Juventud espirituana en las arenas de Playa Girón (+fotos)

Tres de los cientos de cubanos que participaron hace 60 años en la epopeya que culminó con la derrota de un ejército bien equipado y financiado por los Estados Unidos traen sus vivencias a las páginas de Escambray

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El día más duro fue el 18 de abril cuando combatimos fuerte hasta el amanecer, rememora Rafael García Salas. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

A la distancia de 60 años, Playa Girón, el acontecimiento que cambió la historia de Cuba y tuvo muchos héroes y protagonistas, permanece como un recuerdo único para muchos de aquellos jóvenes imberbes, apenas preparados para lo que pasó aquel 19 de abril de 1961: la victoria sobre una fuerza invasora integrada por 1 500 hombres, equipada, entrenada y financiada por el Gobierno de Estados Unidos.

Los recuerdos no se borran y la memoria está casi intacta para tres espirituanos que, como cientos de milicianos, estuvieron  en la línea de combate por esos días. Del bombardeo que marcó el preámbulo, de las largas horas en los tremedales de la ciénaga y de la temprana huida, ellos cuentan sus historias.

EL PRELUDIO

El 15 de abril de 1961 aviones de fabricación estadounidense bombardearon las bases aéreas de Ciudad Libertad, San Antonio de los Baños y Santiago de Cuba, con la pretensión de destruir en tierra la fuerza aérea cubana.

Deiby Aquino Fernández tiene fresco en la memoria aquel amanecer cuando el ruido y las bombas de aviones B-26 camuflados con las insignias cubanas los sacó del sueño.

“Yo tenía 19 años y me preparaba como artillero. Ese día debíamos descargar más de una decena de rastras cargadas de proyectiles. No habíamos empezado cuando llegó el bombardeo y aquellos camiones volaban. Los aviones volaban bajito, pero después de ese primer momento de aturdimiento empezó el fuego antiaéreo de las Cuatro Bocas, tumbamos uno, averiamos otro y un tercero pudo escapar.

“Ese día conocí a Fidel cuando llegó a Ciudad Libertad, todos lo rodeamos y comenzó a preguntar por los detalles, también estuvieron otros dirigentes de la Revolución, pero en esos momentos no conocíamos a casi nadie. Fue duro para nosotros que éramos tan jóvenes ver morir a nuestros compañeros. Allí cayeron dos espirituanos: Carlos Loyarte, jefe de una batería antiaérea, y Luis Valdés Rodríguez, que era el político de la unidad. Este último cayó muy cerca de mí al ser alcanzado por una ráfaga, lo pude recoger y montar en un carro, pero no sobrevivió.

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En el bombardeo a Ciudad Libertad perdimos a compañeros muy valiosos, relata Deiby Aquino Fernández. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Para Deiby hablar de aquellos días de abril es recordar la intervención de Fidel en la esquina de 23 y 12, del Vedado, durante el sepelio de las víctimas por los bombardeos mercenarios: “Esta es la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes…”.

“Al día siguiente estuvimos en el sepelio de los caídos donde se proclamó el carácter socialista de la Revolución cubana. Se nos orientó quedarnos en La Habana cuidando las costas. Ya se avecinaba una invasión y desde la orilla se veían a lo lejos barcos de guerra norteamericanos, tan cerca que se distinguía a los marineros”.

LA INVASIÓN

Cuando Rafael García Salas dejó su trabajo en el Centro Comercial para alistarse como miliciano ya tenía la experiencia de haber participado en la lucha clandestina, aun así, nunca había estado en combate.

“Estuve primero en Ciudad Libertad, pero pocos días porque junto a otros 11 espirituanos nos seleccionaron para pasar la escuela de artillería antiaérea en la base Granma, de Pinar del Río. El 17 de abril a las ocho de la mañana nos sorprenden con la noticia de que se produjo una invasión a Cuba. Creíamos que era por Trinidad. Nos montaron en un camión, pero sin artillería, me dieron un FAL y con la motorizada delante abriendo paso pasamos por La Habana donde se recogieron unas Cuatro Bocas checas.

Después viajamos hasta Jagüey Grande y de ahí hasta el central Australia, donde llegamos ese mismo día a las tres de la tarde. Ya había noticias de los desembarcos en Playa Larga, se habían producido combates con los milicianos que custodiaban el lugar, también por Playa Girón, y ya se sumaban muertos y heridos. En el momento de emplazarnos en la Laguna del Tesoro mi batería no logra estabilidad, era la madrugada del 17 del  abril y como había  muy poca visión uno de los compañeros me alumbró con una fosforera y pude estabilizarla. Al rato llegó Fidel y preguntó qué hacía esa pieza allí, inmediatamente nos mandó a moverla y así se hizo. Con esa visión estratégica que tenía se dio cuenta de que estaba mal ubicada”.

