Discoteca Ayala: ¿la cueva de los misterios? (+fotos)

La discoteca lleva el nombre de quien fuera uno de los pocos asesinos conocidos desde el punto de vista histórico en Cuba y América.En el hotel Las Cuevas, de Trinidad, funciona una discoteca que siglos atrás fue la guarida de un asesino.

 

(Por: Tamara Rendón Portelles y Elisdany López Ceballos)

Si los noctámbulos que frecuentan la Discoteca Ayala atribuyen el exotismo de sus noches solo a bailar tecno o salsa dentro de una caverna compuesta por rocas con millones de años, erraron en sus apreciaciones. La originalidad de aquel espacio no es exclusiva del bum bum golpeando las paredes pedregosas; detrás de ellas dormita una verdad macabra, una realidad escurridiza que agrede el misticismo impenitente de la villa trinitaria.

Ramilletes de luces esparcen colores por las irregulares estructuras de una cueva visitada por miles de personas al año. Tanto cubanos como extranjeros llegan atraídos por la características del espacio, sin sospechar siquiera que cuando la iluminación languidece y la gruta recobra una parte de su estado natural, los aires se empeñan en traer a colación un episodio de dolor y muerte que ha habitado en esos predios desde el siglo XIX.

LA LEYENDA

Para los niños trinitarios el “Coco” tiene nombre y apellidos. “Pórtate bien o Carlos Ayala vendrá a buscarte”, ha sido una frase recurrente entre generaciones de padres para tener bajo control a sus pequeños.

“Siempre escuché que este hombre raptaba a los niños, los llevaba a una cueva para violarlos y matarlos como parte de un ritual a los santos. Sus fechorías acabaron cuando el pueblo lo capturó y le cortaron la cabeza”, cuenta un anciano trinitario a la vera de uno de los empedrados que distinguen la ciudad.

Desde el portón de cierta casona decimonónica una joven expone convencida: “Dicen que era un desertor de la Guerra de Independencia; encontró refugio en la caverna y allí cometió muchos crímenes. Siempre nos lo ponían como ejemplo de que hay maldad en carne y hueso, por eso no era bueno que anduviéramos por las calles a deshora”.

Además de que la prensa de la época reflejó lo acontecido, 54 años después los cronistas recordaron el terrible crimen. Así, de boca en boca, los ciudadanos versionan los hechos. En cada esquina le ponen o le quitan, quizás por ese afán de distorsión innata a las habladurías del populacho. Las memorias colectivas testimonian las más disímiles muertes para esa especie de antihéroe: “agonizó a piedra y palo”, “fue ‘envasado’ en un barril con clavos incrustados para hacerlo rodar loma abajo”, “la horca fue su castigo”, “lo arrastraron por las calles amarrado a la cola de un caballo”…,  pero si en algo convergen tantas historias, es en que Carlos Ayala manchó de sangre el misticismo trinitario cuando convirtió aquella gruta en un escenario criminal.

Bastó la consternación de los ciudadanos para que ese paraje subterráneo perdiera su nombre legítimo: El Volcán. La desaparición de algunos niños y niñas ceñía sobre los más crédulos un vaticinio de horror.

“Los días se volvieron todavía más tristes en el pueblo, ya los pequeños no jugaban en las calles y la gente hablaba bajito. Muchos aseguraban que era magia negra porque en el lugar donde se habían visto por última vez a las niñas raptadas quedaba un olor raro, como el de un polvito rosado para adormecerlas.

“Se decía también que era obra de los ñáñigos, quienes les sacaban la sangre a los inocentes para ofrendársela a sus dioses”, describe un fragmento del libro Leyenda y verdadera historia de Carlos Ayala.

En una exposición cronológica de lo ocurrido, el mencionado texto pretende mostrar distintas perspectivas del asunto y permite dilucidar si es, o no, este temible personaje el inofensivo resultado de la imaginación popular.

