Del pupitre al pizarrón (+fotos)

Este 2022 el Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech cumple 50 años, fecha que Escambray rememora a través de algunos de sus protagonistas

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Fidel participó en la graduación del primer contingente del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech. (Foto: Juventud Rebelde)

Eran casi unos adolescentes y, como jóvenes al fin, les gustaba escuchar música, bailar, usar pantalones a la cadera, camisas entalladas y hasta las sayas más cortas que lo dictado por la época. También era el tiempo de ser rebeldes. Mas, estaban comenzando a crecer cuando una responsabilidad les cayó, casi de golpe, sobre sus hombros. Y con ella asumieron sacrificios, dejaciones y emociones que no cabían en sus escasos 15 o 16 años.

La nueva experiencia vino de la mano de la creación en 1972 del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech que intentaba fomentar la formación de profesores en aras de garantizar la continuidad de estudios de quienes en aquel entonces concluían la Enseñanza Primaria.

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“Educar desde edades tempranas constituyó una tarea de vanguardia para la juventud de los años 70”, expresa Oscar Martínez, uno de los fundadores del destacamento. (Foto: Vicente Brito/Escambray)

Todo comenzó tras el llamado que hiciera Fidel a los estudiantes de preuniversitario durante la clausura del II Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), en el que los convocaba a insertarse en este movimiento ante la necesidad de cubrir la fuerza laboral que se requería para dar respuesta a la explosión de matrícula en esta etapa, fruto de la revolución educacional que permitió el acceso a la escuela de los niños y adolescentes en todo el país.

Fue así que un ejército de jóvenes que no sobrepasaban el décimo grado hizo posible que la Revolución cumpliera el principio de que todo adolescente siguiera estudiando después del sexto grado y de que ninguno, fuese de las montañas o de otros campos, se quedara sin su secundaria, a pesar del estallido demográfico de esos años.

EL PRIMER CONTINGENTE

A sus 66 años Silvia García Hernández, una de las integrantes del Primer Contingente del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech, recuerda el día en el que estrenó el uniforme que la identificó como educadora. Tenía apenas 16 abriles cuando, con solo unas vacaciones por medio, cruzó el umbral que va del pupitre al pizarrón.

“Cuando nos incorporamos al Destacamento lo hicimos con la alegría propia de la juventud, conscientes de la responsabilidad y el compromiso que estábamos asumiendo. Para llegar hasta él se respetaba el principio de voluntariedad y convencimiento personal con la necesidad que tenía el país de formar maestros. Por eso, nos sumamos de forma incondicional”, confiesa Silvia.

Huérfana de métodos pedagógicos —como todos los miembros de este movimiento—, poco a poco tuvo que incorporar a la vida conceptos y rutinas nuevas como planes de clases, registros de asistencia, profesor de guardia, colectivo de cátedra y hasta preparación metodológica. Y como si fuera poco, hizo malabares con el tiempo para no dejar de superarse y, al mismo tiempo, instruir a sus alumnos.  

“Los cinco primeros años nos formamos para graduarnos como profesores de la Enseñanza Media y dos años más tarde continuamos estudios para egresar como licenciados en Educación en diferentes especialidades. Yo, por ejemplo, me formé en Historia. Durante esta etapa combinamos el estudio con el trabajo. En una sesión del día se recibían las clases de la especialidad y en la otra se impartía la docencia a los educandos de las escuelas en el campo”, asegura García Hernández.

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Aprendimos a desempeñarnos dentro de un aula y a cumplir con la tarea”, agrega el también máster en Ciencias de la Educación.

Cuando en el calendario de estos muchachos ni siquiera había espacio para albergar dudas sobre las futuras profesiones, ser parte de los más de 400 estudiantes de décimo grado que en el país integraron el Primer Contingente del Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech les ensanchó el horizonte. Bien lo sabe Oscar Ramón Martínez Rodríguez, uno de los fundadores, para quien educar desde edades tempranas constituyó una tarea de vanguardia para la juventud de la década del 70.

