El Partido es el alma de la nación

El Partido Comunista de Cuba que ahora celebra su VIII Congreso ha sido desde su fundación la punta de vanguardia de la sociedad cubana contemporánea, heredera de las más nobles tradiciones de lucha de nuestro pueblo y garantía del presente y el futuro de la patria

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Un emotivo discurso ofreció Fidel en el acto de constitución del Comité Central del partido.

Cuando se buscan las raíces del Partido Comunista de Cuba, quienes subestiman el factor histórico piensan encontrarlas en la constitución del Partido fundado por Julio Antonio Mella, Carlos Baliño y un grupo heterogéneo de avezados militantes entre los cuales se encontraban el canario José Miguel Pérez y los mexicanos Flores Magoon, en agosto de 1925, lo cual constituye una verdad a medias, pues la organización de vanguardia de la sociedad cubana tiene su génesis muchos años atrás. 

Si nos acercamos al tema de manera crítica y, a la vez desprejuiciada de cualquier dogma, vemos que, en principio, el Partido actual es el fruto y la síntesis de toda la historia de luchas del pueblo cubano, desde sus albores, cuando inició el largo y arduo camino de su surgimiento como nación, bajo el yugo de la dominación española. Ignorar ese hecho equivale a un enfoque maniqueo y metafísico de la historia de Cuba.

Porque ocurre que a la luz del materialismo dialéctico —una de las bases teóricas del marxismo—, los acontecimientos políticos, económicos y sociales en la vida de los pueblos se concatenan y, por tanto, no se pueden ver aisladamente, sino como parte de su desarrollo histórico. Bajo ese prisma, en tanto organización política de nuevo tipo, el Partido Revolucionario Cubano fundado por José Martí el 10 de abril de 1892 es, institucionalmente y atendiendo a sus lineamientos políticos y sociales, el antecedente más directo del Partido Comunista de Cuba.

De otro lado y según se deduce del materialismo histórico, un criterio de progresismo aplicado a una institución política, una doctrina o corriente de ideas se identifica con lo más avanzado del pensamiento económico, político y social en el devenir de las naciones en un momento dado de su historia. Cabe entonces la pregunta: ¿a qué organización en el proceso de formación de la nación cubana corresponde un papel más avanzado a lo largo del siglo XIX que al Partido fundado por Martí?

Cierto que el Apóstol creó el PRC con la finalidad manifiesta de obtener la independencia de Cuba y ayudar y auxiliar la de Puerto Rico, y el propósito estratégico de “impedir con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”.

Esas eran entonces las misiones planteadas al PRC. Pero Martí dejaba abierta la puerta para, una vez alcanzada la independencia de la patria, concurrieran en igualdad de condiciones las organizaciones que se formaran, de donde debía emerger por el voto popular la que sería encargada de regir los destinos en la república que surgiera de la Guerra Necesaria.

Mas, ocurrió que, una vez desaparecido físicamente el Maestro, su sucesor al frente del Partido, Tomás Estrada Palma, traicionó sus ideales y lo fue orientando cada vez más de acuerdo con los intereses de los sectores situados más a la derecha del espectro político cubano, hasta que, por las presiones e influencias de Estados Unidos, que intervino en abril de 1898 en la guerra independentista y ocupó militarmente el país, acabó por disolverlo.

Luego Estrada Palma se erigió en pago a su colaboracionismo, en el candidato oficioso de la naciente nación imperial a ocupar la presidencia en la república neocolonial que surgiría el 20 de mayo de 1902, el cual contó con todo su apoyo político, económico y el soporte militar de las tropas ocupantes.

Aquella república con visos de protectorado no sería ni de lejos la patria con todos y para el bien de todos que soñó Martí, sino por el contrario, un ente político clasista en el cual serían el dinero y la clase social los que prevalecerían al frente de los destinos de la isla para proteger y potenciar los intereses de los sectores privilegiados.

Frente a tal estado de cosas se alzaron el líder estudiantil comunista Julio Antonio Mella, el viejo militante del PRC Carlos Baliño, y otro grupo de líderes obreros y campesinos que iniciaron sus luchas en los mismos albores de aquella república a medias. Las ideas —y las prácticas— de la izquierda política en nuestro país estarían representadas además por exponentes como Rubén Martínez Villena, intelectual de gran protagonismo entre el proletariado cubano, y Antonio Guiteras Holmes, entre aquellas primeras hornadas.

Se irían sumando luego otros luchadores de vanguardia como los obreros Blas Roca Calderío y Lázaro Peña González, y los intelectuales Juan Marinello Vidaurreta, César Escalante y Carlos Rafael Rodríguez, entre otros. A ellos les tocaría enfrentar la etapa favorable de los frentes populares antifascistas y, posteriormente, la hostilidad desembozada de la lucha política por los ideales comunistas a partir del inicio en 1946 de la llamada Guerra Fría, cuando fueron perseguidos, reprimidos y calumniados con saña.  

Para 1950 y años subsiguientes, y en virtud de la persecución y demonización de los comunistas, el Partido perdió ascendiente entre las masas populares, que empezaron a ver en movimientos alternativos, como el Partido del Pueblo Cubano (PPC), llamado Ortodoxo, liderado por Eduardo Chibás, una alternativa a los males derivados de sucesivos gobiernos ladrones y entreguistas, bajo la consigna de “¡Vergüenza contra dinero!”.

  Pero en agosto de 1951 Chibás se suicida durante su comparecencia radial dominical, dejando acéfala la organización que había nucleado a lo mejor de la juventud cubana de la época, incluyendo a Fidel Castro, Abel Santamaría y otros jóvenes que formarían junto a ellos la gloriosa Generación del Centenario de José Martí. 

