Periódico de Sancti Spíritus

Los de abajo

Apenas tres historias de vida entre las de cientos de hombres que hicieron posible la victoria del pueblo sobre el bandidismo en el Escambray
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Su esposa Cundinga sabía de memoria cómo llenar la maletica negra cada mañana antes que Mongo Treto cogiera los trillos del Escambray en aquellas interminables caminatas para seguir interviniendo las tierras. No podían faltarle el tabaco en rama para torcer, un pomo de café y los papeles en blanco.

“Como interventor iba a la finca, realizaba un inventario y ponía en un papel unas señales que él solo entendía. Después le informaba a Félix Torres y este le daba la orden para proceder a la intervención. Como conocía al pie de la letra el contenido del acta, recitaba sus por cuantos sin dificultad alguna (…) Me percaté de que no sabía leer cuando presencié una de esas intervenciones. Tomó el acta y comenzó a leer, pero la colocó al revés. Cuando terminó le hice la observación. Él me miró, movió el tabaco ente sus labios y me dijo: ‘Denis, lo importante es quitarle la tierra a esa gente y repartirla entre los campesinos, lo otro lo aprendo después’”, contó el general de brigada Luis Felipe Denis, al frente del Departamento de Seguridad del Estado en la Lucha Contra Bandidos.

De tan anónimas, las memorias de Mongo Treto se han ido diluyendo en el tiempo y ni en el Museo de Lucha Contra Bandidos (MLCB) se encuentra una imagen suya. En verdad, un hombre como él no necesita tanto bombo. Nacido en Manicaragua y criado en Güinía con sus abuelos, aprendió todos los secretos de la naturaleza.

“Si la bibijagua carga hojas secas, o semillas de malva o de guásima es que hay seca para rato, pero si usted la ve halando hojas verdes búsquese un nailon porque lo coge un temporal, y qué mejor pronóstico del tiempo que ese (…) Yo no sé qué combinación tiene ese bicho para saber que va a llover en condiciones”.

En esas lomas de bibijaguas y ríos cantarines conoció al Che y colaboró con los rebeldes, “como sabían que yo era una persona honesta y honrada me pusieron a llevar cartas y avisos”. Después, “cuando se poblaron estas lomas de bandidos, seguí interviniendo tierras, trabajando con el Ministerio y de guía del Ejército Rebelde”.

En las intervenciones de Quirro, Arroyo Bermejo y Pueblo Viejo percibió que los propietarios querían engañarlo. “Pero a mí no se me podía hacer una treta porque yo soy Treto”. Los latifundistas ponían el ganado pelú y flaco delante, pero se quedaban con los terneros. “Para recuperarlo había que jugarles una táctica y yo se la jugué”.

Otro día, el hijo de Félix Pérez intentó comprarlo: “Me dijo: ‘Mongo, deje 50 reses sin herrar que le voy a hacer un regalito’, y yo le contesté: acepto, pero si antes revives a los 20 000 muertos de esta Revolución y si me quitas los 10 000 desvelos que tengo para que este gobierno pueda ser un gobierno como todos esperamos. Como no podía cumplir con esto se quedó con las ganas, se montó en su caballo galano y salió hecho una salación”.

Ese día, en combinación con los alzados, le puso tres emboscadas, pero Mongo se fue por otro lado. Incendiaron su casa varias veces para que se fuera y él solo salió de allí cuando se acabaron los bandidos. Entonces se marchó a trabajar la tierra, se integró como auxiliar de la policía y los bomberos de Güinía. Antes, había dejado su fusil checo en la comandancia con una indicación precisa: “Ya sabes, si hay algo o si oyes de alguna invasión o cualquier cosa de esa, me van a buscar”.

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LA PUREZA DE PURO VILLALOBOS

El 12 de abril de 1962 el Congo Pacheco, uno de los más famosos bandidos del Escambray volvió a atacar la casa de un vecino de Puro Villalobos por viejas rencillas personales: “Yo estaba afeitándome cuando oí los primeros disparos. Solté la navaja, cogí la metralleta y salí con la mitad de la cara sin afeitar. Detrás de mí venían mis hijos con sus armas”.

En medio del combate se dividieron, Puro regresó con un herido y los muchachos siguieron el rastro del Congo hasta que lo capturaron. “Estaba destrozado, se incorporó un poco y me pidió agua y que le diera un tiro. Le dije que no, que nosotros no hacíamos eso, que Fidel decía que a los presos, aunque fueran enemigos, había que atenderlos con todas las de la ley (…) Llegué a la casa como a las doce de la noche y a esa hora me afeité la otra parte de la cara”.

En lenguaje campesino, el viejo era un hombre de Ley. Nació de mambises, con el siglo XX, en Cienfuegos. Muy joven se casó con su esposa Eusebia y tuvieron una larga prole de ocho hijos más otros cuatro que también crió en su escuela guajira de trabajo y honradez.

Aunque había comprado terreno propio, siempre defendió a los vecinos del desalojo. Alguna vez se entrevistó con Jesús Menéndez para evitar una injusticia de aquellas. Entonces “vino un capitán de la Guardia Rural y me preguntó que quién había ido a La Habana a dar las quejas. Yo le dije: nosotros, capitán. Y él me preguntó: ‘¿Y por qué usted si no tiene ninguna tierra ahí ni nada de eso?”. Y le tuve que decir: por humanidad, nada más que por eso lo hicimos”.

En la década del 40, cuando Puro Villalobos quedó postulado como concejal en Trinidad por el Partido Socialista Popular ya hacía rato traía esas ideas en la sangre y en la mente. “Aquello fue abusivo, compadre. Yo conocía a más de 12 comunistas en Trinidad y, además, tenía muchos familiares. Y el día de las elecciones, fíjese si harían trampas que nada más saqué tres votos. Aquello fue asqueroso, pero me sirvió de algo, me di cuenta de que las urnas no resolverían el problema de Cuba”.

