Críticos, sí; ingenuos, no

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La clausura del VII Congreso del PCC contó con la asistencia del líder histórico de la Revolución Fidel Castro. (Foto: Juvenal Balán)

Todos nos preguntábamos cómo sería. Teníamos miles de expectativas en torno al Informe que el Primer Secretario del Comité Central del Partido presentaría al VII Congreso de la organización. Habituados a prácticas democráticas, gracias a las cuales cada paso importante del país se ha consultado previamente con las masas populares, en los núcleos partidistas echamos de menos el debate previo. Queríamos, en esencia, atizar el fuego alrededor del ideal de nación al que aspiramos para el futuro.

 

-Regresó a Sancti Spíritus delegación que asistió al VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (+Fotos)

Fidel en el VII Congreso del Partido: El pueblo cubano vencerá (+ Fotos)

Nos alegramos, en consecuencia, de que tras escuchar al General de Ejército Raúl Castro Ruz los delegados enarbolaran una idea antes ya mencionada por él y que devendría determinación del plenario: consultar no solo con la militancia del Partido y de la UJC, sino con una representación más amplia de los cubanos, los documentos rectores debatidos en la cita, sobre todo las bases del Plan Nacional de desarrollo económico y social hasta el 2030.

A modo de preparación de la audiencia para esa especie de disección que se le realizara en el Informe Central a la Cuba de los últimos cinco años, Raúl arrancó con el reconocimiento de un primer síntoma de anomalía: entre un Congreso y otro ha disminuido la militancia del Partido, lo que está influenciado, dijo, por la negativa dinámica demográfica y por el efecto de una práctica restrictiva de crecimiento durante más de una década, pero también “por las insuficiencias propias en el trabajo de captación, retención y motivación del potencial de militantes”.

Un segundo elemento relativo a los tropiezos en la implementación de los lineamientos de trabajo aprobados en el VI Congreso —esa especie de médula en la articulación de los esfuerzos actuales— puso sobre la mesa de debate lo que la organización política ya había venido auscultando: la obsolescencia en la mentalidad de no pocos, que, de acuerdo con el propio documento, conforma una actitud de inercia o de falta de confianza en el futuro, nostalgia por momentos de menor complejidad en el proceso revolucionario y aspiraciones enmascaradas de vuelta al pasado capitalista como solución a problemas actuales.

Justo en ese punto sobrevendría la aclaración esencial: “Las decisiones en la economía no pueden, en ningún caso, significar una ruptura con los ideales de igualdad y justicia de la Revolución y mucho menos resquebrajar la unidad de la mayoría del pueblo en torno al Partido”, precisaría Raúl. De ahí que insistiera en el imperativo de asegurar al pueblo no solo más explicaciones, sino también un mayor y más cercano seguimiento al proceso de cambios que se operan en el entramado nacional.

De ahí, también, otra declaración que si bien deja ver deficiencias muestra a las claras la voluntad de cambiar, para que Cuba no siga padeciendo de los mismos lastres que agudizan desde hace años las secuelas del cerco externo que se nos ha tendido desde 1962: ha faltado sentido de la urgencia cuando los efectos de las medidas adoptadas, lejos de ser los esperados, resultaron contraproducentes. El solo ejemplo del precio de los alimentos, mencionado por él, así lo confirmaba.

La falta de previsión a la que aludiría después constituye no más que una derivación del inadecuado trabajo con las reservas de cuadros, “lo cual propicia —apuntaría— que personas sin compromiso y ética sean promovidos a responsabilidades vinculadas al control y disposición de recursos materiales y financieros, creando el caldo de cultivo para la corrupción y otras ilegalidades e indisciplinas”.

Al abordar de manera autocrítica tan espinoso asunto, Raúl apelaba a una percepción clara sobre la relación de tales prácticas con la autoridad moral que debe ser inherente a quienes ostentan responsabilidades dentro de la organización de vanguardia. Aludía, asimismo, a rasgos esenciales en la militancia partidista que no pueden soslayarse y a ello añadía el imperativo de un permanente vínculo con las masas, que en algunas estructuras y lugares se resiente.

Sin embargo, como mismo la realidad cubana quedó dibujada en el informe sin los eufemismos que Raúl llamó a desterrar, otras verdades mucho más trascendentes fueron ratificadas en ese momento inaugural de la cita. La primera, que no ignoramos las aspiraciones de poderosas fuerzas externas a generar agentes de cambio dentro de Cuba para acabar con la Revolución y el socialismo por vías más encubiertas.

A tono con ello, el informe recogió también los progresos en el vínculo y atención del Partido a la Unión de Jóvenes Comunistas, a las organizaciones estudiantiles y movimientos juveniles, algo en lo que deberá ponerse un énfasis mayor, toda vez que hacia la juventud es que se enfilan, como bien se significara luego en los debates, los esfuerzos de subversión para que el sistema político cubano se desmorone.

La otra declaración de principios que no sorprendió a ningún cubano, pero seguramente preocupa a quienes nos atacan y hasta exigen que ello cambie, fue la relativa a la resolución de seguir contando en la nación con un partido único. Es ante él que se plantea la obligación de “potenciar y perfeccionar de manera permanente nuestra democracia”, para lo cual se deberá superar definitivamente —subrayaba el Informe—“la falsa unanimidad, el formalismo y la simulación”.

Un reto colosal e imprescindible agregaba el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba para los tiempos actuales y venideros: el de preservar y fortalecer la unidad nacional en circunstancias distintas a las que nos habituamos en etapas anteriores. “Si lograran algún día fragmentarnos, sería el comienzo del fin, ¡no olviden nunca esto!”, insistió Raúl. Y está claro. Ante el incremento de las acciones de un gobierno que destina cada año millones de dólares para que Cuba cambie el rumbo elegido por otro que obedezca a sus apetitos hegemónicos, solo cabe persistir en una idea salvadora, expuesta al final de lo que el Héroe cubano Ramón Labañino Salazar llamara el legado de la generación histórica: la irrevocabilidad del Socialismo refrendado en nuestra Constitución.

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