Una empresa sin tiempo malo

Sur del Jíbaro, la principal entidad agropecuaria de Sancti Spíritus y una de las más eficientes de Cuba, saca lascas de la diversificación productiva y de la aplicación de la ciencia y la innovación, incluso en una campaña donde no abundan los recursos

Sur del Jíbaro alcanza rendimientos que parecieran de los tiempos de vacas gordas en el cultivo del arroz. (Foto: José Luis Camellón / Escambray)

Genaro García, lo que se dice una verdadera cátedra de la producción arrocera en la región central del país, siempre ha creído que el trazado de los sistemas de terrazas, diques y canales en Sur del Jíbaro tiene su parecido con el de las calles del Vedado: “Cuando esto se terminó de construir —contó alguna vez— aquí cada gota de agua sabía para dónde tenía que coger”.

El uso eficiente del agua a lo largo de todos estos años, sin embargo, ha colgado como espada de Damocles sobre la arrocera espirituana que, a pesar de ser beneficiaria casi exclusiva de la más importante represa del país, también ha tenido que capear larguísimas y sucesivas sequías y aprender a poner coto a los despilfarros de otros tiempos.

Cuando hace una década Escambray llegó hasta los arrozales del sur espirituano destapó un panorama nada halagüeño: entre las pérdidas de los sistemas de Recursos Hidráulicos —específicamente en el Canal Magistral Zaza—, el deterioro y la falta de mantenimiento a una infraestructura de por sí muy gastadora y la violación de las normas técnicas establecidas, con sobregiros que oscilaban entre 3 000 y 4 000 metros cúbicos por hectárea, allí se desperdiciaba más de la mitad del agua de la presa.

“Hoy no pasa eso”, responde categórico el ingeniero Orlando Linares Morell, director de la Empresa Agroindustrial de Granos (EAIG) Sur del Jíbaro, una entidad que, según él, ha venido aprendiendo a taponar los salideros y desde hace años se enmarca en los parámetros de consumo aprobados para el cultivo en el país: entre 14 000 y 15 000 metros cúbicos por hectárea, muy inferiores a los 17 000 que se reportaban como promedio en el año 2010.

No fue de la noche a la mañana ni por arte de magia cómo la principal empresa agropecuaria de Sancti Spíritus y la arrocera más próspera de Cuba se sacó el sambenito de despilfarradora nacional que tuvo durante mucho tiempo, sino con una política inversionista consecuente, con sistemáticos trabajos de reparación y mantenimiento, con el fomento de una cultura de ahorro, el mejoramiento de la llamada hidrometría y —no está demás reconocerlo también— con los límites que puso el país para el empleo de un recurso vital que, obviamente, no es infinito.

Agrónomos vinculados a la producción arrocera y expertos en agrotecnia han hecho notar que el abuso del agua en cualquier producción no solo resulta costoso, sino que termina lastimando los suelos, muy peligroso en una zona también amenazada por la intrusión salina, un mal que desde hace tiempo ha hecho acto de presencia en Sur del Jíbaro.

DENTRO Y FUERA DEL AGUA

De las tomateras de antaño y de algunas arroceras domésticas nació en los años 70 del siglo pasado Sur del Jíbaro, un proyecto de Fidel reconocido en su momento como el mayor sistema de riego por gravedad en Cuba y en todo el Caribe insular —abarcaba entonces casi 40 000 hectáreas—, hoy elogiado por el Presidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez como referencia de la empresa estatal socialista.

Sin desatender su producción fundamental, la arrocera espirituana ha aprendido a diversificar sus surtidos al punto de que hoy también figura entre las principales pecuarias de Sancti Spíritus, que de por sí es tierra de ganaderos: produce 6 millones de litros de leche al año, 3 000 toneladas de carne vacuna, 1 500 de ovino-caprino, considerables volúmenes de cultivos varios y frutales.

La entidad, que acaba de ser reconocida como la empresa exportadora del polo espirituano, cuenta con más de 6 000 hombres y mujeres directos a la producción, procedentes de cinco Unidades Básicas de Producción Cooperativa, siete Cooperativas de Créditos y Servicios y 15 Unidades Empresariales de Base.

Otra de las fortalezas de la arrocera es su infraestructura industrial, integrada por cinco secaderos —tres en Los Españoles, uno en Las Nuevas y otro en Tamarindo— y cuatro molinos: Tamarindo y Las Nuevas, en La Sierpe, y Ángel Montejo y Manolo Solano, en la cabecera provincial, donde además existe la única planta de arroz precocido del país, en este momento sometida a un proceso de reconstrucción capital que la devolverá como nueva.

El incremento de la base de almacenes en Las Nuevas, el montaje de un moderno secadero de tecnología china en Tamarindo, la conclusión de un centro de beneficio de frutas y los adelantos que reporta el proyecto para una planta de polvo de moringa, estos dos últimos en la zona Recursos, cercana a La Sierpe Vieja, confirman que el futuro de Sur del Jíbaro no está en pausa, ni siquiera en medio de las complejidades económicas que atraviesa la nación.

Otra prueba de ello lo constituye también el evidente progreso del programa de construcción de viviendas para la estabilización de los profesionales y técnicos que apuestan por el arroz, un planteamiento formulado a Díaz-Canel en enero del 2019 a propósito de su visita gubernamental a Sancti Spíritus, que a estas alturas ya ha permitido concretar las primeras 40 casas el pasado año y prevé otras 20 para el corriente.