Atner Cadalso González, licenciado en Historia del Arte y estudioso del tema, también reflexiona al respecto: “Actualmente este hombre es un personaje legendario para mucha gente, lo recuerdan y definen como la encarnación de lo maléfico. Incluso, el que siempre hablen de que el pueblo le dio una reprimenda significa, desde el punto de vista simbólico, el impacto sufrido tras hacerse públicos los acontecimientos”.

Sucesos tétricos profanaron las entrañas de La Trinidad, y con ellas el imaginario de una villa pródiga en reminiscencias pintorescas de épocas pasadas. La leyenda de Carlos Ayala reniega del olvido y aun con el paso de los siglos sus evocaciones vierten sal en una herida que, entre lo tangible y lo intangible, no cicatriza del todo.

Manuel Lagunilla Martínez, historiador de Trinidad.    VERDAD HISTÓRICA DE UN ASESINO

“Ayala sí existió a finales del siglo XIX. El asesinato de la niña fue real, pero los trinitarios no hicieron justicia por sus manos; eso hubiesen querido hacer, aquello conmocionó mucho. Era un pueblo pequeño y sumido en una crisis tras la guerra”, afirma Manuel Lagunilla Martínez, historiador de la villa trinitaria.

Según los autores Fidel Rodríguez y Maximiliano Trujillo, la veracidad de los hechos se constata en documentos históricos como ejemplares de la prensa local de la época, con lujo de morbo y pavor.

A la medianoche del 15 de julio de 1879 una detonación ensordeció la morada ubicada a espaldas del Aljibe de Santa Ana (Acueducto Antiguo). Vecinos y custodios de la cárcel que quedaba a 400 pasos de la vivienda acudieron al auxilio voceado. El fuego de mechones y alguna lámpara de aceite les allanaron el camino hasta la viuda y tres hijos, quienes gemían sin consuelo posible de rodillas ante don Roque Álvarez, ya cadáver con la sien ensangrentada.

“El maleante penetró silenciosamente, y cuando se disponía a salir con la niña Carmen Álvarez cargada, Don Roque se despertó e intentó detenerlo…”, cuenta el libro la causa del disparo fatal.

La escena del crimen delataba premeditación: el perro envenenado, colillas de cigarros y fósforos. Trinidad no hablaba de otra cosa, las calles olían a pánico. Tres días transcurrieron sin señal minúscula del culpable hasta el 18 de julio. Ante la presión del inspector de la policía, la hermana de la desaparecida, Tomasa Álvarez, confesó que un conocido de la familia frecuentó su casa en los últimos días: Carlos Ayala Agama.

Entre los antecedentes del individuo sobresalía la violación de un niño. El nerviosismo y la intranquilidad lo desenmascararon ante las autoridades. La hermana y la esposa también se mostraron ansiosas. En el registro a la vivienda fueron ocupados varios objetos como cápsula de revólver, manta y prendas de la desaparecida que intentaron quemar las cómplices, según se supo después.

Esa tarde, mientras arrestaban a Ayala, el oficial y algunos pobladores hallaron una casucha de guano dentro de una cueva ubicada en la periferia de la ciudad. En su interior descubrieron un camastro y cepo rústico ensangrentados, serrucho, martillo, escalera, útiles de cocina, hacha, sogas y una manito izquierda sobresalía de la tierra. Era el cuerpo mutilado de Carmen Álvarez, a medio enterrar. Los investigadores mencionan otros dos cadáveres que no se identificaron.

Tanto cubanos como extranjeros llegan atraídos por las características de este espacio.¿MUERTE DE UN HOMICIDA?

El 29 de octubre de 1879 se celebró la vista pública del caso y los trinitarios desbordaron los alrededores del Juzgado Municipal. Durante el juicio el acusado inculpó al padre, pero ante las evidencias confesó los asesinatos y la violación de Tomasa Álvarez.

Carlos Ayala Agama, pardo libre, natural de Trinidad, de 29 años, carpintero de oficio, que había participado dentro de filas españolas en la Guerra de los Diez Años y exmiembro del cuerpo de bomberos de Trinidad, “estatura alta, pelo negro, ojos negros, nariz regular, barba poca, remitido por el inspector de policía y en disposición del Señor Juez de la Instancia por homicidio y rapto”, figura en el Libro de Radicación de Causa.

