Como si fueran alzados

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Andrés Leyva Castro, al centro, uno de los artífices de la Operación Molino.

La Seguridad del Estado ideó la llamada Operación Molino como un nuevo método para el aniquilamiento de los bandidos en el Escambray

 

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Después de la aplastante derrota sufrida por la Brigada de Asalto 2506 en las arenas de Playa Girón, el Gobierno de Estados Unidos y sus servicios de inteligencia reactivaron el espionaje y la subversión en todo el territorio cubano, incluyendo el fomento de bandas de alzados. Oportunamente, los Órganos de la Seguridad del Estado fueron tomando medidas y realizando operaciones para neutralizar al enemigo.

 

A finales de noviembre de 1961, el presidente John F. Kennedy aprobó la Operación Mangosta. La Estación JM/WAVE de la CIA en Miami se empeñó en el abastecimiento material y financiero de las bandas de alzados, con el propósito de que incrementaran las acciones terroristas y así crear condiciones para lanzar una nueva invasión.

En diciembre en la provincia de Las Villas comenzó a ponerse en práctica un plan que había sido tomado de la experiencia de los soviéticos en el enfrentamiento a la contrarrevolución y que en los informes era denominado Medidas Agrarias. Se trataba de la Operación Molino, dirigida por el Buró de Bandas de la Seguridad del Estado y enfocada contra un grupo de elementos contrarrevolucionarios que abastecían a las bandas de alzados.

BAJO EL CONTROL DE LA SEGURIDAD

Una de las variantes más utilizadas de esta riesgosa operación consistía en el traslado de un colaborador de bandidos que poseía información sobre sus cómplices y durante los interrogatorios no había revelado todo lo que conocía. Cuando caía la noche el detenido era enviado en un jeep hacia la zona de operaciones junto con tres combatientes. El oficial que iba al frente del grupo era portador de un documento donde se informaba que el detenido había cooperado con informaciones muy valiosas sobre los bandidos, y que estaba en disposición de continuar colaborando.

Inesperadamente, el chofer simulaba que el vehículo había sufrido un desperfecto y decidía quedarse custodiándolo. Mientras tanto, los otros dos combatientes junto con el detenido se trasladaban a pie hacia otro lugar previamente acordado. Cuando habían avanzado entre 80 y 100 metros aparecía un grupo de “alzados” —en realidad eran combatientes de la Seguridad dirigidos por Andrés Leyva Castro mezclados con exalzados que no habían cometido crímenes y estaban dispuestos a colaborar—, quienes aprovechando la oscuridad los “atacaban” con el fuego de carabinas M-1, subametralladoras Thompson, M-3 y fusiles Springfield similares a los utilizados por los bandidos. Ante tan difícil situación, el detenido no se percataba que los “alzados” disparaban al aire.

En el fragor del supuesto combate los “alzados” desarmaban a los dos combatientes y el “cabecilla” procedía a registrarlos. Cuando les ocupaba el documento, los mandaba a liquidar. Varios “alzados” conducían a los combatientes hacia el interior de la manigua, donde volvían a disparar al aire simulando haberlos asesinado. Al conocer el contenido del documento, los “alzados” —que se conducían como si fueran verdaderos bandidos— gritaban frases acusatorias contra el detenido.

Ante la difícil situación en que se encontraba, el detenido trataba de demostrar que no había revelado ninguna información, y en su desesperación comenzaba a ofrecer datos importantes. Inmediatamente los “alzados” lo trasladaban hacia un improvisado campamento donde el reo mencionaba nombres de cabecillas, de otros colaboradores, ubicaciones de bandas, e informaciones que había conocido en sus contactos, elementos valiosos para que las Milicias operaran con un mayor conocimiento sobre la situación interna del enemigo.

A la noche siguiente una patrulla de combatientes armados con fusiles FAL (belgas) y M-52 (checos) similares a los que portaban los milicianos, chocaba con los mencionados “alzados” y volvían a capturar al colaborador de bandidos, quien nunca llegaba a tener conciencia de que siempre había estado bajo el control de la Seguridad del Estado.

PANCHO EL GRANDE Y EL GALLO DE MÉYER

El 10 de abril de 1962, mediante la Operación Molino realizada en la Loma de La Puntilla, a unos cuatro kilómetros de Remedios, a través del colaborador de bandidos Delfín Marcos Jiménez, de Trinidad, se conocieron los nombres de otras 10 personas que apoyaban a los bandidos, y el lugar exacto donde se escondía Osvaldo Ramírez, designado por un enlace de la Agencia Central de Inteligencia como jefe de las bandas del Escambray. Marcos Jiménez añadió que uno de los más importantes colaboradores de Ramírez era un individuo a quien llamaban Pancho el Grande.

