El Partido se parece a los hombres de su tiempo

A 50 años de los hechos, un fundador del Partido en las filas del órgano armado evoca el palpitar de la organización en sus inicio.

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“A la hora de aceptar a un nuevo militante se señalaba la más mínima cosa”, cuenta Celio Navarro. (Foto: Vicente Brito / Escambray)

Tenía 18 años cuando se sumó a los alzados que en la costa norte de Las Villas pretendían derrocar la dictadura batistiana. Sería uno más en aquel pequeño grupo de la tropa de Wiliam Gálvez que, en cumplimiento de una misión en la zona costera de Estero Real, municipio de Yaguajay, no conocería el triunfo revolucionario hasta el 3 de enero de 1959.

A falta de noticias, ante el cese de los tiroteos en el poblado y la negativa del jefe a regresar sin una orden de su superior, aquel día decidieron averiguar y uno de ellos caminó hasta el lejano bohío de un campesino.

“Venga conmigo y traiga el radio, si yo lo cuento mi jefe no me lo va a creer”, le dijo al lugareño el emisario cuando hubo escuchado la avalancha noticiosa desde el viejo aparato. Los sucesos que habían llevado a Camilo hasta Columbia y al Che hasta La Cabaña situaban a Gálvez al frente del regimiento de Matanzas. Entonces comprendieron que habían perdido demasiado tiempo.

Celio Navarro Pereira, oriundo de un lugar conocido como Piñero Guayabero, en la zona de Iguará, ya sabía de los riesgos que entrañaba el andar en cumplimiento de alguna misión con la aviación enemiga bombardeando cerca. Antes de su regreso a Yaguajay aquel día memorable debió, junto a sus compañeros de guerrilla, levantar el campamento en Jobo Rosado por orden de Félix Torres y tomar parte en los juicios a los prisioneros, donde un tribunal creado allí mismo declaraba culpabilidad o inocencia “como regla sobre la base de preguntas a los acusados, que obviamente negaban toda culpa y eran absueltos”, evoca en su casa, en el espirituano reparto de Colón.

En el verano de 1965, cuando se gestaba la construcción del Partido en las filas del Ministerio del Interior, él fungía como secretario del jefe de la Seguridad del Estado en la provincia de Las Villas y fue designado para un proceso que sentaría las bases de la organización primeramente en la región de Cienfuegos, con un acto el 29 de agosto de aquel propio año, y luego en Sancti Spíritus y Sagua La Grande, en el mes de noviembre. Era un mozalbete políticamente preparado y con la madurez necesaria para no dejarse llevar por aquella tendencia al hipercriticismo que marcaba a muchos.

“Ya en 1962 se había creado el Partido en la vida civil y al año siguiente en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, construirlo en el Minint era una necesidad. Recibimos una preparación previa, pero carecíamos de documentos, los primeros los elaboramos de manera empírica. A la par de aquel proceso se creaba también la Sección Política en cada una de las regiones. Había criterios muy arraigados sobre los requisitos que debía reunir un militante, se señalaba lo más mínimo, hasta un piropo subido de tono salió a relucir una vez”, relata.

Su admisión en las filas del PCC fue, apunta, una sorpresa. En el intento por salvar del extremismo a uno de los procesados afirmó cierta noche, ante el jefe a quien rendía cuentas, haber visto la cédula que daba fe de que el compañero no figuraba entre los votantes en las elecciones de 1958. “Había que ser vanguardia de verdad en el trabajo, era muy difícil que alguien resultara ejemplar para ser procesado si pasaba de los 30 o 40 años y no había tenido participación en la lucha clandestina o en el Ejército Rebelde. Ese era el caso de este hombre, que trabajaba en la Policía de Guasimal. Después que me atreví a tanto manejé hasta su casa y logré que hallara la cédula; ya en medio de la madrugada la llevé ante el jefe y le conté lo sucedido; habría sido una lástima perder a un militante como aquel”, rememora Celio.

A cinco décadas de aquellos días llenos de efervescencia, este hombre recuerda el momento cuando integró, sin saberlo, el grupo contrarrevolucionario de Nazario Sargent, del que se separó casi enseguida, y evoca la misión de Félix Torres cuando a modo de prueba lo envió hasta Meneses, por unas medicinas totalmente innecesarias, y terminó convenciéndose de su integridad.

“El Partido hoy se parece a los hombres de su tiempo. Ahora más que ejecutar, misión de los años iniciales, compulsa a la actividad ideológica”, sostiene el hombre corpulento que hace 24 años se acogió a la jubilación, pero laboraría aún más de una década como trabajador civil en su terruño natal. Por suerte, ya nunca más requeriría de la clandestinidad ni pasaría por alto ningún suceso de especial relevancia, como le sucedió cuando, alzado en medio de la espesura costera, ignoró el triunfo de la Revolución cubana.

One comment

  1. Y todavía este aguerrido guerrillero no puede explicar cuál fue esa “misión en la zona costera de Estero Real…con la aviación enemiga bombardeando cerca”, que le impidió conocer la caída de la dictadura de Batista cuando se produjo? Porque el artículo no menciona que hacía el hombre andando por esos manglares…

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