Invasión de Oriente a Occidente en Cuba: Misión para titanes (+fotos)

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La experiencia de los llanos del Cauto y la del rechazo a la ofensiva contra el firme de la Sierra, sirvieron a Camilo de preparación para su misión capital.

La orden de Fidel Castro a sus comandantes Camilo Cienfuegos y Che Guevara de llevar desde la Sierra Maestra hasta Pinar del Río y Las Villas a dos columnas invasoras a través de cientos de kilómetros, acechados por el ejército enemigo, parecía un imposible que aquellos hombres hicieron realidad

Con la derrota catastrófica de la ofensiva de la tiranía de Batista contra la Sierra Maestra, en el verano de 1958, se produjo un momento inigualable en la guerra iniciada en diciembre de 1956 a raíz del desembarco del Granma, que los guerrilleros revolucionarios no podían desaprovechar. De ahí la decisión de su líder Fidel Castro de iniciar la Contraofensiva Estratégica.

Aunque la historia recoge que fue los días 18 y 21 de agosto del 58 cuando Camilo y Che recibieron de manera respectiva la orden oficial de conducir sus columnas invasoras al centro y occidente del país, los dos comandantes conocieron con antelación ese magno proyecto de Fidel, émulo de la invasión llevada hasta Pinar del Río por el Ejército Libertador cubano a finales de 1895, en el primer año de la Guerra Necesaria.

Así, el 16 del citado mes, le envía un mensaje a Cienfuegos en el cual le expresa, entre otras cosas: “Apriétate los tornillos y no dejes de tener en cuenta que la fama, la jerarquía y los éxitos echan a perder un poco a la gente. Si llegas a Pinar del Río tendrás un pelo de la gloria de Maceo, pero no te olvides que por todo el camino van a tratar de (…)” (equivale a joderte).

Por fin, el lunes 18 a las 9 de la mañana, emite Fidel la orden oficial que dispone la formación de la Columna Invasora No. 2 con el nombre de Antonio Maceo, la cual debía partir de El Salto el miércoles 20 de agosto de 1958.

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El Che sintió que el cambio al llegar a territorio espirituano y villareño no era solo geográfico, sino que fue “como un pasaje de las tinieblas a la luz”.

POR UNOS LLANOS DEL INFIERNO

Sin tener ese nombre, propio de un paraje de la Sierra Maestra, la Columna 2, con sus 90 hombres, emprendió la marcha en la fecha indicada con las únicas ventajas de la veteranía de la mayor parte de sus integrantes, la sabia y valiente jefatura de Camilo y el armamento regular con su munición, provenientes de las 507 armas ocupadas al ejercito de la tiranía durante su recién derrotada ofensiva.

Pero atravesar un territorio esencialmente llano a través de cientos de kilómetros, hostigados por los elementos desatados de la naturaleza y acechados por el Ejército y la aviación del enemigo, eso ya era harina de otro costal. Súmense el hambre, los mosquitos y jejenes, el calor, el fango y la falta de sueño, con la muerte aguardando a cada instante, y se tendrá una idea de lo duros que fueron aquellos 48 días a campo traviesa.

La llegada del aguerrido contingente a inicios de octubre de 1958 al norte avileño con sus elevaciones medianas y copiosa vegetación, fue una luz de esperanza para aquellos invasores en el mejor sentido, a pesar del azote de un ciclón y torrenciales aguaceros, luego de haber burlado numerosas emboscadas y sorteado incontables peligros.

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En un precario descanso durante la Invasión, en un bohío, teniendo a mano un libro sobre Antonio Maceo, cuyo nombre llevó dignamente su columna.

EXPECTACIÓN DE HERMANOS

Hacía pocos meses que, en la zona de Jobo Rosado, al nordeste de la entonces provincia de Las Villas, se había constituido un contingente integrado por 65 combatientes del Partido Socialista Popular (PSP), bajo el mando del comandante Félix Torres. A comienzos de octubre de 1958, el comandante Torres, tuvo noticias del avance hacia territorio villareño de dos tropas rebeldes procedentes de la Sierra Maestra.

