No me creo un héroe

sancti spiritus, ebola, sierra leona, medicos cubanos, cuba, africa occidental, contingente henry reeveSin soltar los ariques, el médico Miguel Sacerio se enroló en una riesgosa cruzada contra el ébola. De regreso a casa, comparte su historia con Escambray

Sentados frente a frente en la sala de su casa, allá en Jatibonico, Miguel Sacerio Caballero no parece el mismo hombre circunspecto que meses atrás compartió líneas desde Sierra Leona en mi buzón de correo electrónico; o al menos así me lo figuré.

Sin más atuendo que unas cuantas historias a flor de piel se te para delante no ya el doctor de riesgosas misiones en México —cuando se enroló por vez primera en la brigada Henry Reeve— o en Venezuela, ni el clínico del Grupo Básico de Trabajo que desanda ahora los campos de Jatibonico; sino el guajiro de Manicaragua que, al parecer, no ha soltado todavía ninguno de los ariques.

Y no podría negarlo aunque quisiera, porque la llaneza lo delata. “¿Por qué estudié Medicina? Te voy a decir un secreto que solo algunos saben: yo entré al predestacamento de Ciencias Médicas para irme a jugar fútbol por los policlínicos; pero en realidad no tenía afinidad así por la Medicina —me estampa en la cara sin tapujo alguno—. Cuando llegué a matricular que me dieron aquel bando de libros fue cuando más miedo le cogí; pero como guajiro al fin si estás montado en el mulo hay que darle los palos y ya cuando entré a los hospitales en el tercer año de la carrera me empezó a gustar y comnecé a estudiar y estudiar hasta que me gradué en 1990”.

Desde entonces la vocación que le ha germinado desmiente cualquier embullo pasajero de los años juveniles y los no pocos títulos cosechados a lo largo de estas décadas pudieran bastar para dar fe del médico que es: especialista en Medicina General Integral; diplomado en Terapia Intensiva, en Cardiología y en Emergencia Médica y especialista en Medicina de desastres…

Fueron quizás esas mismas cartas credenciales las que hace solo unos meses le dieron boleto para asumir una de las decisiones más temerarias de las tomadas en toda su vida: montarse en aquel avión para ir a combatir el ébola.

EN PLENO VUELO

Cuando del otro lado del teléfono le comunicaron la posibilidad de una misión de habla inglesa no vaciló en dar la respuesta: “Sí, yo voy”. Solo en Sancti Spíritus con aquel cartapacio de papeles entre manos le informaron del cambio repentino de destino.

“Nos dijeron: ‘Ustedes se van para Sierra Leona’; y yo dije: Bueno, pues para Sierra Leona entonces. Ya habíamos dicho que sí y el guajiro cuando dice que sí es igual que el puerco cuando aprieta la pata en la mancuerna. Luego, caí en la selección de los primeros 165 colaboradores que partieron para allá”.

Antes de poner un pie en la escalerilla del avión, en el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí ya habían aprendido a sortear algunos riesgos: a vestirse y a desvestirse paso a paso, religiosamente; a trabajar en esas carpas que simulaban hospitales de campaña; al estricto manejo de no pocas enfermedades; a lidiar con las costumbres más raigales de aquellas tierras… Pero Sierra Leona fue otra escuela desde aquel día de octubre en que se les presentó como una ciudad fantasma.

“Cuando llegamos allí por la epidemia, la dirección de ese país mandó a cerrar todos los negocios, todas las minas de oro y de diamante, que es en lo que trabajan, y prácticamente el país estaba en franca recesión económica. Llegamos al aeropuerto y no había nadie, la pista casi vacía y el único avión que había era el cubano. Ya en la guagua que nos trasladaba del aeropuerto a la capital empezamos a ver la zona rural de Sierra Leona: personas viviendo en casas de tabla, de paja y muchas hechas de barro y la gente sentada sin hacer nada y pidiendo comida constantemente”.

Aun en el hotel Balmoy, aquella instalación aislada donde se asentaron al inicio de la misión, llegaban los ecos de los malos presagios: que si en el hospital que existía antes empezaron a tratar los primeros casos sin saber lo que era y murieron hasta los doctores; que si el único médico de por aquellos lares se fue ante el brote epidémico y los dejó a su suerte; que si aldeas enteras se habían esfumado ya…

“Los primeros que llegamos fuimos los cubanos y también los primeros en comenzar a trabajar. Empezamos en un hospital en Kerrytown que se construyó estando nosotros en Sierra Leona —lo hizo la Organización No Gubernamental Save the Children— que era específico para tratar ébola. Era un hospital con paredes de tabla y techo de zinc y la instalación eléctrica mediante celda fotovoltaica”.

Mas, no fueron ni siquiera esas mínimas condiciones ni los más de 40 grados Celsius que sofocaban debajo de aquel techo de lona y de los trajes impermeables lo que verdaderamente sacudió a Miguel desde el principio.

“Cuando empezamos a trabajar aquello era una mortalidad super alta, se morían con mucha facilidad. Al inicio me impactó mucho la parte esta de llegar a la sala y ver que los mismos nacionales no querían ni bañar a sus conciudadanos ni darles comida, entraban y se iban. Por eso, además de la asistencia médica, tuvimos que empezar a tomar esa otra función y a partir de ahí comenzó a mejorar la supervivencia de los pacientes”.

