No hay adiós definitivo

venezuela, hugo chavez, cuba
A tres años de su desaparición física, Hugo Chávez sigue marcando el destino de la Revolución bolivariana

El arpa y el cuatro no han dejado de sonar. Aunque no se escucha el canto vivo, de algún modo él tararea bajito: “Patria, Patria, Patria querida,/ tuyo es mi cielo, tuyo es mi sol”. Hugo Chávez Frías definitivamente no se ha ido. Guillermo Rojas Osorio vuelve a sobrecogerme. Su voz en mi grabadora, donde gravita la vida de tantos venezolanos que cambiaron su suerte después de 1999, me confirma esa certidumbre.

 

Miguel Díaz-Canel: Mientras haya un chavista luchando la Revolución estará en pie

 

Miguel Díaz-Canel en nombre del pueblo Cuba rinde tributo a Chávez en Venezuela

“Mi Comandante no estuvo de paso, periodista”, me recalcó hace un año el viejo guía del Cuartel de la Montaña, centinela de Caracas. Aquel 15 de marzo del 2013, cuando los restos del Comandante Supremo fueron trasladados hasta ese sitio, “yo vi esa marea roja de pueblo llegar hasta ahí; seis horas estuve de pie en una cola, con una prótesis en la pierna izquierda. ¿Habrá todavía quién pregunte por qué?”.

Cada 5 de marzo —relata Osorio—, la gente baja de los cerros y viene de toda Venezuela. Justo a las cuatro y veinticinco de la tarde, hora exacta de la partida, el viejo cañón colonial lanza salvas y señala el comienzo de la peregrinación del pueblo por el Mausoleo de la Flor de los Cuatro Elementos. Allí, en medio del fuego, la tierra, el agua y el viento, aguarda el líder bolivariano. Y en el paso callado ante el féretro de mármol, el rezo, el ruego común de quienes saben la necesidad de permanecer.

El gran legado de Chávez —reconoció con acierto Cristina Fernández de Kirchner, expresidenta de Argentina— es la inclusión social de millones de venezolanos que no eran visibilizados, que no tenían protagonismo y que hoy son protagonistas.

Satanizado por los enemigos de la emancipación de los pueblos, convertido en tirano para pulverizar su pensamiento, ese “temible demonio” que fue Chávez “dio una tremenda inyección de vitaminas a la democracia, que en América Latina, y no solo en América Latina, anda enclenque y precisada de energía”, escribió aquel hombre de frente tan rotunda y tan vasta como sus ideas: Eduardo Galeano.

No hay dudas, Chávez fue una de las personalidades más significativas de la historia de la nación sudamericana y del mundo contemporáneo. Un hombre muere cuando la memoria de su pueblo lo decida.

Y no será con el retiro de los espacios de la Asamblea Nacional de Venezuela de las imágenes del Libertador Simón Bolívar y del Chávez nuestro que la oligarquía borre el poderío de la espada y del verbo indomable de dos jinetes que conocieron los abismos y las cimas de la América toda.

De vuelta a casa, intento no escuchar ni leer las noticias: “Gana derecha venezolana mayoría en la Asamblea Nacional; Parlamento aprueba Ley de Amnistía a favor de opositores a los gobiernos de Chávez y Maduro; Trabajadores rechazan ley de privatización de empresas”.

Imposible abstraerme. Y me veo nuevamente encima de la lancha de Aureliano Monterola, atestada de médicos cubanos, que parte en dos mitades el río Orinoco para ir a atender a los indios waraos en la isla Pedernales; escucho otra vez la gratitud de Italo Ralph: “En Cuba me reconstruyeron completo. Me operaron a corazón abierto, de la vesícula y hasta de cataratas”.

En el Cuartel de la Montaña tengo plantado enfrente a Guillermo Osorio, que me conduce hasta los pies del féretro de mármol donde descansan los restos mortales del mejor amigo de Cuba, como lo definiera Fidel, quien jamás ha regalado epíteto alguno. Por unos segundos no escucho la voz del guía, que luce pañoleta roja anudada al cuello, y me quedo sola con mi pensamiento y los versos del poeta: No hay adiós definitivo,/ ni finales de cenizas.

Deja un comentario

Escambray se reserva el derecho de moderar aquellos comentarios que irrespeten los criterios ajenos, ofendan, usen frases vulgares o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social.