Pronto supo que se trataba de las Columnas Invasoras No. 2, al mando del Comandante Camilo Cienfuegos, que avanzaba por el norte, y de la No. 8 Ciro Redondo, comandada por el Che, que se dirigía a la Sierra de Guamuhaya. La actitud del jefe del Destacamento Máximo Gómez fue la que corresponde a un comunista, pues decidió tomar de inmediato las medidas a su alcance para prestarles ayuda a aquellos hombres, enfrentados a la amenaza de exterminio.

El Comandante formó tres escuadras de seis hombres cada una. La primera, al mando del Capitán Alberto Torres, tenía la misión de ir a Punta Alegre, y de allí a las lomas de Cunagua; la segunda, encabezada por Cheo Manigua (José González Castro), que iría por Arroyo Blanco a salir a Jatibonico, y la tercera, del teniente Tomás Cortés, que fue por el centro en dirección al actual Ciro Redondo. Esta fue la que encontró a Camilo y su gente en Las Llanadas y les sirvió de prácticos en su avance hacia Jobo Rosado.

DE LA OSCURA NOCHE A LA ALBORADA

El 7 de octubre revistió para los invasores una connotación especial. En su informe a Fidel, redactado horas después de su llegada al norte espirituano, Camilo escribió: “El día amaneció nublado y lloviendo, Camagüey nos despedía como nos recibió ¡con un ciclón! Esa fue la única noche que descansamos después de 40 días de marcha. El río Jatibonico había crecido y nos impidió el cruce, teniendo que regresar al campamento anterior bajo un torrencial aguacero y fuertes ráfagas de viento…

“¡El río Jatibonico! Se puso una soga, el agua daba al pecho y la corriente era fuerte. Yo besé la tierra villaclareña, todos los hombres estaban alborotados… Camagüey quedaba atrás. Camagüey y sus horas difíciles. Camagüey y sus horas de hambre.” En aquel instante era imposible imaginarlo, pero por delante quedaban menos de tres meses de combates para la victoria como coronación a aquella hazaña de titanes.

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Fueron casi dos meses bajo el acoso del enemigo, el hambre, las plagas y ciclones, donde la muerte podía estar en cada tramo del camino.

DE LA SIERRA MAESTRA A GUAMUHAYA

Sancti Spíritus fue para los invasores de la Columna 8 Ciro Redondo, arribados el 14 de octubre de 1958, mucho más que la alegría inicial de una cordillera en lontananza: Escambray rinde homenaje a los héroes de aquella hazaña y al ya fallecido Manuel López Marín (Manguire), por su valioso aporte

Es octubre de 1958 y la Columna Invasora no. 8 que conduce el famoso guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara desde la Sierra Maestra, se arrastra fatigosamente al límite de la resistencia física de cada uno de sus cerca de 140 integrantes, siguiendo el eje suroeste de la provincia de Camagüey.

A lo largo de casi 50 días han recorrido unos 500 kilómetros, jalonados de bombardeos y ametrallamientos aéreos, del constante acoso de fuerzas superiores del enemigo, de escaramuzas y combates, de casi no dormir, de prácticamente no comer, mojados o sudados hasta los tuétanos, con los pies desechos por la interminable caminata.

El 14 de octubre, jornada 45 de aquel calvario, la cansada y esmirriada tropa entra en territorio espirituano. Joel Iglesias reflejó así aquellos instantes inolvidables: “El día había amanecido nublado, pero a medida que fue despejándose y comenzaron a observarse los rayos del sol, aparecieron ante nuestros ojos, en la lejanía, con un color azuloso, las primeras lomas de la Sierra del Escambray. La alegría nos colmó a todos”.

 El Che, en un informe a Fidel, le escribe poco después: “El paso del (río) Jatibonico fue como un pasaje de las tinieblas a la luz. Desde el día anterior azulaban las sierras a lo lejos y hasta el más remiso lomero sentía unas ganas terribles de llegar” … Ramiro (Valdés) expresó a su vez que “fue como un conmutador eléctrico que encendiera la luz”, y es una imagen exacta.

