La explosión, primero, y luego la densa nube de humo que cubrió La Habana aquel 4 de marzo de 1960 marcarían para siempre la historia de Cuba. El vapor francés La Coubre, cargado con armas y municiones destinadas a la defensa de la naciente Revolución, estalló en lo que parecía una tarde de viernes como cualquier otra. El saldo fue trágico: más de 100 muertos y centenares de heridos.
Aquel acto, que el gobierno cubano denunció como un sabotaje, se convirtió en símbolo del terrorismo practicado contra Cuba y en evidencia de la impunidad con que Estados Unidos ha utilizado esta estrategia para intentar doblegar naciones soberanas.
La investigación realizada en su momento apuntó a la manipulación intencional de los explosivos transportados por el buque. Sin embargo, nunca se establecieron responsabilidades internacionales ni se juzgó a los culpables. El propio Comandante en Jefe Fidel Castro denunció que se trataba de un acto terrorista dirigido a frenar el proceso revolucionario y sembrar el pánico en la población. La voladura de La Coubre fue, en efecto, el preludio de una larga serie de agresiones que incluyeron la invasión mercenaria por Playa Girón, la guerra biológica y el financiamiento de grupos armados dentro del país.

Lo ocurrido en La Habana en 1960 forma parte de una estrategia histórica de Washington: recurrir al terrorismo, al sabotaje y a la violencia encubierta para promover cambios de gobierno en el mundo. La impunidad con que se ejecutan estas acciones es alarmante: ningún tribunal internacional ha juzgado a los responsables de la explosión de La Coubre, ni a los organizadores de múltiples atentados contra líderes cubanos, incluido el intento de asesinato de Fidel Castro en más de 600 ocasiones.

Hoy, 66 años después de la voladura del vapor francés, Estados Unidos continúa utilizando terroristas y mercenarios para desestabilizar gobiernos que no le resultan afines, una práctica que ha empleado en los últimos años con mayor o menor acierto en numerosas naciones del Medio Oriente, Europa y América Latina.
Mientras se autoproclama líder mundial en la lucha contra el terrorismo, el gobierno estadounidense protege y ampara a individuos con un historial criminal. El caso de Luis Posada Carriles, responsable del atentado contra un avión de Cubana de Aviación en 1976, fue ilustrativo: vivió tranquilamente en Miami hasta su muerte, sin ser juzgado por sus crímenes. Esa doble moral revela que el discurso oficial contra el terrorismo es selectivo y subordinado a intereses políticos.
Frente a ello, Cuba reafirma su compromiso con la memoria, la justicia y la resistencia. Porque recordar los sucesos de La Coubre no es solo un acto de homenaje: es también una denuncia viva contra la impunidad y una advertencia al mundo de que la lucha contra el terrorismo debe ser coherente, universal y sin excepciones.
Ya anunciaba Fidel en el sepelio de las víctimas, el 5 de marzo de 1960, lo que sería un principio cardinal de la Revolución: “No solo sabremos resistir cualquier agresión, sino que sabremos vencer cualquier agresión, y que nuevamente no tendremos otra disyuntiva que aquella con que iniciamos la lucha revolucionaria: la de la libertad o la muerte. Solo que ahora libertad quiere decir algo más, libertad quiere decir Patria, y la disyuntiva nuestra será: ¡Patria o Muerte!”.

Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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