El yate que representó una flota

Pequeño, de madera y solo 39 toneladas, el Granma trajo a Cuba la vanguardia de la Generación del Centenario para hacer una revolución que se inscribió en la historia de América y el mundo

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La ruta del Granma desde Tuxpan, México a Los Cayuelos, cerca de Niquero, en la antigua provincia de Oriente.

Solo un prodigio de valor, abnegación y patriotismo —y relativa suerte— hizo posible que al amanecer del 2 de diciembre de 1956 lograra arribar a nuestras costas por Playa Las Coloradas, Cabo Cruz, en la antigua provincia de Oriente, la expedición que a bordo del yate Granma desembarcó 82 combatientes al mando del joven abogado Fidel Castro Ruz para hacer la libertad de Cuba.

El yate que representaría para la historia de Cuba y América el efecto de toda una flota, había salido del puerto de Tuxpan, Veracruz, en la noche del 25 de noviembre de ese propio año en medio de una noche tormentosa, desafiando la prohibición de navegar de las autoridades mexicanas, para enfrentar con su frágil estructura de madera la furia de los elementos desencadenados.

Poco antes de este viaje homérico, abocado a la terminación del año en que había prometido estar en la patria con las armas en la mano, Fidel expresó: “Si salgo, llego; si llego, entro; si entro, triunfo”. Esta expedición era la continuación del primer gran paso histórico dado el 26 de Julio de 1953 por Fidel y sus compañeros de la Generación del Centenario de José Martí con el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en Santiago de Cuba y Bayamo, respectivamente, por lo que sufrieron prisión.

Ya en “libertad” desde el 15 de mayo de 1955, los recién excarcelados pudieron comprobar muy pronto que estaban en cadenas y oprobio sumidos, por cuanto la tiranía les prohibía todo tipo de expresión pública. A Fidel y sus principales colaboradores se les impuso una presión asfixiante, peor tal vez que la que antecedió al Moncada, por lo que no quedaba más opción que irse al exilio a preparar una nueva edición de la Guerra Necesaria.  

Desechado Estados Unidos por su colaboración con el régimen de facto, México fue el lugar escogido. Allá llegó Fidel el 7 de julio de 1953, menos de dos meses después de haber salido del presidio en Isla de Pinos, para entregarse de inmediato a la actividad política.

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El pequeño esquife puso proa al futuro.

MÉXICO, LOS PREPARATIVOS

Ya en la capital mexicana, Fidel estableció en el apartamento de la cubana María Antonia González, en Emparán No. 49, una especie de Estado Mayor que dirigiría todo el trabajo, y convirtió esa vivienda en centro de contacto y reuniones de los exiliados.

Allí Fidel conocería a nuevos y valiosos compañeros, como el médico argentino Ernesto Che Guevara y otros cubanos y extranjeros que formarían parte de la futura expedición. Como Martí en los años 90 del siglo XIX en Nueva York, se volcaría entonces el joven dirigente a una actividad febril de proselitismo político, el perfeccionamiento de los contactos con el Movimiento en Cuba y la formación de clubes revolucionarios en México, Estados Unidos y otros países para la recaudación de fondos.

Los aspirantes a expedicionarios iniciarían un progresivo entrenamiento con largas caminatas, alimentación  escasa y exposición a las inclemencias climáticas, mientras se adquirían las primeras armas y se buscaban lugares apropiados para alojar el personal y esconder los pertrechos.

La preparación física correría a cargo del mexicano Arsacio Vanegas, ducho en lucha personal, y el entrenamiento militar lo asumiría Alberto Bayo, veterano de la guerra civil española. Entretanto, de la compra de armas se encargarían el cubano Jesús Reyes (Chuchú) y el mexicano Antonio del Conde (El Cuate), propietario de una armería en Ciudad México.   

Las prácticas de tiro se efectuarían principalmente en el campo Los Gamitos, situado en las afueras de la capital azteca, en cuyo entorno de montañas se realizaban arduas caminatas. Luego se sumaría el Rancho Santa Rosa, una extensa propiedad alquilada por el Movimiento, ubicado a unos 40 kilómetros de la urbe.

