Periódico de Sancti Spíritus

Alain Pérez: Estoy en deuda con la música espirituana

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El espirituano ganó la III edición del Premio SGAE de Jazz Latino en el 2002.

El multifacético músico espirituano acaba de ser nominado al Grammy Latino 2017 en la categoría de Mejor álbum de salsa

Como poseído por Elegguá, baja y levanta el bastón para abrirle el camino a su canto. Va de una esquina a la otra del escenario, volcán de ritmos que destilan cubanía por los cuatro costados. Quienes lo conocen dicen que siempre es así frente al público, que ha conquistado de menos a más.

Por mi madre que observándolo sentado en el sofá, sin la larga trenza sobre la espalda, como lo veo ahora mismo en su casa habanera —grabadora de por medio—, cuesta imaginárselo de ese modo en sus actuaciones. Parece mesurado, aunque alguna que otra vez salpica el diálogo con el chasquido de sus dedos al compás de un estribillo melodioso.

Cuesta creer, también, que luego de casi una jornada entera cruzándonos llamadas telefónicas para acomodar la entrevista en el día, solo me separaba una cuadra y media del multinstrumentista, compositor, arreglista, cantante y productor trinitario Alain Pérez, uno de los músicos más sobresalientes de Cuba en el actual siglo.

“Estábamos en deuda con usted”. Y me sobran motivos para la excusa: con apenas 40 años de vida, quien viviera su niñez en el caserío de Manaca Iznaga, a la sombra de la torre-campanario, tiene historias junto a notabilísimos como Chucho Valdés e Irakere, Isaac Delgado, los Van Van, Celia Cruz y los españoles Paco de Lucía, Enrique Morente, Niño Josele, Diego El Cigala y Montse Cortés… Imposible conversar de todo y de todos; el tiempo y el espacio, inclementes.

¿Por qué una vez le dijeron que usted tiene un “negro bien viejo” dentro del cuerpo que le sale al actuar?

Nací en Trinidad, pero viví mis primeros años en Manaca Iznaga. Esa zona tiene una energía especial para mí; quizás por aquello de que fue un asentamiento de esclavos, de centrales. Sí creo en esas energías que quedan por ahí; a través de la música salen esa espiritualidad, el sentimiento del sonero, del trovador, de la rumba, del folclor, esas cosas más de barracón, más humildes.

Con Manaca regreso a mis orígenes, al patio de mi casa, que me dio la parranda, que me mostró la alegría del guateque. Mi abuelo Eduardo era uno de los parranderos más importantes de allí; los poetas que venían de Limones Cantero, de Pitajones. Ahí estaba mi papá (Gradelio), que posee la esencia de la tradición, la lírica natural.

Lo primero que aprendí a tocar fue el punto fijo; me lo enseñó el primo Rewar. Luego decía: “Coge ahí, voy a bailar”, y me quedaba tocando con Ñongo, el tresero. Desde niño estaba cerca de ese folclor, de esas voces guajiras, que suenan a tierra, que tienen la temperatura y el color de la tierra. Por eso, Manaca Iznaga es parte de mi música; por favor, que a nadie se le ocurra tocarla.

PRIMERAS NOTAS

Una parranda por el río ¡Ay! le dio un vuelco a la vida de Alain a sus nueve años de edad. Alebrestado como era el muchacho, limpió su garganta y soltó su voz, que le levantó el oído fino a un cienfueguero presente, técnico de sonido del grupo musical Cielito lindo, dirigido por Enrique Pérez.

—Ese chamaco tiene un swing del carajo. Enrique está buscando un cantante, le dijo el forastero al padre del niño.

Pasada una semana, ya en la prueba en Cienfuegos…

—Este es el tipo, es un sinsonte. ¡Verdad que los guajiros sí cantan!, exclamó el director de la agrupación, quien desde ese mismo día le brindó cobija en su propia casa a Alain.

“Enrique también se convirtió en un padre”, agradece hoy Alain. Después vinieron al hilo el Conservatorio de Música Manuel Saumell en la misma Perla del Sur; la Escuela Vocacional de Arte Olga Alonso, de Santa Clara, y la Escuela Nacional de Arte (ENA), en la capital cubana.