“En la cárcel real dio muchos problemas. Decía ser brujo, gritaba e insultaba a todo el mundo. La aplicación de la sentencia demoró tres años y eso le hizo creer que era protegido por fuerzas oscuras y el gobierno español, hasta que llegó el fallo condenatorio que dispuso la ejecución en garrote vil en un lugar llamado La Mano del Negro. Aquel mal hijo de Trinidad fue ejecutado el 16 de febrero de 1882”, añade Lagunilla Martínez.

“Es probable que fuera un psicópata, aunque para la época no había un nivel de ciencia que permitiera definir un perfil psicológico del asesino. Me sorprende que hayan mantenido el nombre para el centro nocturno, ubicado en el hotel Las Cuevas. Es una contradicción extraña. Ni siquiera es una discoteca temática”, cavila Atner Cadalso.

“No se recrea la leyenda de Ayala. Nosotros no comercializamos esta historia, ni vinculamos el tema con la recreación, solo vendemos una discoteca en una cueva con atractivos naturales y eso es lo que les gusta a los turistas. Al cliente que pregunte, los guías especializados le cuentan la verdadera historia”, acota Mayté García Sánchez, Comercial y jefa de Recreación en el hotel Las Cuevas.

Entrada de la Discoteca Ayala, ubicada en el hotel Las Cuevas.Luces, mesas, barra, diversión y divisas entierran la historia. La música tecno silencia el lamento trinitario del siglo XIX. Canadienses, rusos, franceses o esos turistas más cercanos: los nacionales, “lo dan todo”, mientras un asesino vive horrorizando a los niños de esa villa en la tradición oral y se inmortaliza con deleite en la Discoteca Ayala.

7 comentarios

  1. En mi opinión y veo que varios piensan lo mismo que yo al respecto se debería cambiar ese nombre que tiene esa discoteca pues esa persona que le hizo daño a esa villa, familias y pueblo creo que no se merece que algo lleve su nombre….Deben cambiarlo.

  2. Es inaceptable que le hayan puesto ese nombre a la discoteca, una verdadera estupidez y deberían enjuiciar al que lo permitió.

  3. Tamara Rendón Portelles

    Amigos lectores, gracias por sus comentarios. Es cierto que el nombre oficial de la discoteca perpetúa a un asesino, pero fueron los propios trinitarios quienes comenzaron a llamerle así a la cueva, de boca en boca, de generación en generación, y años después se oficializó por la institución sin considerar la historia. La fuerza de la costumbre y de la tradición oral pesan, incluso, puede cambiársele el nombre y muchos trinitarios seguirían reconociéndola como la cueva de Ayala. Es una transmisión espontánea, enriquecida por el imaginario popular.

    • Estimada periodista, entiendo su comentario pero aún así insisto que debe cambiársele el nombre. Los posibles nombres atractivos son infinitos, inclusive pueden llevar intrínseco ese pasado pero con otra óptica, con la posibilidad de un presente y futuro feliz, algo más esperanzador. También poco a poco, de boca en boca se va creando una nueva tradición, más enriquecedora, formadora de valores. No propongo uno, ahora mismo se me ocurren algunos, porque me parecen poco atractivos pero hay profesionales o gente común que son muy originales, creativos y bien pueden hacerlo. Nunca he ido a esa disco pero estoy seguro que no es raro el preguntar por el origen de su nombre, al fin y al cabo es un apellido y que triste, paradójica o al menos poco atractiva es la respuesta a dar.

  4. Rodolfo Gallego

    pienso igual que los que me antecedieron, como inmortalizar el nombre de una persona que significó tantas cosas malas para los trinitarios. Habría que pensar

  5. Pienso igual, no deben darle realce a una instalacion como esa con el nombre de ese monstruo se debe hacer una encuesta y de seguro aparecen dicimiles nombres acorde pero que no tenga que ver con esos orrendos crimenes

  6. He quedado impresionado, pienso que al menos el nombre de la disco deben cambiarlo AHORA MISMO.

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