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Manuel López Marín, Manguire: “Pude ver la inmensa alegría que sentía aquella gente”.

LA ACTIVA RETAGUARDIA

A Manuel López “Manguire”, activo combatiente antibatistiano de la clandestinidad en Sancti Spíritus, le tocó en suerte proporcionar al Guerrillero Heroico lo que justamente puede llamarse “el segundo alivio desde su llegada a la provincia”.

Manguire, que estaba al frente del Movimiento 26 de julio en la zona de Sancti Spíritus y sus alrededores, recibió la encomienda a principios de octubre de 1958, de ponerse en contacto con la tropa guerrillera que venía hacia el Escambray desde las montañas de Oriente. Cuando después de incontables vicisitudes logra conocer la ubicación del Che en los montes de la finca Marianao en Río Abajo preparó las condiciones para dirigirse al lugar a toda costa.

Valiéndose de la influencia de dos sargentos políticos del Partido Acción Unitaria, del régimen, Manguire y un pequeño grupo de revolucionaros, acompañado de los citados y de sus mujeres e hijos logra pasar los cordones de emboscadas del Ejército.

“Al llegar a Marianao —cuenta el Horacio de la clandestinidad— nos detuvo la primera posta rebelde; luego de explicarle quiénes éramos, nos condujo ante la presencia del Che; yo le dije: ‘Soy coordinador del 26 de Julio en Sancti Spíritus y vengo con la misión de la Dirección en Santa Clara, de conocer sus necesidades, y prestarle toda la ayuda posible’.

“Los rebeldes estaban tirados en el suelo del monte, sucios, con los pies hinchados, llenos de nacidos, llagas de pústulas infectadas y en andrajos. En ese momento el Che estaba afectado por un fuerte ataque de asma. Se encontraba agachado junto a Armando Acosta, Ramiro Valdés y otros compañeros. Él me mostró un documento en que Fidel lo nombraba jefe de todas las fuerzas del 26 de Julio en la provincia de Las Villas.

“Un compañero nuestro de la Dirección del Movimiento en Santa Clara leyó para el grupo porque yo no veía bien. El Che nos dijo entonces: ‘Ustedes están viendo las condiciones en que hemos llegado, la gente con los pies deshechos, agotados y casi desnudos, yo con el asma’. Allí nos pidió ropas, botas, y otras provisiones para la tropa, así como un líquido para su aparatito contra el asma, cuya fórmula nos dio en una receta. 

“Nos fuimos, y al otro día por la tarde después de incontables gestiones y contratiempos llegamos a Planta Cantú, al nuevo campamento del Che, el primero en el Escambray, pero las condiciones eran otras.

“Llegamos en un pisicorre Wyllis con un cargamento de camisas, pantalones, abrigos, frazadas, botas y otros artículos, así como cerca de 60 000 pesos aportados por el Movimiento en Sancti Spíritus y por un cuadro de la Dirección Nacional del M-26-7.

“Nunca olvidaré el optimismo que reflejaban el Che y sus compañeros, totalmente transformados; eufóricos con la alegría de la seguridad personal y la confianza en el triunfo. Estaban en territorio libre, montañoso, de hermosa floresta; se habían bañado en un arroyo de aguas cristalinas y descansaban sin los desasosiegos ni el agotamiento de la víspera.

“En un momento dado le entregué el aparatito contra el asma, y el hecho de tenerlo, aumentó su satisfacción; aquí en Planta Cantú el Che tuvo un segundo alivio, pues el primero, según confesó, lo había sentido durante el trayecto, al divisar en lontananza el azul grisáceo de las montañas del Escambray.

La historia recoge que el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo en Sancti Spíritus resultaron retaguardia segura para quienes, arma en ristre, hacían la libertad. ¡En Las Villas, como pudieron comprobarlo, había mucho más que lomas!  

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