El arduo camino hacia la Guerra Necesaria

cuba, reinicio guerra independencia, historia de cuba, jose marti, antonio maceoNo se luchó 10 años, como durante la Guerra Grande —10 de octubre de 1868-febrero de 1878— para luego, sin alcanzar los objetivos de tan sangrienta contienda, dejar caer la espada ante un enemigo que aprovechó los errores, egolatrías y desavenencias del bando cubano para echar por tierra, con el Pacto del Zanjón, una década de sacrificios infinitos.

 

24 de febrero de 1895: una fecha que nos une

 

Recuerdan en Cuba reinicio de la guerra independentista en 1895

Cuando el decenio tremendo concluyó, muchos de los artífices de la paz sin libertad —y sin abolición de la esclavitud—  habían muerto; otros se retiraron a descansar dando la espalda a “la política”, mientras los demás se unieron a autonomistas y reformistas, corrientes que adquirieron auge a raíz de los citados sucesos, con el propósito de lograr de la metrópoli española, por vía pacífica, lo que no se le pudo arrebatar por medio de las armas.

Entretanto, fueron más quienes vieron en el pacto un receso pertinente para reorganizar las fuerzas y prepararse mejor a fin de reiniciar la lucha porque, en realidad, no hubo verdadera paz en la isla hasta 1880, como lo prueban la histórica Protesta de Baraguá, liderada por Antonio Maceo, y emulada en tierras villareñas y camagüeyanas por el brigadier Ramón Leocadio Bonachea, así como por la llamada Guerra Chiquita, extendida luego por espacio de un año.

Inmersos en la vorágine de los acontecimientos, a los recios luchadores, partícipes ellos mismos de hombradías y faltas, no les quedaba tiempo —o no contaban con las herramientas conceptuales— para teorizar sobre lo vivido y proyectarse con juicio hacia el futuro. Por fortuna, ese no fue el caso de José Martí.

Nadie como el joven habanero, hijo de valenciano y de canaria,  penetró en las más recónditas motivaciones del fracaso de aquella contienda que se inició cuando apenas contaba 15 años; que entonces por razones obvias no empuñó las armas, sufrió por la patria irredenta y vio en el Zanjón un escarnio para la conciencia y la moral de los cubanos.

Ya en su adolescencia Martí dedicó su vida a la lucha pertinaz por la libertad de su patria.

Mientras, y pese a su corta edad, libraba su propia guerra, desde la trinchera de la lucha política y la propaganda, madurando y profundizando cada vez más en los males de Cuba, y sufría en su “campo de batalla” el precio de la lucha por la libertad, como su temprano presidio por censurar a un condiscípulo cubano que osó servir al bando colonialista.

De ese crecimiento intelectual y político en su paso de la adolescencia a la juventud, dieron fe obras como El diablo cojuelo, Abdala, El 10 de abril y A mis hermanos muertos el 27 de noviembre, entre otras.

Casi sin interrupción, su temprana madurez lo ve crecer como poeta, filósofo, pensador de amplias miras, pero sobre todo en la condición de hombre público con cada vez mayor profundidad conceptual plasmada en textos al estilo de La república española ante la revolución cubana, La solución, Las reformas, Vindicación de Cuba, y muchas más.

DOLOROSO ENCONTRONAZO

Por desgracia, del descalabro de la década tremenda no todos sacaron iguales conclusiones. Los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo, y un amplio grupo de jefes y oficiales insurrectos vieron en la intromisión del Gobierno de la República en Armas —integrado casi exclusivamente por civiles— en los asuntos de la guerra, y en su débil autoridad, el factor principal de aquel fracaso.

De ahí que, motivados por el reclamo de sus correligionarios militares y clubes revolucionarios en el exilio, naciera el llamado Plan Gómez-Maceo, enfocado a preparar un nuevo empeño independentista estructurado sobre la base del Programa de San Pedro Sula, por haber sido enunciado en esa localidad hondureña el 30 de marzo de 1884.

Este programa centralizaba la dirección político-militar de la preparación y conducción de la guerra en la figura de un general en jefe electo por consenso entre toda la emigración —que resultó ser Máximo Gómez—, auxiliado por una junta de gobierno integrada por cinco miembros. De inmediato el insigne dominicano y el Titán de Bronce se dieron a la obra de coordinar factores en distintas plazas del exilio para el nuevo esfuerzo libertario.

En ese accionar, se produce el conocido enfrentamiento de Gómez y Maceo con Martí el 18 de octubre de 1884, cuando intercambian puntos de vista y se le informan a este último las bases de la ordenación adoptada. Martí no está de acuerdo y discuten. A los dos bravos luchadores les resulta arduo polemizar ante la elocuencia y autoridad de aquel joven de apenas 31 años que no había olido la pólvora en los campos de batalla, pero que estaba dotado de gran clarividencia política y espíritu de sacrificio.

Máximo Gómez llegaría por intermedio de Serafín Sánchez a ser íntimo partidario y ejecutor de la línea trazada por Martí .

Dos días después, el 20 de octubre, recibe Gómez la famosa carta en la que el incipiente líder le reitera al gran caudillo su inconformidad con la estructura militarista de la forma de gobierno que propugnaban él y Maceo para la guerra en gestación. Por tanto, les comunicaba su decisión de apartarse del movimiento. “Un pueblo no se gobierna, General, como se manda un campamento”, les dijo en la histórica misiva.

EN SU LUGAR HISTÓRICO

La vida demostraría, sin embargo, que uno y otros compartían porciones casi iguales de razón. En su búsqueda abnegada y heroica del objetivo supremo de la independencia patria, no era falta atribuible a estos generales su limitación en cuanto a visión perspectiva de la guerra en sus aspectos políticos y organizativos.

El movimiento que encabezaban fracasó en 1886 por diferentes causas, entre ellas la activa labor de la inteligencia española, la franca hostilidad de las autoridades yanquis, la indisciplina de ciertos jefes que se precipitaron y actuaron por su cuenta con expediciones destinadas al fracaso, sin que faltara la traición de ciertos cubanos.

Tocaría a Martí en plazo breve asumir la voluntad ferviente de los cubanos de organizar la nueva liza, que él catalogó de necesaria, en la que existiera un equilibrio entre el factor militar y el fuero civil, pero su obra nueva, distintiva y revolucionaria fue crear una organización política: el Partido Revolucionario Cubano (PRC); un periódico: Patria, y un programa de lucha enunciado en las Bases y Estatutos del PRC, incluidos los de origen secreto.

Y en esa obra colosal pudo contar, gracias a sus méritos y virtudes —y a los buenos oficios del espirituano Serafín Sánchez— con el aporte inapreciable de sus dos antiguos antagonistas. He ahí destellos ilustrativos de su singularidad y grandeza.

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