¿En qué circunstancias Chucho Valdés lo llamó para integrar Irakere?

Cuando yo estaba en el segundo año de la ENA, se organizó un curso internacional sobre música cubana allí, y en la inauguración toqué con mi banda (Alain y su síncopa). Chucho nos felicitó y nos preguntó si queríamos abrir el concierto de cierre del curso, donde tocarían Irakere y los Van Van.

Dos meses después, me ofreció cantar con Irakere y tocar los teclados. Me llamó a su casa para conversar y me probó otra vez. No soy pianista; toco el instrumento para acompañarme una canción, hacer un tumba’o, le aclaré. “Pero, toca aquí”. Lo hice y empecé a cantar. En ese momento se dio por vencido; era lo que él estaba buscando. Yo apenas tenía 17 años.

Chucho fue mi mentor; me lanzó a nivel nacional como músico. Estuve alrededor de un año con Irakere, que tenía una bandera dentro del latin jazz en el mundo. Luego regresé a la escuela, porque él siguió probando cantantes, cambiando algo la imagen del grupo.

Pero, lo volvió a llamar para el disco Bele bele en La Habana, nominado a un Grammy americano.

Para esa fecha, yo tocaba el bajo con Isaac (Delgado), y mi nombre estaba en boca de músicos en la calle; unos me criticaban, otros no, hasta que llegó Chucho: “Ven para que grabes conmigo”. Una vez más le puso el sello a mi trabajo, a lo que hacía. La solicitud de Chucho aclaraba cualquier duda.

¿No resultó una actitud temeraria aceptar la propuesta de Isaac de tocar el baby bass sin dominarlo?

El bajo eléctrico sí lo tocaba bastante. El bajo me llamó siempre la atención, su compromiso con la sección rítmica, con la orquesta. De vez en cuando lo tocaba en descargas en la ENA, donde hicimos un grupo de latin jazz; inclusive, escribí piezas para bajistas que llevaban a los exámenes.

Cuando me llamó Isaac, aún estudiaba en la ENA y le dije: el baby no lo toco. Pero me salió lo de manaquero, lo de guajiro cabeziduro y le aseguré: Sí, lo voy a hacer; dame dos semanas.

En la primera se me hicieron unas ampollas increíbles. Tocaba con una tremenda desafinación; luego se me fueron bajando y la cosa fue sonando mejor. Cuando estaba listo, lo llamé: Oye, vamos a comenzar a ensayar.

ESPAÑA: LARGA TEMPORADA

Junto a Isaac Delgado, Alain viajó a España en 1998 y maduró el concepto musical. No solo se convirtió en su bajista; sino en  arreglista y productor de sus fonogramas como La primera noche (1998), grabado en ese país y donde aparece el éxito “La sandunguita”, de la autoría del espirituano y de su padre Gradelio Pérez.

¿Cuánto de realización musical o de necesidad económica hubo en su decisión de radicarse en España?

La misma discográfica que trabajaba con Isaac, se fijó en mí y me ofreció un contrato. Imagínate, estás en España y te dicen: “¿Quieres hacer tu carrera en solitario?”. Fue una gran oportunidad. Yo no me quedé aquí porque tengo hambre, ni para comer jamón y tomar vino, le dije a la gente allá.

Mi primer disco se llamó El desafío (2003). La discográfica quería que fuera de música ligera, más comercial, y le manifesté que no, que iba a cantar música cubana porque cuando firmé el contrato no decía estilo de música ni mucho menos.

¿En el flamenco llegaron a considerarlo un intruso?

Siempre van a hablar. “Un extranjero, este cubano que hace aquí tocando flamenco”, dirían. Existió un momento en España en que mi carrera se detuvo. Cuando grababa mi segundo disco, quebró el sello que me contrató debido a la crisis discográfica por la piratería, pero llegó el flamenco.