Quizás por eso, este campesino defendió a capa y espada la Revolución. Hombre fiel y conocedor palmo a palmo del lomerío,      durante la limpia del Escambray, siempre escoltado por sus hijos, actuó como práctico y conformó la escolta del Capitán Raúl Curbelo.

Alguna vez Puro Villalobos se definió a su manera: “No juego gallos, ni fiesteo ni nada de eso y me acuesto temprano. Pero tampoco me las doy de santo”. Y parece que el Congo Pacheco lo sabía: en una reunión en Cienfuegos, donde preparaban el alzamiento, Sinesio Walsh comentó que lo único que faltaba era conseguir el apoyo de los Villalobos. Pero el Congo Pacheco, que los conocía bien, le cortó tajante el entusiasmo: “Ni te atrevas. Si ellos se enteran de esto hay que matarlos”.

Cuando la paz regresó a las lomas, Puro y los suyos volvieron a la tierra. Cambiaron su finca del Escambray por una más hacia el llano, cercana al pueblito de Barajagua. Dicen que muchos de sus compañeros de lucha llegaban a su casa a visitarlo y conversar mientras tomaban café. El Capitán Descalzo lo definió en una sola ráfaga: “Puro es un hombre puro”.

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CAPITÁN DE LOS DESCALZOS

Ese era otro de los de abajo que se las traía, como se dice de armas tomar: el Capitán Descalzo, Andrés Hurtado, un nombre que casi nadie reconocía. Sus pies, callosos y deformes por la deserción eterna de las botas, se apegaban a la tierra como las raíces de los árboles. “Desde que tengo uso de razón, no recuerdo llevar zapatos en mis pies”.

Huérfano de madre y padre, ni siquiera recordaba su fecha de nacimiento en el corazón de las lomas. Desde niño necesitó domar el surco para encontrar sustento. Aunque no era hombre de amarrarse a un solo oficio, sus trepaderas de desmochador que tanto lo distinguieron aún se conservan en el MLCB.

Ya en la vejez, echaba de menos a la compañera de su vida: “Eliada Hurtado. Así se llamaba. Nunca tuvimos una palabra más alta que la otra. Cuando yo iba a salir, me preparaba el bulto, con la ropa planchada. No me preguntaba ni a dónde iba ni por cuánto tiempo. Solo me recordaba: ‘Cuídate, que la familia te espera’”.

Dicen que hablaba como los buenos cuenteros. El machete no le faltaba, ajustado al cinto, junto a la cadera derecha. Su casa, su ropa, su ser, todo al desnudo. Cuando comenzó la limpia del Escambray no titubeó para escoger una orilla. Se convirtió en cazabandido a respetar con su pistola española Star, de calibre 45. “Yo siempre guerreo de pie. No me gusta echarme al suelo (…). También maté mis bandidos y cogí esta pistola”.

Cuentan que en 1961 la radio clandestina de la isla Swan trasmitió un mensaje amenazador: “El Capitán Descalzo debe preparar el lomo. Le ajustaremos cuentas apenas desembarquemos en Cuba”. Pero se quedaron con las ganas.

Su nombre, Descalzo, se lo puso el Escambray, pero los grados se los dio “quien puede. Me los dio Fidel Castro. Grados de capitán. En el año 1961. En los meses de la Limpia de Bandidos”. Y cuenta la anécdota de cuando Fidel quería remover Valle Blanco y supo que el mejor práctico de esa zona era él. Entonces los presentaron.

— Tú estás descalzo, se asombró Fidel.

— Descalzo, Comandante, le dije.

—¿No te han dado zapatos, no te han dado botas?

— Sí, Comandante, me han atendido de lo mejor.

Fidel intentó convencerlo de que se cuidara, que le hacía falta a la Revolución, que se iba a lisiar sin zapatos. Y él le respondió como si nada: “Oiga, Comandante, estos son los mejores zapatos. No hay que zurcirlos ni comprarles suela”. Un aguacero los sorprendió a mitad de camino. Fidel iba delante y él detrás. “La sierra se puso de jabón. Las gotas parecían limones. Fidel me prestó su jacket con las estrellas de Comandantes en las charreteras”.

Los campesinos de la zona empezaron a bromear y “yo respondía: no soy tanto como Fidel. No soy Comandante, pero sí soy capitán. Nada más que capitán. Fidel me oyó hablar así. En un alto de la jornada me dijo: ‘Tú eres el capitán de los descalzos’, y desde ese día me otorgué los grados”.

Nota: Este reportaje nació a partir de las referencias existentes en el MLCB y en testimonios recogidos por la literatura de la gesta.


Comentarios

3 Respuestas to “Los de abajo”
  1. OLGUITA dice:

    Es increible cómo quedan historias por contar de nuestra provincia. Mary Luz me gustó mucho su artyículo y quisiera que siguiera esa línea porque aunque no le parezca encierran un altísimo contenido y cada día se aprende algo nuevo. Una asidua lectora de la presnsa espirituana.

  2. ITANA dice:

    Cuando leo cosas como las escritas aqui me acuerdo de mi abuela materna que me contaba como había sido la limpia del escambray y las cosas que habían tenido que hacer la gente pobre para sacar a los bandidos de alli, creo que se debiera escribir un libro testimonial en la misma forma que esta escrito este comentario, con la foto de la persona y lo que lo hace especial para la historia de Sancti Spíritus. De gente así esta llena nuestra historia y a veces sin querer se estan relegando al olvido.

  3. Riverol dice:

    Refresco mucho con esos articulos y mas si lo escriben mis grandes amistades Los borregos los cuales admiro por su profesion y sencilles


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