Triple martirologio en Taguasco (+fotos)

El 24 de octubre de 1957 un incidente con un joven taguasquense, desembocó en el asesinato del muchacho y de otros dos valiosos revolucionarios de la localidad

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El pueblo de Taguasco recuerda siempre a los revolucionarios Pedro María Rodríguez (Palmerito), el doctor Jorge Ruiz Ramírez y Agapito Moya Soriano, miembros del Movimiento 26 de Julio. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Han pasado 60 años y los taguasquenses que peinan canas no olvidan aquellos días trágicos de la década de los años 50, cuando la muerte se cebaba a menudo en hijos de la localidad, como aquel 24 de octubre de 1957 en que una sucesión de hechos llevó al asesinato del joven revolucionario Pedro María Rodríguez (Palmerito), el doctor Jorge Ruiz Ramírez y Agapito Moya Soriano, miembros del Movimiento 26 de Julio.

Pedro María Rodríguez Rodríguez nació el 2 de diciembre de 1938 e hizo el número 11 entre una prole de 15 hermanos y hermanas, de una familia asentada en el barrio rural de Santa Rosa. Desde muy corta edad se sintió acérrimo adversario de la dictadura de Fulgencio Batista, luego se fue a La Habana y estudió en la Escuela Técnica Industrial de Rancho Boyeros, donde se graduó en 1955 y empezó a trabajar en la fábrica de pinturas Klipper, alternando esa labor con la de auxiliar químico en una refinería de la compañía norteamericana Esso.

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Pedro María Rodríguez, Palmerito.

El muchacho empieza a conspirar contra el régimen y a mediados de 1957, ya “quemado” en estos trajines regresa herido en una pierna a la casa de sus padres, cerca de Taguasco, con el propósito de unirse más tarde a las guerrillas de Fidel Castro. Palmerito acudió al doctor Jorge Ruiz Ramírez, oriundo de Sagua la Grande, para que le curara y luego le pidió a su hermano Rodolfo que fuera a Zaza del Medio y le comprara 100 balitas para su pistola calibre 22.

El 24 de octubre por la mañana, Rodolfo estaba preparando un viaje  para ver un semillero de tabaco que tenía más al norte. “Pedrito iba a ir conmigo. Quería unirse a un grupo de escopeteros que acampaba por la vuelta de Jobo Rosado. Eran como las ocho de la mañana y ahí se aparecen el teniente Pascual Cuéllar, jefe del puesto de la Guardia Rural en Taguasco, y el soldado Quintero.

ERROR Y DELACIÓN

Se sabe que Palmerito estaba realizando algunos sabotajes en la zona para después alzarse. El 23 por la tarde, el muchacho fue al correo local con el pretexto de echar una carta para una hermana, momento en que deslizó en el buzón un pomito con fósforo vivo que originó un principio de incendio. El acto fue observado por el encargado de la oficina, quien no tardó en informar al teniente Cuéllar, y este decidió detener al supuesto culpable.

Al día siguiente, cuando Cuéllar y Quintero llegan al hogar de los Rodríguez, el teniente habla con el padre de familia y le dice que necesitan que Pedrito los acompañe para hacerle algunas preguntas. El muchacho pide que lo dejen cambiar de ropa y el uniformado asiente, oportunidad que aprovecha para deslizar su pequeña pistola en la caña de la bota. Luego sale y monta a la zanca del caballo del guardia y se alejan rumbo al pueblo. A poco se oyeron los tiros…

Quienes primero se personan en el lugar comprueban que Cuéllar y Quintero están muertos y Palmerito herido en la columna vertebral. Luego de varias vicisitudes, trasladan al muchacho a Taguasco, pero en el ínterin la noticia se riega como pólvora, llega al cuartel local y de ahí al Escuadrón 38 de la Guardia Rural en Sancti Spíritus. La suerte estaba echada…  

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Doctor Jorge Ruiz Ramírez.

SE ACENTÚA LA TRAGEDIA

Ya en el pueblo, Pedrito pidió que lo llevaran con el doctor Jorge Ruiz Ramírez, experimentado y querido galeno nacido en Sagua la Grande. El médico se percató de la gravedad de la herida, que requería operación, por lo que señaló la necesidad de trasladarlo para Sancti Spíritus. Salen en el auto del zapatero  Agapito Moya Soriano, que venía de una pesquería, el médico Ruiz, Palmerito y su hermano Rodolfo, a quien hacen bajar en la Central frente a la Loma del Santo, porque tenía la camisa manchada de sangre y no querían arriesgarlo.

Frente al Cuartel de Sancti Spíritus estaban registrando todos los carros que venían de la dirección de Jatibonico. Para los soldados fue fácil detener a los tres hombres desarmados, quienes sufrirían horrendas torturas hasta su asesinato pocas horas después. Los cuerpos fueron tirados esa noche en la finca Venturosa del Mulato, cerca de Jíquima de Peláez. De allí los trasladaron al cementerio de Zaza del Medio, de donde familiares y amigos retiraron los cadáveres del médico y de Agapito Moya para ser velados por sus deudos en Taguasco.

Mucho se discutió después acerca de lo erróneo de la decisión de continuar hacia la villa del Yayabo en lugar de torcer en El Majá para Ciego de Ávila, lo que pudo haber evitado la tragedia. Lo cierto es que la muerte de Cuéllar y Quintero sirvió de pretexto a la dictadura para acrecer sus crímenes contra el pueblo, y provocó con ello el efecto contrario a sus propósitos, pues el terror multiplicó las ansias libertarias de las masas y el odio irrefrenable contra el régimen.

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Agapito Moya Soriano.

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