El nieto del cronista

Pupi acerca a sus nietos a la figura del médico e intelectual para preservar el legado de la familia. (Foto Carlos Luis Sotolongo)
Pupi acerca a sus nietos a la figura del médico e intelectual para preservar el legado de la familia. (Foto Carlos Luis Sotolongo)

Los recuerdos familiares permitieron a Juan José Ferriol y Sánchez admirar a quien fuera uno de los más notables escritores trinitarios del siglo XIX.

Cada 18 de julio María Emilia Sánchez Callejas caminaba hacia el cementerio de Reina, en Cienfuegos, para colocar una rosa sobre la tumba de su padre. “Tus abuelos duermen aquí”, indicaba a su hijo Juan José Ferriol y Sánchez (Pupi), mientras le contaba de aquel trinitario descrito por el abogado Rafael Rodríguez Altunaga como “hombre de mediana estatura, escaso de pelo en la cabeza, ojos azules de piedad y resignación, sencillamente vestido”, que encontró el amor a la orilla de la bahía de Jagua.
Esa liturgia mantuvo imborrable la historia del doctor Emilio Sánchez y Sánchez, quien, más allá de su quehacer como médico, trascendió por concebir el libro Recuerdos del tiempo viejo: tradiciones trinitarias, primero en recopilar las leyendas y anécdotas de la villa durante la época colonial, publicado en 1916 por la imprenta cienfueguera Luis Felipe Martín sin retoque alguno de los manuscritos; texto que el autor no pudo acariciar.
Casi un siglo después, el ejemplar reaparece en los estantes gracias a la lucidez de Sed de Belleza, editorial de Santa Clara. Ahora, sobre la mesa de una casa ubicada cerca del malecón de la Perla del Sur, Pupi compara la nueva edición con la de folios sepia que atesora, dedicada a su madre por su abuela. “Son idénticas”, concluye. Las palabras en el papel se mezclan con las memorias y Pupi narra una historia escondida tras las páginas.
“Mi abuelo nació en Trinidad, hijo de un abogado habanero y una trinitaria. Estudió Medicina en La Habana, se graduó como cirujano, pero desde joven sintió debilidad por las letras. Cuando tenía 22 años cumplió dos meses y un día de reclusión por un artículo que consideraron injurioso contra el Capitán General Ignacio María del Castillo. Mamá me contaba que al terminar la carrera volvió a Trinidad, se presentó en el Ayuntamiento y lo ubicaron en Condado. Estando ahí aumentó el deseo de escribir. Dicen que empezó tres proyectos al mismo tiempo: la biografía de 100 poetas cubanos con ejemplos de sus respectivas obras, los manuscritos para recoger la historia de Trinidad y Recuerdos…, pero solo terminó este último.
“Le gustaba el café. Era un hombre tímido, pacífico. Por eso no luchó con los mambises, sino que curaba a los heridos y servía de enlace con el seudónimo de Guamuhaya. Pero, a la par de todo eso, siempre mantuvo su interés por investigar las tradiciones”.
Pareciera una narración con ínfulas novelescas. Mas, basta hojear Trinidad de Cuba: la secular y revolucionaria, del historiador Gerardo Castellanos, para constatar la veracidad de los episodios y aquilatar la importancia del Heródoto trinitario —así lo bautiza Castellanos—, considerado un tradicionista por el experto, no un historiador o cronista como lo califican otros avezados como el poeta cienfueguero Fernando de Zayas.
Contrapunteo aparte, los estudiosos coinciden en que Sánchez y Sánchez “se bebió el pasado y lo contemporáneo; comprendió el ambiente y los objetos. Ensalzaba la poesía de las cosas viejas y decía que ellas (…) nos traen recuerdos (…), voces de otros tiempos, de cosas antiguas que nos son queridas, y afirmaba que la tradición representa una fuerza espiritual porque es un lazo de unión entre el presente y el pasado”.
A través de páginas que todavía huelen a imprenta regresan dichas evocaciones. “No sé cómo dieron con el libro original, pues solo se tiraron 21 copias la primera vez. Pero eso no importa. Lo único que lamento es que mi madre no esté viva —murmura Pupi con voz entrecortada—. Esta es la prueba del amor de mi abuelo por Trinidad”.
Y te habla de cómo una vez en Cienfuegos, Emilio vivió en Abreus, después en la capital provincial; de su amistad con literatos, de sus colaboraciones con periódicos locales, del premio que obtuvo antes de morir, otorgado por la revista El Fígaro, en 1915, por su cuento La vieja patriota, donde retrató el heroísmo de las mujeres del monte; de cómo continuó ateniendo a los pobres y adquirió el apelativo de Apóstol misionero de la Medicina.
“Un día, Florentino Morales Hernández, historiador de Cienfuegos, me comentó que los documentos, las investigaciones… de los historiadores deben volver a los pueblos natales. Por eso, viajé hasta Trinidad y entregué algunos manuscritos, apuntes, un documento firmado por Spotorno, entre otras cosas”.
¿Se atrevería usted a escribir al igual que su abuelo?
A mis 77 años… quizás, pero seguir los pasos de él me parece demasiado atrevido. Lo que sí hago de vez en cuando es transcribir sus obras a máquina para conservar copias legibles. Eso lo heredé de él: el amor a la Historia, porque físicamente no me parezco en nada. Dicen que más se parecía mi hermano —él falleció—, y que mi otro hermano tiene sus ojos. A mí me tocó lo espiritual.
¿Algún día los restos de Emilio Sánchez regresarán a Trinidad?
Eso no depende de mí. Aquí está enterrado con Rosa Callejas Sacerio, el amor de su vida. Pero si esa fuera su voluntad, alguna señal se encargará de mandar.

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