Conversación con un universitario cubano del 2000

Dialogar con el joven espirituano Alian Valdivia Albeláez gratifica, por el descubrimiento de la virtud en lo genuinamente cubano

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“Mi mamá siempre ha sido mi espejo”, confiesa el muchacho. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Pocas veces un niño entra en contacto permanente con la tercera edad sin que estas personas sean sus abuelos. Alian Valdivia Albeláez, sin embargo, guarda un secreto fruto de esa singular circunstancia regalada por la vida. 

“Mi mamá es máster en Cultura Física y cuando yo me enfermaba me quedaba con ella en el policlínico mientras atendía a los círculos de abuelos. Para mí fue una nueva experiencia ver a las personas de la tercera edad que se divertían en ese nuevo campo de acción en el que ellos se sienten útiles en la sociedad”, relata Valdivia Albeláez.

Alian impresiona mucho y para bien, por la sensatez de sus 21 años y por los dotes de comunicador que fluyen con moderada naturalidad en quien ha escalado con entendimiento y aplicación hasta el tercer año de licenciatura en Deporte y Cultura Física en la Universidad José Martí Pérez de Sancti Spíritus. 

“Yo no provengo de un centro deportivo, pero mi espejo siempre fue mi mamá, incluso tengo como aspiración, después que termine mis dos años de servicio social, entrar al Inder bajo la tutela de ella”, afirma con devoción afectiva que pareciera inherente a la confianza en sí mismo. “Cuando era pequeño miraba las cosas desde un punto de vista, pero en realidad la importancia de la carrera la empecé a percibir con asignaturas como Recreación y Gimnasia Básica, y Cultura Física Terapéutica, entre otras”, puntualiza.

Asegura también Alian que la universidad despabila, que cuando llegó del pre pensaba de una forma, pero pronto comprendió que en esta etapa de la vida uno comienza a dirigir su vida; nadie te dice que tienes que ir a clases: “Empezamos en el aula más de 40 y vamos por 24, el objetivo no es masividad, es calidad”.      

  El joven trinitario no se encandiló con las posibilidades económicas que asoman cuando cotidianamente desanda el centro histórico de su ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Tampoco lo permitieron ni su mamá ni la tía, que actualmente aspira al título de doctora en Ciencias, ni el resto de la familia. Como un alimento más se proporcionó la iniciativa de la superación, y el sacrificio también germinó.    

   “Los fines de semana trabajo porque es necesario, la mayoría de los estudiantes, sean del lugar que sean, trabajan, porque estamos en una edad en la que podemos ayudar a nuestros padres y además para venir a la universidad e ir a las fiestas me gusta tener mi dinero”.

  Con franqueza expresa su valiosa opinión sobre las actividades que también forman parte del ámbito universitario y un poco más allá, como las campañas de fumigación, la chapea y las donaciones de sangre. “En ocasiones los estudiantes lo ven como un trabajo, pero al final eso contribuye a la integralidad de cualquier joven”.

Un asunto salta en la conversación, inconformidad más que comprensible, hija de la edad y porque siempre que se profundiza en el pensamiento de una persona inteligente debe encontrarse la crítica, que se agradece por su visión constructiva y mesurada.

“Nosotros tenemos bafles nuevos, pero no se les da uso. Comenzamos este curso muy bien, se dieron algunas fiestas, luego eso se apagó, aunque debemos tener un día de recreación en la semana”. Y también explica: “Por otra parte, para entrar al karaoke se dan papeletas, pero están muy centralizadas y el estudiante que no alcanza después tiene que pagar 50 pesos para entrar y eso no debería ser así”, cuestiona Alian.

No encuentran nido en su personalidad ni la apatía ni la pereza, por eso fue a buscar una asignatura para impartir clases en el preuniversitario Honorato del Castillo. “Es una tarea de alto impacto para la universidad y una necesidad para el país porque desgraciadamente los profesores se van. Los estudiantes de Cultura Física podemos ser buenos impartiendo Química, todo está en el empeño que uno ponga”, y su compromiso juvenil también deja una huella de sencillez.  

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