Periódico de Sancti Spíritus

El guajiro de Caguazal (+ Fotos)

Eligio Martí Pérez Francisco se burla de sus 76 años y afincado en un bastón sobresale en Fomento por su integralidad productiva

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Eligio: Ni a la tierra ni a las vacas las he abandonado, aunque últimamente ando con bastón”. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Allá en Caguazal, entre los ríos Guaracabuya y Agabama, la finca de Eligio Martí Pérez Francisco delimita a Sancti Spíritus con Villa Clara. En ese recodo de la geografía fomentense anida la historia de un hombre cuya virtud no descansa solo en la vocación campesina que le llegó por la sangre; su verdadera singularidad está enyugada a los más tradicionales códigos de la sitiería en estrecha comunión con otro oficio que cautivó también su vida: la carpintería.

Asociado a la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Mártires de Fomento, el guajiro de Caguazal traza pautas de laboriosidad y respeto hacia ese compromiso que contrae todo dueño de tierra cuando de producir para los suyos y los demás se trata.

No hace falta preguntar por medallas y diplomas, tampoco por la cuantía de sus producciones, sus méritos están al alcance de la vista y los oídos; por eso se dice que Eligio Martí avisa cuando va a faltar a una asamblea campesina y que no hay que pedirle comida para el hogar materno “porque el se adelanta y lleva 10 libras de frijoles”.

Cualquier hombre de campo, por naturaleza, practica el multioficio y lo mismo atiende una cosecha que ordeña la vaca o arregla un portillo; más, hablamos de un campesino cuya estampa no parece ajustarse al típico guajiro y, quizá esa complexión menuda sea el secreto que le permitía en sus años de brío construir una casa de tabaco, hacer un pozo o cultivar una vega.

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Este campesino fomentense lo mismo atiende una cosecha que ordeña la vaca o arregla un portillo. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

“De niño empecé a herrar, ya siendo joven comenzó a gustarme la carpintería y hubo una etapa en que el descanso del mediodía lo ocupaba haciendo un taburete, la vida mía era carpintear; pero, le digo algo, cuando veo la vega de tabaco linda, eso no se compara con nada”.

Atenta a la cafetera y a la conversación, Berta Bello Morales sigue el rastro a cada palabra que pronuncia el compañero de su vida desde hace 52 años, sabiéndose segura retaguardia de los resultados productivos de la finca Casa Teja. Motivada por la curiosidad periodística, devela al guajiro de carne y hueso: “Eligio Martí era perro chulo en su juventud, a mí me enamoró con las serpentinas de los carnavales”.

“Por querer trabajar mucho —narra el campesino— me caí de una casa de tabaco y me fracturé la pelvis por tres lugares; te imaginarás, el médico me indicó reposo, pero no puedo estar sentado; ni a la tierra ni a las vacas las he abandonado, aunque últimamente ando con bastón”.

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Eligio Martí Pérez está asociado a la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Mártires de Fomento. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

¿Qué aporta usted a la sociedad?

El año pasado entregué unos 14 000 litros de leche con 10 vacas, de granos entre 80 y 100 quintales y de tabaco, mi cultivo principal, este año debo dar alrededor de 150 quintales; también hago mis aportes en los cultivos varios.

¿En medio de esa diversificación cómo alimenta las vacas?

A soga, de esa forma dan más leche; siempre estoy buscando el lugar donde puedan comer y las mantengo hartas; claro, entregar leche así, casi es un trabajo que no se paga; tiempo atrás llevaba las vacas al mediodía hasta a cuatro kilómetros de la casa.

¿Con 76 años y un bastón que labor hace?

Ya entro poco a la vega, todo lo hago arriba de la yegüita, esa es mi salvación para andar por ahí y estar al tanto de la finca; montado en ella dirigí hace poco la obra de la última casa de tabaco. Claro, ya no es igual; hace unos días me puse a pelear, a decirme yo mismo: estoy echo un trapo, con bastón; pero bueno, todavía ordeño, no puedo prenderme con una cebú grande, busco las mansitas.

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Eligio: Cuando veo la vega de tabaco linda, eso no se compara con nada. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

¿Acaso aquí el clima es más benévolo con los cultivos?

Mira, en esta zona no se puede hablar de llover poco, en mucho tiempo no cae una gota de agua; yo escapo porque tengo esa divinidad de que me pasa el Agabama a un kilómetro y este año he sembrado dos veces esa loma que vez ahí para frijol, la primera cosecha la perdí, la segunda se dio horrorosa. Los cultivos ahora se dan a nivel de riego, si esperas por el cielo, no coges nada.

Aquí el tomate se daba a la patá, si no era el sol, no lo echaba a perder nada; ya no es así; tenía un naranjal y me lo acabaron las plagas. Ahora los tiempos vienen muy distintos a cuando era muchacho, fíjate que años atrás yo cortaba tabaco al mediodía, hoy no se le ocurre a nadie hacer eso, se achicharra.

¿Nunca sintió la tentación de acercarse al pueblo?

No me ha gustado vivir allá, cuando usted se va para el pueblo se puede olvidar de la tierra, el campesino es del campo, si viras la espalda, mañana no es igual. Lo que sí me ha gustado siempre es cumplir mis compromisos productivos; vivo agradecido, lo que tengo es ganado con el alma y, el sitio, tiene relevo, mi hijo y, ahora el nieto; no quiso estudiar más y le dije: echa pa’cá, que aquí hay trabajo.

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El año pasado entregué unos 14 000 litros de leche con 10 vacas, de granos entre 80 y 100 quintales y de tabaco, apunta el campesino. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)



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