Y sin “embargo”, ¿se mueve?

cuba, bloqueo de estados unidos contra cuba, barack obama, obama en cuba, relaciones cuba-estados unidosSe sabe que Barack Obama no vino a Cuba a celebrar la Revolución, ni a tomar experiencias del programa del médico de la familia, ni a aprender del proyecto de los Joven Club de Computación; más bien vino a todo lo contrario: a “vender” un sistema de valores del cual es resultado y también su más eficiente embajador, como nos recordara Fidel Castro a los pocos días de debutar como el cuadragésimo cuarto presidente en la historia de los Estados Unidos de América.

 

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Negro, hijo de padre africano y madre estadounidense y nacido en Hawai, no parecía predestinado para triunfar en la política norteamericana; sin embargo, su talento innegable y sus facilidades para comunicarse, especialmente con los jóvenes, lo convirtieron primero en senador por el estado de Illinois y luego lo llevaron a la Casa Blanca por dos períodos consecutivos.

No son pocos los especialistas que concuerdan en que Obama se acercó a Cuba no para conquistar a la isla insurrecta, incluida en todas las listas de malvados, bloqueada y sin relaciones diplomáticas con los EE.UU. desde hacía más de medio siglo, sino para reconquistar al continente todo, que literalmente se había rebelado en pleno en dos Cumbres de las Américas —Puerto España, en Trinidad y Tobago (2009), y Cartagena de Indias, en Colombia (2012)— por la exclusión arbitraria de nuestro país de las reuniones regionales.

Tras 15 meses del histórico anuncio del llamado 17D (17 de diciembre del 2014), Obama aprovechó sus días en la capital cubana para entrevistarse con Raúl, hacer un tour familiar por La Habana Vieja, ver jugar al Tampa Bay Rays con la selección nacional, algo que ya de por sí hubiera sido productivo, y sobre todo para sembrar mensajes desde que bajó del Air Force One hasta que lo retomó rumbo a Argentina.

“Como Presidente de Estados Unidos le so­licité al Congreso de Estados Unidos que levante el embargo, es una carga obsoleta sobre el pueblo cubano, es una carga sobre los norteamericanos que quieren trabajar aquí, invertir en Cuba, venir a Cuba. Es momento de levantar el embargo”, dijo en tono generoso y haciendo gala de un histrionismo admirable en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.

El bloqueo, con lo que Raúl denominó sus “componentes disuasivos y efectos intimidatorios de alcance extraterritorial” no solo constituye el obstáculo más importante para nuestro desarrollo económico y para el bienestar del pueblo cubano, sino una carga demasiado pesada como para hablar de la normalización de las relaciones entre los dos países mientras persista tal política, digamos, el pollo del arroz con pollo en esta mesa servida a ambos lados del estrecho de La Florida.

Por eso quizás es que no tienen cabida las palabras sutiles que deslizó el mandatario norteamericano cuando en su encuentro con la prensa tras las conversaciones oficiales habló de mayor interés en el Congreso “para eliminar el embargo”, pero a seguidas hizo una acotación que más bien parece de los tiempos de la conquista: “La rapidez con que ello suceda en parte va a depender de que podamos solventar ciertas diferencias sobre asuntos relacionados con derechos humanos”.

La política de bloqueo no produjo los resultados esperados, ha dicho más de una vez el propio Obama y, aunque tal argumento tenga tanto de pedestre como de pragmático —ni antes, ni durante, ni después de la visita se ha hablado de disculpas o de razones éticas—, el gesto valiente de reconocer el fracaso de medio siglo de hostilidades y quebrantamientos, sin precedentes desde Kennedy hasta hoy, al menos debe ser reconocido.

Además de comprometerse a trabajar con el Congreso para la eliminación del bloqueo, la Casa Blanca ha anunciado cuatro paquetes de medidas ejecutivas, que Cuba considera positivas pero insuficientes y en algunos casos se estudia el verdadero alcance de las mismas.

Buena parte de las decisiones que el Presidente Obama ha adoptado hasta ahora para vaciar el bloqueo esquivan la participación del Estado cubano, una determinación que de un lado se contradice con las esencias mismas de una economía de mercado como la norteamericana y, de otro, ya nace limitada si se considera que en nuestro país el llamado cuentapropismo, que él privilegia, ciertamente va en ascenso, pero apenas aporta hoy el 12 por ciento del Producto Interno Bruto.

Nosotros, que en el colmo de los absurdos llegamos a responsabilizar al Estado hasta con las agarraderas de las sartenes de la cafetería Los Parados, en Sancti Spíritus, también por fortuna nos dimos cuenta de que en materia económica no se podía seguir haciendo lo que hacíamos hasta ahora y aspirar a un resultado diferente, justamente lo mismo que ha dicho Obama del bloqueo.

Pero una cosa son las sartenes de Los Parados y otra la formación del capital humano para sostener nuestro proyecto social —recuérdese, por ejemplo, lo que significa hoy para Cuba la exportación de servicios médicos, reconocida por el propio Obama—, el patrocinio de la ciencia o el enfrentamiento a un ciclón categoría cinco.

Por su parte, la reciente autorización para el empleo del dólar en nuestras relaciones comerciales ha sido vista con suspicacia desde la isla, donde nuestro canciller ha pedido prudencia y ha comentado que para que ello sea viable se requiere de declaraciones políticas de muy alto nivel en el gobierno de Estados Unidos, de documentos de alcance jurídico y de la intervención del Departamento del Tesoro, que den seguridad a los bancos de que en lo adelante no se repetirán las historias del alemán Commerzbank y el francés Crédit Agricole, multados en pleno proceso de normalización de las relaciones.

Escuché a Obama decir algo muy parecido en La Habana y por mucho que intento creerle no me imagino a la secretaria de Comercio Penny Pritzker; ni a Susan Rice, la asesora de Seguridad Nacional; ni a Ben Rhodes, asistente personal del Presidente, con una carpeta debajo del brazo y de banco en banco, intentando hacer creer a medio mundo que Cuba dejó de ser ya el Demonio de Tasmania y que, efectivamente, está autorizada a usar el dólar americano para sus actividades comerciales.

Si algo me consuela es que no soy el único en dudar: en el antiguo almacén de madera y tabaco de La Habana Vieja, Daniel Schulman, importante ejecutivo de la compañía PayPal, líder mundial en pagos digitales, multada un año atrás con casi 8 millones de dólares por procesar transacciones cubanas, confesó hace unos días que la entidad está lista para intentarlo otra vez, “pero aún necesitamos entender exactamente qué espacios se han abierto para nosotros”.

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