sin recursos ni para pagar un médico, solo logró sobrevivir con la ayuda de una vecina llamada Pastora Gallo —recién fallecida—, quien asumió el pago del doctor y de las medicinas y les dio de comer hasta que María de la Concepción decidió ir para la casa de sus abuelos, allá en Placetas.

A la alergia que sufría la niña se sumó el trauma psicológico derivado de la falta del padre. “Mi madre tenía un altar, y yo, sin nadie decirme nada, iba al patio, recogía unas flores y se las ponía a Santa Bárbara mientras decía: para que me traigas a mi papito pronto”.

Llegó septiembre de 1945. Como el Japón resistió hasta ese mes, el pobre Ishao Shoda tuvo que permanecer más tiempo en prisión que los súbditos alemanes y de otros países derrotados en la II Guerra Mundial, los que firmaron la paz en mayo de ese año.

“Cuando él regresa, volvimos poco a poco a la vida anterior, pero con mucho trabajo, porque él perdió todo cuando se lo llevaron. Mi padre sufrió un doble infortunio, porque era de una aldea cercana a Hiroshima y la mayoría de sus parientes vivía en esa ciudad, víctima del bombardeo atómico el 6 de agosto de 1945.

“Muchos años después trataron de localizar por la embajada a algún familiar suyo, pero no apareció ninguno. Antes de eso él mantenía correspondencia con sus familiares de Japón y les mandaba dinero cuando podía, pero después la situación se hizo tan precaria que no tenía tiempo para escribirles ni dinero para mandar.

“Recuerde que le dije que nos habíamos mudado para Placetas, un pueblo muy frío, y como yo tenía ese problema de la alergia, si se quedaban ahí yo iba a seguir mal de salud, por eso decidieron venir para Sancti Spíritus. Mi padre iba caminando a Las Tozas, a Macaguabo, a La Aurora y otros lugares a vender billetes de lotería. En las casas campesinas almorzaba y comía, y así, gracias a la generosidad de aquella gente logramos subsistir.

“De esa forma pudo reunir unos pocos pesos en aquella época y compró un ranchito en lo que después fue el Reparto Toyos, con piso de tierra, el cual después fuimos mejorando”.

UNA LUZ EN EL CAMINO

Sin embargo, la penuria económica —tal como la habían conocido— estaba a punto de desaparecer. Mientras estuvo en la prisión, Ishao conoció a Jaime Tsuchiga, y a su esposa Rosa, también nipona, que lo iba a ver en el presidio de Isla de Pinos.

La hija, Indira González Shoda, monja de las Siervas de María (primera por la izquierda), recibe el saludo del Papa Juan Pablo Segundo durante su visita a Cuba en enero de 1998. Rosa tuvo más suerte o fue más lista que María de la Concepción, porque ella al quedarse sola con sus dos hijos varones mandó el mayor para la casa de sus padres en Japón, y se quedó con el menor; cosía y bordaba pago, con lo que logró reunir algún dinero que, al salir Jaime de su internamiento, les permitió montar una heladería en la esquina de “Santa Inés” y “San Arcadio”.

Entonces el esposo convocó a otros naturales del país del sol naciente para que le ayudaron a construir la pequeña industria llamada La rosa roja, en honor a su mujer y hada madrina, y los carritos rojiblancos de madera para la distribución del producto. Ya no le faltaría trabajo a Ishao Shoda.

Mientras sus retoños estudiaban, trabajaría igualmente en las tomateras de Peralejo, donde llegó a dirigir una brigada, además de vender pan que llevaba de Sancti Spíritus, hasta que, de nuevo en La Rosa Roja, se iba a ofertar helados a Tunas de Zaza.

Cuando esa fábrica fue intervenida, la trasladaron para otro punto de la ciudad, más cerca de su casa y allí laboró Shoda hasta su jubilación, disfrutando del cariño de los suyos hasta que cumplió 100 años y 48 días. Lázara no lo olvida un segundo; ni a su mamá que vivió 102.

Nota: Lázara Shoda, jubilada de la fábrica Nela, tiene una hija, monja de las Siervas de María, asignada hoy en Puerto Rico. Su hermano Luis Enrique, graduado de profesoral de Inglés, radica en La Habana, mientras Argentina reside con su esposo en California desde 1980.

3 comentarios

  1. A Indira y a José Luis, les agradezco sus mensajes, los que sirven de estimulo para seguir por la senda de la búsqueda de historias motivadas por las vidas ejemplares de personas que echaron su suerte con Cuba y los cubanos sin más recursos que su honestidad, sinceridad y laboriosidad proverbiales. Les reitero mi más sncero agradecimiento

  2. Indira González Shoda

    Gracias, Pastor por el bonito reportaje. Mi familia te lo agradece pues el abuelo para todos fue muy querido y admirado, incluso más allá del marco familiar, creo q el SS de la época lo recuerda aún…

  3. Conozco a Lazara desde hace mucho y a su siempre sonriente rostro
    Hermosa historia la de su familia,Que Dios le de larga vida a ella y a los suyos..Gracias periodistas y que se repitan estas interesantísimas historias sobre las gentes de nuestra villa.

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