La lengua en el diario perdido de Céspedes

A las libretas donde Carlos Manuel de Céspedes escribió sus apuntes entre julio de 1873 y febrero de 1874 se les conoce como el diario perdido. Compradas por el mayor general Julio Sanguily a los captores del expresidente en San Lorenzo, pasaron de mano en mano hasta llegar, en 1981, a las de Eusebio Leal, quien las dio a la imprenta por vez primera doce años después.

Al valor historiográfico y humano del texto se añade su interés lingüístico. Muchas palabras que la norma ortográfica ha fijado con ge aparecen allí con jota: jente, lijero, elejir, urjente, jeneral, etc. Y se evidencia el rechazo cespediano de la letra equis, no solo en las formas pretesto, estranjero, esterior, esperiencia, escursiones…, donde es remplazada por la s, sino en formas como ecsijencias, ecsistencia, ecsaltado, secsos, reflecsiones…, con la secuencia cs.

Es fácil encontrar en el siglo xix periódicos y libros impresos con estas y otras singularidades ortográficas, algunas de las cuales alcanzaron apreciable difusión, como el paso a s de la x ante consonante (de extraño y extremo, por ejemplo, a estraño y estremo). La resonancia de otras, al contrario, fue menor. Es el caso de cs en sustitución de la x intervocálica (ecsamen y anecso, por ejemplo, en vez de examen y anexo), innovación que defendió el más revolucionario ortógrafo de la centuria de Céspedes, el argentino Domingo F. Sarmiento (1811-1888).

Muy atrayente resulta, asimismo, el registro informal, como hablado, que abunda en el texto. Con cierta frecuencia el diarista asegura que tal o más cual bola (‘rumor’) corre por la manigua y que este o aquel insurrecto anda con su querida (‘amante’). También, puntualmente, califica de fresca (‘desvergonzada’) a una mujer o expresa que un mambí enfermo ponía los gritos en el cielo.

Sumadas a estas unidades léxicas o fraseológicas propias del estilo coloquial en todo el ámbito hispanoparlante, hallamos otras que son típicas de América, las Antillas o exclusivas de Cuba. Así, el testimoniante dice que Salvador Cisneros hacía morcillas con pisajos (‘vergas’) de caballo y que un hombre tasajeó (‘le hizo varias heridas’) a otro con una navaja. Cuenta que forma «graciosas puchas» con los lirios que crecen en las márgenes de un arroyo, y que una noche comió «maíz sarazo asado».

Pucha es un ramillete de flores, todo cubano lo sabe; pero los más jóvenes ignoran, de seguro, que sarazo alude al fruto que ha comenzado a madurar. Entre colombianos, venezolanos y dominicanos ese es el significado del adjetivo. En nuestro país —aunque el Diccionario del español de Cuba no lo precise— es una acepción obsolescente. A partir de ella, metafóricamente, se ha generado otra de mucho uso, referida al pene, ‘que empieza a ponerse erecto’; a madurar, como quien dice.

Emplea mucho Céspedes, por razones obvias de la cotidianidad en la manigua, acepciones geográficamente marcadas de vianda y parque. Solo en los países antillanos a frutos y tubérculos como la malanga, el plátano, etc., se les llama vianda. Parque, por su parte, cobró el sentido de ‘munición de armas de fuego’ desde el siglo xix en varias naciones de América, incluida Cuba, como puede apreciarse en toda la literatura de campaña de nuestras guerras por la independencia.

Interesante resulta, además, que, casi un mes antes de morir, rompiendo su preferencia por la locución el otro día, escribe los otros días, más habitual de este lado del Atlántico. En contraste, siempre elige el adverbio antier, y no anteayer o antes de ayer, variantes casi extrañas para nosotros. Una vez, incluso, dice antier de tarde, expresión temporal que ni diccionarios ni gramáticas registran, a pesar de que, al menos aquí, en Cuba, es corriente. (La Nueva gramática de la lengua española la consigna solo con las preposiciones a, en y por.)

Otro tanto sucede con la unidad fraseológica a rumbo, que Céspedes utiliza el 5 de noviembre de 1873. De extensa vitalidad, aparece en el relato de varios participantes en nuestras guerras decimonónicas; Serafín Sánchez y Máximo Gómez entre ellos. Un español, Leopoldo Barrios y Carrión, llega a afirmar que a rumbo es «frase del país». Ningún lexicón, sin embargo, la recoge.

Afianza el tono desenfadado de la escritura cespediana la presencia de diminutivos (pedacito, regalito, malito, friecito, lloviznitas, trapitos, mansitos…), que a veces no se corresponden con la forma normativa en el español actual de Cuba (pastelillos, dolorcillo), ni siquiera en sustantivos que tienen la consonante t en su base (platito, aposentitos, maletita), a excepción de paquetico.

Finalizo destacando la creatividad lingüística que permite a Céspedes la mordaz expresión de su rencor hacia los miembros de la Cámara de Representantes, que lo habían depuesto. Camarones los nombra, en eficaz paronomasia con la voz Cámara; también escarabajos, en alusión no solo a que tales insectos se alimentan de estiércol, sino, además, a la inferioridad, la ruindad y vulgaridad que evoca la palabra fonéticamente idéntica al segmento final, ‒bajos.

Ahora que celebramos el aniversario doscientos del natalicio de Céspedes, recomiendo leer o releer su fascinante diario.

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