Aquello fue amor a primera vista, un flechazo tremendo. Nunca pensé que la guitarra tuviera tanta fuerza, ese temperamento, parecido a la música de nosotros. Me deslumbraron el ritmo, el calor; pero, también, la nostalgia, el llanto. Todas esas cosas me sacaron de un lugar para enfocarme en aquella música, que teóricamente no la entendía; pero sí la sentía de una forma muy especial.

Piraña (Javier Suárez) y el Niño Josele (uno de los guitarristas del flamenco más internacionales) fueron los primeros músicos que compartieron conmigo. Llegamos a grabar con Enrique Morente, uno de los más importantes cantaores. Después vino Paco (De Lucía); el maestro le puso la tapa al pomo, aquello fue una bomba.

Entre ustedes surgió una química especial…

Desde el principio. Paco era un sabio, una persona con sensibilidad y tacto para decir las cosas. En el 2003, a través del productor Javier Limón, me invitó a grabar con él la rumba “Casa Bernardo”, del CD Cositas buenas. En el estudio nos puso la maqueta del tema y nos preguntó a Piraña y a mí: “¿Qué sugieren? ¿Qué le pondrían. Me dije: “¡Ave María!”. No te podías quedar callado, ni hablar mucho; él nos estaba probando. “Maestro, me encanta; quizás podamos aportarle un tumba’o”. Al otro día empezamos a grabar la canción, y él terminó dándome su guitarra. “Tócame frases, dame ideas”, me pedía.

Luego, él mismo me llamó para que formara parte de su banda. “Alain, ya eres flamenco”, me anunció. Me emocioné como un niño chiquito. Aquello significaba un cambio de horizonte, de camino, empezar a navegar otros mares; pero con la seguridad de ir con un personaje que se las sabía todas. Nunca pensé que tocaría con Paco de Lucía.

Durante sus más de 10 años de trabajo con Paco de Lucía, usted apreció el interés de él por la música cubana. ¿A qué se debía?

A él le gustaba mucho la música cubana. Siempre me hablaba de la clave, del son y de la cadencia que tenía nuestra música. Le preocupaba lo de la clave. Quería componer, sobre todo cuando hacía la rumba flamenca, más cerca del son; no tocarle la clave, pero él quería sentir aquella estructura sólida del son, ese sabor.

MÁS QUE AGRADECIMIENTO

Alain agradece a la llama su luz, pero no olvida tampoco el pie del candil que la sostiene, como leí en cierta ocasión. Por ello, más de una vez ha recordado el gesto de Paco de Lucía cuando al trinitario, al inicio, no le dieron la visa para entrar a Estados Unidos en su primera gira internacional con el genio español. Había transcurrido no mucho tiempo tdel atentado a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001; Cuba estaba en la lista de los países terroristas.

—Si él no va, yo no toco, le respondió a los empresarios el maestro, negado a recurrir a otro bajista. Paco cambió el orden del periplo: en lugar de comenzar por Estados Unidos, lo harían por Canadá, donde a la postre resolvieron el visado para el espirituano, quien residió en España por más de tres lustros.

En la península ibérica, intervino junto a Enrique Morente y a otros artistas en el 2002 en el proyecto África-Cuba-Cai, mestizaje de flamenco, música cubana y ritmos senegaleses. Ese propio año obtuvo con la obra “En el aire” el Premio SGAE de Jazz Latino, convocado por la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) y la Fundación Autor.

De España también trajo en su bolsillo los discos Apetecible (2009) y Hablando con Juana (2015); coincidentemente, mientras grababa este, falleció Paco de Lucía. Por cierto, en la última producción discográfica (póstuma) del creador español, Alain fue arreglista de la copla titulada “Señorita”, cantada por Oscar de León; el trinitario tuvo el privilegio de dirigirle la voz en casa del músico flamenco.

“Mis vivencias con Paco son irrepetibles; por eso, cuando murió, decidí regresar a mi Cuba linda. ¡Vamos para allá con mi gente!”. Su pasaporte de entrada sería Hablando con Juana; la confirmación de su cubanía llegó más tarde con ADN (2017), nominado a los premios Grammy Latino en la categoría de Mejor álbum de salsa. “Es un disco verdecito todavía en el pueblo, y en este asumo el riesgo y la responsabilidad de seguir haciendo la música popular cubana bailable a mi manera”, comentó.