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Para salvar —y salvarse—, amén de los medicamentos, había otros antídotos: acudir al médico en las primeras horas, abolir aquel ritual de bañar a los difuntos y luego echarse esa misma agua por encima, dejar los enterramientos en manos del personal especializado del gobierno… Los médicos, por su parte, ya tomaban no pocas precauciones: ponerse las botas de goma y los piyamas, ataviarse con los trajes herméticos sin que se les quedara ni un milímetro fuera, no permanecer más de 40 minutos en las salas de ingreso y luego, descontaminarse a fuerza de una fumigación con agua y cloro y despojarse de aquellas ropas casi sin tocarlas y volver a bañarse con las mismas sustancias.

Ni los rigores de esas medidas extremas para evitar contagios ni los temores que se le avivaron cuando le diagnosticaron el ébola a Félix Báez, el colega con el que compartía hasta tazas de café, ni la cercanía de la pérdida de Villafranca, el joven enfermero pinareño, le calaron igual que otras muertes prematuras.

“Los niños fueron los casos más duros —confiesa—, porque nosotros no estamos acostumbrados a ver tantos niños muriendo. Muchas veces te miraban con aquella cara de inocente, con aquellos ojitos pidiéndote ayuda y tú eras la esperanza; como estábamos todos vestidos iguales para mí que ellos pensaban que éramos sus familiares y había muchos que levantaban las manitos para que los cargaras y eso te impacta y te golpea muchísimo”.

Ante tanta muerte más de una vez la piel se le puso de gallina. Y no lo oculta: “Mira, yo te voy a decir algo, miedo siempre hay y si tú no tienes miedo fracasas porque el que tiene miedo trata de cuidarse y hacer las cosas bien, además estás enfrentando algo que sabes que está ahí, al ladito tuyo. Cuando dejas de tener miedo estás condenado al fracaso y el fracaso de nosotros nos costaba la vida”.

EN PICADA

“Si llegaron los cubanos se acabó el ébola”, dice Miguel que se escuchó decir desde que pusieron un pie en Sierra Leona. Mas no era cuestión únicamente de optimismo.

“En los primeros tiempos más del 70 por ciento de los casos que llegaban fallecían. La primera sobreviviente que tuvimos se llama Cecilia —que después hizo un contrato con Save the children— y también sobrevivió su hermano. Primero lo que empezamos a hacer fueron los cambios de protocolos porque al principio lo que decían era: ‘Vamos a proporcionarles una muerte digna’, pues se pensaba que todo el que se infestaba iba a morir irremediablemente. Nosotros empezamos a trabajar y a hacer procederes, a atender como se debía y comenzamos a tener mejor sobrevida, además de que los casos ya llegaban antes de los seis días. En total los 165 que estábamos en Sierra Leona salvamos 2. 2 pacientes por cubano”.

¿Y cuándo lograron cortar la trasmisión?

Eso fue ya casi en la recta final. Ya eran muy pocos los casos infestados, pero el sistema estaba más organizado y habían abierto varias instituciones para tratar el ébola. Hay un hecho curioso: nosotros terminamos la misión y cuando nos retiramos, que íbamos de viaje al aeropuerto, al otro día cerraron el hospital, el Save the children, porque no había personal que trabajara”.

ATERRIZANDO

Antes de partir Miguel no sabía a ciencia cierta cuánto tiempo andaría salvando en África y era lo de menos; la única certeza entonces era la de permanecer hasta que la epidemia fuera erradicada. Quizás por eso, aquel día del regreso anunciado le costó trabajo resignarse a los rostros alicaídos que en lo adelante dejaría de ver por años. Y dice lo imaginó todo sin premonición alguna: los días de aislamiento en la isla —pese a la quincena de reclusiones que tuvieron antes de partir—, los tratamientos de rigor, los actos de bienvenida y el abrazo y los besos de los suyos.

Por más que pase el tiempo, Sierra Leona sigue siendo una cicatriz incurable en medio de los afectos. “Desde el punto de vista humano la misión dejó en mí el valor de la vida; desde el punto de vista profesional me demostró que cuando un médico deja de hacer un intento por obtener un resultado está dejando de ser médico, porque nosotros hicimos intentos con algo que se pensaba que era imposible y tuvimos resultados y el médico que deja de hacer los intentos deja de investigar y si dejas de investigar dejas de ser científico y si no eres científico no puedes ser médico. Y lo otro: la riqueza social que tiene Cuba”.

Ahora que propusieron a la Brigada Médica Cubana que luchó contra el ébola para Premio Nobel de la Paz, ¿se cree un héroe?

“Yo no me creo un héroe, la gente dice eso, será un título que me van a dar pero yo sigo siendo normal, a mí no me da nada. Tú me ves a mí trabajando, haciendo mi vida normal, viendo a mis pacientes. Me dieron el escudo de Jatibonico y está bien, lo puse ahí, pero sales a la calle y la gente: ‘¡Coño, Migue!’ y a veces hasta me da pena que me digan esas cosas. A mí no me gusta el traqueteo ese, igual que la entre vista esta…”.

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