Pancho el Grande era un pequeño arriero llamado Filiberto Cabrera Carrazana (Filo), vecino de Las Aromas de Velázquez y empleado del hospital de Méyer, a quien Ramírez le había puesto ese sobrenombre irónicamente debido a su baja estatura. El 14 de abril Pancho el Grande reveló que cerca de su casa, en la zona donde se encontraba Ramírez, había varias bandas de alzados. Unas horas más tarde fue capturado otro colaborador de bandidos llamado Eleodoro Mínguez Carré (El Gallo de Méyer), quien corroboró la información anterior.

Entonces Luis Felipe Denis, jefe de Operaciones de la Seguridad del Estado en el Escambray, informó la ubicación del cabecilla al comandante Raúl Menéndez Tomassevich, quien tomó la decisión de utilizar las fuerzas que se encontraban desplegadas hacia el sur, a unos 70 kilómetros en dirección a la costa, y lanzó una enorme operación militar hacia el norte, en el Escambray, cercando un extenso territorio para evitar que escaparan.

El 16 de abril de 1962, en la zona de El Mamón, Ramírez se sintió cercado y para garantizar la huída recurrió a un viejo ardid. Se hizo acompañar por uno de sus guías y envió el resto de sus hombres a romper el cerco para que atrajeran tras ellos al grueso de las fuerzas que los perseguían. Pero al intentar escapar, siguiendo el curso de una cañada, se encontró con el miliciano Ángel Pérez Harrison (El Yanqui), quien rastreaba la zona desde una posición un poco más elevada.

El cabecilla disparó primero, pero el joven combatiente fue más ágil, se inclinó para evadir sus disparos y acto seguido dio un salto y disparó una ráfaga de su subametralladora, con la cual logró derribar a su atacante. En ese momento no imaginaba que había liquidado al principal cabecilla de las bandas del Escambray, responsable de 27 crímenes.

El sargento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Ramón Bravo Expósito se presentó en el lugar, y al revisar el cadáver lo identificó porque vestía impecablemente, usaba un sombrero Stetson, portaba una pistola Browning calibre 9 milímetros, en el dedo índice de la mano izquierda le faltaba una falange, y en uno de sus brazos un tatuaje decía: No hay amor como el de madre.

DE LA OPERACIÓN MOLINO A LA OPERACIÓN ZAPATOS

Cuando la noticia de la muerte de Osvaldo llegó a oídos de los bandidos se agudizaron las contradicciones entre Tomás Pérez Díaz (San Gil), Nilo Armando Saavedra Gil (Mandy Florencia) y Porfirio Guillén Amador, quienes aspiraban a reemplazar a Ramírez para acceder al dinero y los recursos que enviaba la CIA. San Gil no permitió que ninguno de sus compinches se interpusiera en sus ansias de poder, y durante tres meses logró imponerse al frente de los alzados de esa región, hasta que el 19 de julio fue ratificado en una reunión celebrada en Hoyo del Naranjal.

San Gil no imaginaba la existencia de la Operación Molino y que él mismo sería objeto de otra singular medida denominada Operación Zapatos, que le permitiría a la Seguridad conocer su ubicación exacta. En la medianoche del 28 de febrero de 1963, cerca del sumidero del río Caracusey, San Gil y Mandy Florencia resultaron muertos junto con 11 alzados en un cerco tendido por unidades de LCB bajo el mando del comandante Raúl Menéndez Tomassevich y el capitán Joaquín Quintas Solá con el apoyo de la Compañía Especial de Combate dirigida por el primer teniente Gustavo Castellón Melián (El Caballo de Mayaguara).

En el Escambray, San Gil fue responsable de 21 muertos y 33 heridos en actos terroristas. A mediados de 1963, tras 24 exitosas acciones similares, concluyó la Operación Molino, que permitió conocer a tiempo importantes informaciones sobre las bandas y sus colaboradores, lo que contribuyó a que las operaciones militares de las fuerzas de Lucha Contra Bandidos fueran más eficientes al actuar en el lugar y el momento adecuados, y lograran la captura de cientos de bandidos para evitar que cometieran nuevos crímenes.

Integrantes de la Operación Molino: oficiales Andrés Leyva Castro, “Alfonso” (jefe del grupo); Efraín Acosta Filgueira, “Aguada”; Pedro González Fernández; Pedro O’Farril Díaz, “El Chino”, y Wilfredo Jiménez Carballé, “Caibarién”.

Exalzados: Servando Andrés Castillo Véliz, “Antonio Díaz”; Pedro Segundo Gascón Naranjo, “Zoilo Camejo”; Lázaro Nicasio González Salabarría, “Armando Santos”; José René Gómez Cepeda, “Modesto Ríos”; Ángel Roberto Cintra Carballosa, “Raúl Álvarez”; Eulalio Madrigal Hernández, “Cuto El Pescadero” y “Evelio Martínez”.

 

El autor es investigador del Centro de Investigaciones Históricas de la Seguridad del Estado

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