Usted aseguró recientemente: “Entre todos debemos unirnos y dejar a un lado el ego, la avaricia, la arrogancia, porque la música es más grande y mejor que todos nosotros”. ¿Qué lo conduce a pensar así?

En dependencia de tu educación, de tus principios, procedes y te manifiestas. Sí he sentido la mala forma, la energía negativa de muchas personas; aunque siempre hay más gente bonita que mala. La música nos salva, la música es como una diosa, es mucho más grande que todos nosotros. Lo que hay que hacer en función de esa bendición que uno recibe a través de ella es manifestarse positivamente, en familia, con unidad, humildad para seguir aprendiendo.

Trato de escuchar todo lo que está sonando alrededor. Yo debí ser policía, detective. Me gusta observar, escuchar. A veces estoy en un lugar con amigo y le digo: ¿estas escuchando eso?

¿No ha pensado reverenciar la música espirituana, donde conviven clásicos como Teofilito, Companioni…?

El otro día yo decía: está la trova santiaguera, pero la espirituana también es tremenda. Se pudiera pensar en los músicos de la zona, en la forma de producir un disco bonito en homenaje a ese repertorio, a esa literatura musical que existe allí. Sí, estoy en deuda con la música espirituana, pero estoy a tiempo de pagarla.

 El bastón que lo acompaña, ¿amuleto o símbolo?

Me lo regalaron hace como cinco años, porque siempre he comentado mi admiración por los grandes de otra época, en este caso por Benny Moré. Creo que tengo una comunicación con el Benny; él era especial. Me identifico con su forma de interpretar, de dirigir la orquesta, con su dominio de la escena, ese control de la voz, esa afinación, ese abanico de posibilidades que tenía como intérprete. El bastón es un poco un homenaje a él; pero también a la estética de la música cubana de una época. Tiene que ver, además, con la elegancia, y de cierta forma sí tiene una conexión espiritual con los ancestros, como pieza.

Alguien pudiera pensar que intenta competir con el Benny?

No puedo competir con el Benny, ni mucho menos; sería una enfermedad. Soy así, y el Benny se sentiría feliz de verme manteniendo viva su energía, todo ese legado que nos dejó él, Cuní, Rolando Laserie, Celia Cruz, Celeste Mendoza, Pérez Prado, Roberto Faz, Arsenio Rodríguez…

¿Qué lo saca de paso?

Me saca de paso un músico con mal tiempo y desafinado. Igualmente, las personas que hablan por encima de los demás, que quieren hablar sin escuchar al resto.

Hijo de gato caza ratón. ¿Sus hijas se dedicarán a la música?

Dos años atrás mis hijas no tenían mucho interés por las artes ni por la música. Lía, la menor, que tiene nueve años, está tocando un poquito la guitarra; le estoy enseñando los primeros acordes. Tiene facilidades para bailar, para cantar. A Adrialita le gusta pintar mucho; de hecho, está en talleres, le gusta la fotografía, lo visual. No sé en qué ramas, pero en el arte van a estar.

ÚLTIMAS NOTAS

La noche toma vuelo. La algarabía, con tufillo a ron, de quienes salen ahora mismo de la Casa de la Música de Miramar entra por la puerta del hogar de este artista, el primero en sustituir circunstancialmente a Juan Formell como bajista en los Van Van allá por 1997.

Y vemos cómo este hombre orquesta disfruta volver al tiempo de mataperrear por el Valle de los Ingenios entre los cañaverales, a los días de su abuelo Eduardo, el único que lograba que el muchacho cerrara los ojos en la hamaca, no precisamente con una nana; sino con aquel son contagioso: Ponte el short, chiquita…


Comentarios

Una respuesta to “Alain Pérez: Estoy en deuda con la música espirituana”
  1. Arturo dice:

    Poco se conoce de los boleros que interpreta Alain. Y de su labor con Habana Abierta. Felicidades por sus logros.


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