Como “algo muy útil y de gran aceptación entre los campesinos”, califica Linares Morell los trabajos de agricultura de precisión que incluyen el empleo de drones para la aplicación de productos químicos en las terrazas, un esnobismo que los guajiros disfrutan como si se tratara de una franquicia de Steven Spielberg que ha puesto a volar a estos bichos feísimos con su carga mortal en la barriga.

COMO EN LOS TIEMPOS DE VACAS GORDAS

Aquella mañana en Mapos, Houng Tran Xuan, el técnico vietnamita que asesoraba el programa arrocero en la unidad, uno de los más competentes de todos los que habían llegado al país, se fue de sus cabales apenas puso los pies en el terraplén y descubrió a un trabajador de la unidad que se encontraba pintando con lechada de cal el muro de una alcantarilla.

—¿Qué dice?, le preguntó Escambray al traductor Tuan Ngo Ngoc, un joven que había terminado en fecha reciente sus estudios de Español en la Universidad de La Habana.

—Dice que las alcantarillas no se pintan; que, en vez de estar perdiendo el tiempo en eso, debiera estar limpiándola y sacando la tierra acumulada en el cauce para que el agua pueda circular mejor, respondió en voz baja el muchacho, que ya a estas alturas se creía un Cervantes tropical.

Orlando Linares, que no pudo participar en aquel rifirrafe, pero sí en otros, reconoce a la luz de los años que actualmente las áreas integradas al proyecto de cooperación Cuba-Vietnam son las que mejores rendimientos agrícolas alcanzan en la arrocera, una experiencia que ha permitido incorporar tecnología, saberes y cultura en general, aun cuando las maneras de desarrollar el cultivo son muy diferentes.

En una campaña signada por escaseces de todo tipo, Sur del Jíbaro alcanza rendimientos que parecieran de los tiempos de vacas gordas en el cultivo del arroz: 5.3 toneladas por hectárea en la campaña de frío y hasta 7 toneladas en las áreas de semilla, algo que no pronosticaron ni siquiera los tasadores más optimistas.

Linares Morell, que en todos estos años al frente de la empresa ha aprendido a no creer en milagros, atribuye tales resultados a varias razones, entre ellas, el trabajo coordinado con la Estación Experimental del Arroz, que ha permitido contar con semilla de calidad; el aseguramiento de un paquete tecnológico híbrido que incluye químicos tradicionales más los productos biológicos que comercializan Labiofam, varias instituciones de la ciencia y la propia entidad; así como la estabilidad en el servicio de la aviación agrícola, que asume toda la siembra, la fertilización y la desinfección con productos químicos, lo cual equivale al 90 por ciento de la actividad arrocera.

Más que todo ello, sin embargo, ha sido el aporte invisible de esa cultura de años para lidiar con un cultivo muy exigente, un know how que en La Sierpe se reparte entre mucha gente y que vendría a darle la razón al Presidente Díaz-Canel, quien en su visita al lugar alabó el desempeño de la empresa espirituana con una frase que allí han convertido en escudo: “Aquí no puede haber tiempo malo”

Juan Antonio Borrego

Texto de Juan Antonio Borrego
Director de Escambray. Corresponsal del diario Granma por más de 20 años.

2 comentarios

  1. Frank Aguero Gómez

    Hoy dia 4/10 veo este reportaje del excelente periodista y buen amigo Borrego. Ojalá fuese una equivocación del NTV, pero hace solo un rato me levantó de la silla la mala noticia de la muerte de Juan Antonio Borrego, el director exitoso de Escambray, diputado por Sancti Spíritus, corresponsal de Granma por más de veinte años. Ojalá nada de lo que dijo el NTV fuera cierto. Ojalá que el amigo Borrego esté sonriendo, con su expresión picaresca, diciéndome que fue una broma lo del NTV. Pero no lo creo. Desgraciadamente es cierto. La Covid 19 se llevó a otro amigo, a otro periodista fuera de serie, a un compañero de confiar. Mis condolencias a su esposa, a Mary Luz , a su hija Elizabet que sigue exitosamente los caminos del padre y de la tía, a todos los espirituanos que lo respetaban y no quisieron nunca que se los llevaran del territorio. Están de luto la decencia y el buen hacer.

  2. ¿Qué propició el cambio.
    Una nueva directiva conformada por personas vinculadas verdaderamente a la actividad que saben lo que tienen que hacer y tienen la suficiente audacia como para arriesgarse a perder el puesto si las cosas salen mal.
    Nuestras autoridades deben hacer ese análisis. ¿Cuál es el resultado de los cuadros surgidos de las propias empresas y cuál el de esos cuadros que han dirigido en decenas de lugares y cuando los truenan en un lugar los ponen en otro donde vuelven a hacer lo mismo mal que hicieron en el lugar anterior. Nuestra economía tiene que solucionar muchas cuestiones que lastran su desarrollo pero lo primero debe ser un cambio radical en la politica de cuadros. Acabar con los hombres «corcho» esos que se preocupan sobre todo en conservar sus puestos, que ponen trabas a todos los cambios y que al final son el ancla que no deja despegar nuestra economía.

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