Rafael a sus 80 años no olvida aquellas primeras horas de enfrentamiento con mercenarios envalentonados en un inicio, pero silenciados por el empuje de unos milicianos que se defendieron con la mejor de las armas: luchaban por un ideal y la convicción de no retornar a la tiranía existente antes del primero de enero de 1959.

“Oíamos desde la oscuridad como decían oprobios. Yo estaba en una de las seis baterías antiaérea de ese lugar. Cuando los aviones empezaron a tirar el armero es herido y aun así, ante las ofensas me decía: “O tiras tú o tiro yo”, solo que no podíamos porque delataba donde estaba toda la batería. Allí combatimos hasta el día 19 y, en menos de 72 horas, las fuerzas, que al final éramos nosotros, gente de pueblo uniformada, dirigidas por el Comandante en Jefe,  liberaron Playa Girón. Después estuvimos algún tiempo más custodiando a los prisioneros para evitar cualquier incidente. Para mí el día más duro fue el 18, porque se combatió todo el tiempo, sin tregua, hasta el amanecer”.

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Los mercenarios salían del interior del monte dispuestos a rendirse, cuenta Rafael Agustín Zayas Abreu. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

LA ESTAMPIDA

A pesar de sus 18 años, cuando se produce el ataque a Playa Girón Rafael Agustín Zayas Abreu, sí tenía experiencia militar desde que bajo las órdenes del comandante Félix Duque formó parte del Ejército Rebelde.

“En el momento de la invasión por orientación de Fidel estaba como guardia del  Ejército atendiendo el departamento de Cantera y Minas. Al ver el panorama nos movilizamos nosotros mismos. Éramos12 hombres  que sin pensarlo mucho montamos en dos jeeps y viajamos por todo el Circuito Sur hasta el central Covadonga, y de ahí a caminar en busca del sitio donde nos dijeron que se habían tirado paracaidistas.

“Ya en la carretera de Covadonga a Playa Girón, hubo un momento que el capitán Francisco Cabrera da la orden de retirada porque oyó a la distancia la salida de morteros. Era que nos habían visto. Yo no oigo la orden y me quedo atrás con el guía Nicanor Egoscue, de Aguada de Pasajeros, empiezan los bombardeos y nos atrincheramos en la cuneta porque el tiroteo era bravo. Cuando arrecia le digo a mi compañero: Vámonos, que nos van a matar. No me respondió y cuando lo volteo estaba muerto. Al quedar solo y miro atrás veo la torre del central Covadonga, allí encontré a mi gente que me daba por muerto”.

Cuenta que ya reorganizados fueron horas de marcha y combates a través de toda la franja entre la costa y la Ciénaga de Zapata, entre Playa Larga y Playa Girón, para preservar el área separada de la tierra firme por una gran ciénaga. Si el enemigo desembarcaba por allí había que garantizar el acceso de las tropas cubanas por una de las tres carreteras.

“Logramos pasar sin que nos vieran como 6 kilómetros hasta llegar a tierra firme para desplegarnos y tomar los últimos puntos. Todo eso era sin dormir, comer ni tomar agua, todo el tiempo ‘batí’os’. Fueron 17 kilómetros desde Covadonga a San Blas con unas cuantas bajas en ese trayecto.

El día 19 comenzamos a explorar el lugar porque no se sentía nada y era que aprovecharon la madrugada para huir y así tomamos el asentamiento, los primeros en entrar fuimos el Comandante Duque y yo. Los mercenarios habían dejado equipos de comunicaciones, municiones, todo. Camino a Girón me quedé dormido en un ranchón y cuando desperté vi a Fidel en el lugar y tuve el privilegio de estar en el grupo al que dio orientaciones precisas: ‘Se quedan aquí porque ustedes son del ejército y tienen armas automáticas. Al amanecer los quiero conmigo’. Bajo sus órdenes fuimos por el terraplén. Él iba al frente, a pecho abierto, dejando poco a poco a los hombres a lo largo del camino para capturar a todos los mercenarios que trataban de huir, pero cuando nos escucharon, poco a poco, empezaron a salir del monte y a rendirse”.

De tamaña epopeya sobran las historias. Cada testimonio coincide en que el enemigo no pudo con un pequeño pueblo y una vez consumada la victoria solo intentaban repetir algo aprendido de antemano: eran cocineros, capellanes y ayudantes de cocina, ninguno había venido a combatir, era ese el estribillo para los prisioneros capturados tras la primera derrota imperialista en el continente. Con lo que no contaron fue con el hecho de que a los cubanos les asistía su derecho de enfrentar, rechazar y derrocar una invasión extranjera para defender su incipiente Revolución.

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