ENTONCES FIDEL ENTRÓ EN ESCENA

Cuando muere Chibás el pueblo cubano vio en gran parte frustradas sus esperanzas de cambio, pero aún guardó la ilusión de una mejora en sus pésimas condiciones de vida que debía materializarse cuando el PPC, sin Chibás, ganase —como indicaban todos los pronósticos— las elecciones programadas para junio de 1952. Sin embargo, el 10 de marzo de ese año sobrevino el golpe de Estado de Batista, signado por la represión, la corrupción y el crimen, y todas aquellas esperanzas se vinieron abajo.

Aquella canallada oportunista del expresidente (1940-1944) tuvo desde su inicio la oposición del joven abogado Fidel Castro, quien en virtud de sus valientes denuncias contra el régimen, su militancia y su prédica, fue seguido por lo mejor de la juventud cubana, encabezada por un grupo creciente de exmilitantes ortodoxos, muchos de los cuales inician su preparación militar en La Habana y su entorno para ejecutar la acción heroica del 26 de julio de 1953, cuando, bajo la guía de Fidel, asaltan los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en la antigua provincia de Oriente.  

Fidel no creó un partido, sino un movimiento revolucionario que tuvo el mérito histórico de encabezar la lucha contra la tiranía batistiana. El joven líder se cuidó mucho de que la ciudadanía lo viera como un político más, de la forma tradicional, ya tan desprestigiada en Cuba.

Por dos razones de mucho peso también evitó sumarse al Partido de los comunistas; en primer lugar, su escasa influencia política y, en segundo, que no se trataba solo de luchar contra la oligarquía nacional en el poder, que había creado el llamado Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC), sino también contra sus tutores de Washington.

El Movimiento 26 de Julio (M-26-7), estructurado en 1955 bajo la guía de Fidel, no se opuso a la participación de otras fuerzas políticas en la lucha contra la dictadura y prueba de ello fue su colaboración con el Directorio Revolucionario, refrendada en la conocida Carta de México, suscrita allí en 1956 de conjunto con José Antonio Echeverría, su secretario general.

VISIÓN Y MÉRITO INMENSOS 

El primero de enero de 1959 la acción combinada del M-26-7, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo y el Partido Socialista Popular derrocó finalmente a la dictadura, dando lugar a un complejo esfuerzo de concertación política en el cual se imponía la colaboración de todos los factores bajo las banderas de la libertad, la soberanía y el progreso social, para lo cual resultaba imperativo cambiar las bases socioeconómicas del país. 

Se produjo entonces una aguda lucha clasista en la cual se fueron decantando —por deserción o apartamiento— un número importante de miembros de las tres organizaciones, la mayoría de origen burgués, en un proceso auspiciado por la oligarquía interna con el apoyo de Estados Unidos. Fue quedando lo mejor del liderazgo histórico de esas entidades, las cuales emprendieron el camino de la unificación política.      

Como parte de ese esfuerzo unificador se crean en 1961 las Organizaciones Revolucionarias Integradas, cuya dirección nacional se elige el 8 de marzo de 1962 bajo la guía de Fidel Castro, quien el 22 de ese propio mes y año fue elegido primer secretario de la flamante organización, la cual tuvo a Raúl Castro como segundo secretario. En esa ocasión se develó un grupo de graves errores cometidos por un grupo sectario liderado por Aníbal Escalante, cuyos miembros fueron apartados de la institución. 

El escenario quedó preparado para la creación del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba. Se inició así la construcción de las bases del Partido, según el principio de una selección rigurosa e individual y apoyada en la consulta con los trabajadores, proceso ininterrumpido hasta que, el 3 de octubre de 1965 quedó constituido el primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

En esa ocasión histórica Fidel Castro leyó la carta de despedida del Comandante Ernesto Che Guevara, quien fuera uno de los principales inspiradores de la creación de un partido de los comunistas cubanos, ejemplo vivo y organización de vanguardia de la Revolución, basado en el grado de desarrollo de la conciencia político-ideológica del pueblo de Martí y Fidel.

Luego, en sucesión cronológica, vendrían el Primer Congreso del PCC, efectuado en diciembre de 1975, en el teatro Karl Marx, de la capital cubana; el segundo, celebrado del 17 al 22 de diciembre de 1980 en el Palacio de Convenciones; el III, que sesionó en el mismo lugar entre el 4 y el 7 de febrero de 1986; el IV, convocado en Santiago de Cuba del 10 al 14 de octubre de 1991 y el V, del 8 al 10 de octubre de 1997, de nuevo en La Habana, último bajo la conducción de Fidel. 

Vendría entonces, bajo la dirección del General de Ejército Raúl Castro Ruz, la realización del VI Congreso del PCC del 16 al 19 de abril de 2011, el cual aprobó cuatro importantes resoluciones, entre ellas la Resolución sobre los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución.

Finalmente, en abril de 2016 se efectúa el VII Congreso del Partido, cuyo Comité Central quedó integrado por 142 miembros de uno y otro sexos, con Raúl Castro Ruz como primer secretario y José Ramón Machado Ventura como segundo.

Ese magno evento fue el último en vida de Fidel, artífice de la larga pervivencia de la Revolución cubana, quien tiene entre sus incontables méritos el haber hecho del Partido la garantía de la independencia, la soberanía y el desarrollo de nuestro pueblo, que ahora celebra su VIII Congreso, proyectado a una nueva y compleja etapa de la construcción socialista encaminada a lograr un nivel superior de desarrollo en todos los frentes.

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