“Enfrentarnos a esta labor implicó un cambio radical en nuestras vidas, pues casi todos éramos adolescentes con aspiraciones que no eran, precisamente, la de convertirnos en profesores. Nos prepararon con cierta emergencia desde el punto de vista metodológico, con la ayuda de maestros —uno o dos por asignatura—, recién graduados o con escasos años de trabajo.

“Conformamos un colectivo que sobre la base de esa preparación básica, de autoestudio y mucho compromiso político, entusiasmo y sacrificio, aprendimos a desempeñarnos dentro de un aula y a cumplir con la tarea”, agrega el también máster en Ciencias de la Educación.

Y en medio de una rutina que los privaba muchas veces del juego de pelota o de asistir al estreno de la película del momento, estos jóvenes eran felices, ellos ni siquiera aquel mejunje de responsabilidades les arrebataba el sueño.

“Impartí clases en la Escuela Secundaria Básica en el Campo Vladislav Volkov, en la Vocacional Che Guevara y en la Educadora de Círculos Infantiles, estas últimas de Santa Clara. Allí siempre traté a mis estudiantes con mucho respeto e incluso participaba con ellos en encuentros de conocimientos y hasta en competencias deportivas”, narra Gerson Fábregas Obregón, otro de los fundadores y actual profesor del Departamento de Tecnología de la Salud en la Universidad de Ciencias Médicas de Sancti Spíritus.

“La relación con los alumnos fue de mucha comprensión, pues, algunos de ellos tenían nuestra edad y otros, que eran la minoría, nos superaban en tres o cuatro años debido al retardo escolar que existía en ese momento como herencia educativa que enfrentaba la pujante Revolución”, acota Martínez Rodríguez. 

A su paso por diferentes lugares de la otrora provincia de Las Villas estos educadores noveles dejaron el alma en cada aula y gracias a esta misión espolearon sus instintos pedagógicos, los cuales se convirtieron más tarde en una pasión que todavía los acompaña.

HEREDEROS DE UNA PROFESIÓN

Maira Rodríguez Hernández nunca tuvo paciencia para poner sus manos sobre el mentón y esperar a que del cielo le cayera la felicidad. Con solo 15 años, cuando las ilusiones se tornan efímeras, supo que iba a ser maestra. Quizás no lo ensayó antes, mas, la vida le dio la posibilidad de enseñar cuando le faltaba un largo camino de lecciones.

“En esos años del Destacamento nos formamos en el día a día como docentes, con aciertos y desaciertos. Tuvimos que educar a otros jóvenes y combinar nuestro desempeño con los estudios de la carrera. Y nos aportó muchísimo, en primer lugar por el compromiso que teníamos ante la sociedad, y en segundo, por la valentía de enfrentar aquella tarea casi sin conocimientos, pero con mucha seriedad y sacrificio. Aprendí en cada jornada y poco a poco fue naciendo esa vocación que me atrapó para toda la vida”, asegura la actual educadora de la Escuela Elemental de Arte Ernesto Lecuona, de la cabecera provincial.  

Sin embargo, una vez dentro del aula, los incipientes pedagogos fungieron, además de maestros, como guías de grupo y también como jefes de equipos de guardia. Tuvieron que madurar a prisa y lo hicieron sin perder la frescura de los años de juventud.

“Nunca pensé que iba a dedicar 44 años de mi vida a educar a distintas generaciones de estudiantes. Me gustó la carrera pedagógica, me fui motivando y preparando a lo largo de los años y no me arrepiento de haber participado en la formación de esos adolescentes y jóvenes.

“Actualmente acabo de jubilarme. No obstante, mantengo activa mi labor como educador en la formación de alumnos universitarios y continúo investigando, escribiendo artículos científicos y participando en diferentes eventos”, constata Oscar.

Y es que quienes hace 50 años no dudaron en incorporarse al movimiento de educadores que gestaba el país siguieron esa tradición magisterial y continúan comprometidos con la calidad de la educación cubana.   

Greidy Mejía Cárdenas

Texto de Greidy Mejía Cárdenas

Comentario

  1. Nana Hernández

    Mi profe preferido en el IPVCE Eusebio Olivera, que dios le de fuerzas para seguir entregando su conocimiento a las nuevas generaciones.

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