El maestro que yo tuve fue mandado por Fidel (+fotos y video)

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“Esta fecha fue causa de tristeza para mi familia durante 55 años. Ahora se añade un motivo más”, declaró Neisa. (Foto: Delia Proenza/ Escambray)

Neisa Fernández Rojas, la única alumna a quien Manuel Ascunce logró alfabetizar, estaba en Sancti Spíritus la triste noche del 25 de noviembre del 2016

Su alegría anunciaba una noche sin sobresaltos. “¿Tú sabes quién te habla?”, me dijo, entusiasmada, aproximadamente a las 7:00 p.m. Era Neisa Fernández Rojas, la única persona que tiene en su poder un certificado con la inscripción Diploma de Honor extendido a su nombre, y que firmara Manuel Ascunce Domenech, dando cuenta de la mayor tarea que logró llevar a su fin.

El joven, de apenas 16 años, había sido asesinado por bandas contrarrevolucionarias en Limones Cantero, Trinidad, el 26 de noviembre de 1961, pero no era solo un alfabetizador. Era, además, un muchacho de bien a quien Neisa le debe haber celebrado su cumpleaños número 15 con cake helado, traído desde La Habana por Evelia Domenech, y quien a propósito del crimen contra el maestro voluntario Conrado Benítez le confesara que temía a la muerte.

Esa noche conversé largo con ella y grabé el diálogo. En el Hotel del Partido, de la cabecera provincial, me recibió gozosa del reencuentro 15 años después de la entrevista que serviría de base para un reportaje en Escambray. Hablamos de Manolito —como se le conocía familiarmente a Ascunce— y del hombre que, al decir de Neisa, la sacó de la ignorancia con su estrategia emancipadora. “Si no hubiera sido por Fidel yo no hubiera aprendido a leer ni a escribir, porque ese maestro que yo tuve fue mandado por él”, declararía, con el rostro bañado en lágrimas, la mañana siguiente.

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Tras el asesinato de Ascunce, Neisa se volvió asidua a la lectura de textos sobre su maestro. (Foto: Delia Proenza/ Escambray)

El acto en Limones Cantero había sido concebido con cierto sello especial, pues se cumplían 55 años del suceso. Ella, invitada a la celebración y deseosa de que sus nietos conocieran la historia bien de cerca, viajó con ellos, su esposo y la hija. Escuchadas sus remembranzas, donde salieron a relucir los muchos textos relativos a Manuel Ascunce que leyó luego, me marché. Pasadas las 10:00 p.m. Yumar, el funcionario del Partido, me dejó junto a la puerta. Y con él fue el primer diálogo después de la pesadilla nocturna. Habría acto, confirmó, pesaroso, del otro lado del teléfono, y en consecuencia me alisté, como el resto del equipo de prensa. Ya en camino hacia Limones Cantero comunicaron que los planes cambiaban y mi instinto me envió a buscar a Neisa. Su familia sería la primera, luego del arrollador suceso que conmocionaría a Cuba, en ofrecer su testimonio a Escambray.

Me invento las palabras para abordarla y ella reúne fuerzas, procurando corresponderme. Solo escucho: “Muy mal”. Este, probablemente, sea el último lugar donde habría querido estar al momento de recibir el tercer mayor golpe de su vida. Los otros dos: su padre y Manuel. Pero el azar la trajo aquí y no hay otro día de angustia inacabable, porque es la misma fecha para dos sufrimientos unidos por una misma causa.

Entonces me lleva a la habitación y, a solas, me cuenta algo más con el rostro petrificado de estupor. “El primer juguete de mi vida lo tuve gracias a él. Tenía 13 años, nos reunieron a los niños de Limones Cantero, nos pusieron en fila y nos repartieron juguetes. Poco después pasó una avioneta repartiendo ropas”, relata sin matices en la voz. De cuando en cuando se seca una lágrima. Retrocede en el tiempo.

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En la noche del 25 de noviembre, todavía entusiasmada, mostró la muñeca que Ascunce mandó a pedir para su hermana menor. (Foto: Delia Proenza/ Escambray)

“El 5 de noviembre de 1961 me entregó el diploma, allá en Condado”, retoma lo que no es narración fluida, sino como un monólogo cortado. “Manuel era una apersona de mucho fundamento, de mucho respeto, muy educado. Era para nosotros un hermano y para mis padres un hijo. Si iba a salir a alguna de sus reuniones en la zona, salía con mis hermanitos, para que no anduviera solo. Cuando se fue de mi casa para la de Pedro Lantigua, venía todos los días. Mi papá una vez lo regañó por andar pasando por ahí, por los aromales. A él lo mataron un domingo, estuvo por la mañana en la casa”. Y calla, para aludir al que está más allá de ella y su alfabetizador convertido en héroe.

“Esta fecha ha sido de tristeza en mi familia todos estos años. Ahora se añade un motivo más. Mira qué clase de tragedia nos ha traído el día”. Luego, como recriminándose, Neisa repite la idea de siempre, pero esta vez su deuda de sentimiento tiene ya una doble lectura: “Yo quería tanto estudiar, habría sido lo mejor para quedar bien con él, pero siempre mi mamá me hablaba de ayudar en la casa”.

 

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