La estancia de los revolucionarios en México fue continuamente hostilizada por agentes batistianos enviados por la dictadura con la intención de vigilar a Fidel, frustrar sus gestiones y, a la primera oportunidad, eliminarlo físicamente. Ellos no dudaron en sobornar a policías y otros agentes hasta lograr la detención del líder y de varios de sus compañeros en junio de 1956.

Esto provocó el desplazamiento de los cubanos hacia Veracruz y Jalapa, donde alquilaron diversas viviendas. Por orden de Fidel, Chuchú Reyes y el Cuate se encargaron de comprar el Granma a su dueño, un norteamericano de apellido Erickson, y, mientras el yate era reparado en Santiago de Las Peñas, trasladaron los entrenamientos del rancho de Santa Rosa, ocupado por las autoridades, para otro cerca del pueblo de Abasolo, Tamaulipas.

Pero, se acababa el año y la impaciencia de Fidel por cumplir su promesa a los cubanos de que “en 1956 seremos libres o mártires”, se hacía imperativa. En Ciudad México los federales habían ocupado un gran alijo de armas de los revolucionarios en una casa a cargo de Pedro Miret y Enio Leyva. Luego, una deserción ocurrida por esos días en Abasolo acabó de decidir al jefe del 26 de Julio a dar la orden de partida.

El 24 de noviembre, desde ese campamento y desde Ciudad México, Veracruz, Jalapa y Ciudad Victoria fueron llegando grupos de cubanos a Tuxpan y se concentraron allí para pasar con las primeras sombras nocturnas hacia el caserío de Santiago de Las Peñas, en cuya ribera se hallaba fondeado el yate Granma, que fueron abordando en silencio.

Alrededor de la una y treinta horas de la madrugada del 25 de noviembre de 1956, la embarcación concebida para un máximo de 12 personas y sobrecargada con 82 tripulantes, armas, bagajes, equipos y escasos víveres, emprendió uno de los viajes más arriesgados de la historia para iniciar una guerra libertaria.

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Sobrevivientes del primer combate desastroso en Alegría de Pío.

NAVEGANDO AL FUTURO

Nadie en el yate sabe lo que le deparará el futuro. El paso de las aguas calmadas del río a las encrespadas del océano en medio de la ventisca y la lluvia impenitente no augura nada bueno. Su jefe les inspira confianza, y mientras el hacinamiento y el mareo hacen estragos en la mayoría, Fidel toma disposiciones, prueba y afina los fusiles de mirilla telescópica, hace reuniones, proyecta… 

Cerca de las costas de Cuba, cuando un hombre cae al agua en medio del agitado mar y la noche borrascosa —conocido ya el levantamiento del 30 de Noviembre en Santiago de Cuba— todo queda en vilo, pues la Marina y la aviación del régimen, ya apercibidos, los pueden sorprender y hacer una masacre.

Pero Fidel decide buscar hasta encontrarlo sin reparar en riesgos. Uno de los expedicionarios, veterano del Moncada, de nombre Juan Almeida, siente una emoción que lo desborda. Rememorando aquel momento anotará luego en su diario: 

“Pensamos en la grandeza de este jefe que es capaz de arriesgarlo todo por un combatiente. En esta empresa no habrá jamás abandonados, no habrá jamás olvidados… Con la salida de México para Cuba se materializó otra vez la idea comenzada en el Moncada, detenida en el presidio, alimentada en el exilio y ahora puesta en práctica. Ha tenido que esperar, pero ya es realidad y se empezará a desarrollar tan pronto se realice el desembarco”.

No dudaba aquel joven humilde, de oficio albañil, que la promesa de Fidel sería cumplida a cualquier precio, como se cumplió al amanecer del día siguiente pese a los avatares e infortunios, pues ese 2 de Diciembre empezaba la guerra de liberación, nacía un Ejército.

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