Los moldes de Teresa – Escambray

Los moldes de Teresa

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“Me di a la tarea de buscar el camino idóneo y lo encontré en el arte”, confiesa. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Considerada como una de las artistas naif más puras del territorio actualmente, esta espirituana ha descubierto poco a poco los secretos del barro

Hasta los pliegues de sus manos se llenan de colores. La combinación de los barros rojo y amarillo tiñen el interior de las uñas carcomidas al sacar la tierra del patio de su casa. Nacen así obras en cerámica o cuadros, descontaminadas de cualquier tendencia y convencionalismos de academia. Solo los acompañan el instinto de Teresa de Jesús, una trinitaria aplatanada hace años en Quemadito Viejo, caserío desparramado al borde de la carretera que lleva a Fomento.

“De niña fui muy tímida y retraída. Vivía como en un caracol, por lo que siempre tuve temores de expresar lo que sentía. Ni hablaba, prácticamente. Poco a poco, empecé a ver la vida diferente. Tuve miedo de morir sin poder expresar todo lo que sentía. Entonces me di a la tarea de buscar cuál era el camino idóneo y creo que lo encontré en el arte”, dice mientras describe cada detalle de sus primeras creaciones hechas con raíces, hojas de plátano secas y carbón.

¿Cuándo se lo toma en serio?

“Cuando empecé a moldear el barro, un metodólogo de Creación de la Casa de Cultura de Fomento me descubrió y comenzó a visitarme para evaluar mis obras y orientarme. Así me fui colando en este mundo”.

Justamente por la ingenuidad, intuición y espontaneidad con que Teresa de Jesús da los pasos en el panorama artístico, ha sido denominada como una creadora naif, de las más puras primitivas existentes en la provincia.

“Estaba renuente a trabajar el barro porque todo se me partía. Hasta que un día un muchacho fue a la casa y vio que tenía todo el patio lleno de piezas cogiendo sol. Preguntó por el alfarero y yo le respondí que ahí no vivía nadie con ese oficio y él insistió que esos objetos los había hecho alguien sin muchos conocimientos porque no podían ponerse al sol. Entonces me explicó cada proceso y cómo hacer un horno. Imagínate que hasta ese momento les daba calor en una hornilla. ¡Claro que se me iban a partir!”, explica y dibuja una sonrisa pícara porque ya eso es pasado y hoy son pocas las obras que no salen fuertes del improvisado tanque, emparapetado en una esquina de su patio; casi en el mismo lugar donde Teresa vio una tarde de lluvia cómo unas hormigas cargaban de un lado a otro pequeñas bolitas de tierra y hacían huequitos de diferentes colores.

“Alguien me dijo que eso era barro. En mi mismo patio hay rojo, amarillo y blanco. Cuando se hornean la diferencia de colores no se nota, pero en el lienzo o tela sí. Es como un regalo de la naturaleza, pues antes tenía que ir a buscarlo lejos”.

¿Por qué ese material y no pinturas?

“Porque no tengo siempre pinturas y el barro, como todo lo que está en el medio ambiente, lo encuentras con tus propias manos. A mucha gente, por ejemplo, le disgusta lo que creo porque no soy de las que hacen muñequitas lindas y búcaros. Me sale lo que imagino, sin un patrón porque nacen de ese mundo muy interior que, aunque tarde, despertó”.

¿Qué necesita para sacar afuera esa confluencia de ideas y sentimientos?

“Tranquilidad. Lo mismo escribo, moldeo que pinto. A veces estoy acostada y me viene una poesía, trato enseguida de ponerla en un papel porque se me olvida y con las otras cosas también me sucede lo mismo”.

Recientemente, esta fomentense por adopción aceptó la invitación de mostrar varias de sus obras en la galería de la Casa de Cultura Olga Alonso de su municipio. Un suceso que nunca imaginó que sucedería, pues no pocas personas, al principio de su carrera, no creyeron en su talento.

¿Qué les sucede a las piezas que no llegan a los espacios de  exhibiciones?

A mi casa han venido muchas personas, incluso del extranjero, para comprar mis piezas, pero siento como si se me desprendiera un pedazo de mí, entonces las regalo.

¿Cómo ven en Quemadito Viejo de Teresa de Jesús?

Todo el mundo me conoce. Al principio decían que si era una vieja loca. Pero ahora me ayudan. Me dan pedazos de telas ya de uso que uno en la máquina de coser para hacer los soportes para pintar. Mi hijo pelea porque dice que ya soy mayor para andar en estos trajines. El esposo opina cuando creo algo para que esté mejor y de la Casa de Cultura me apoyan mucho, al igual que los metodólogos del Consejo Provincial de las Artes Plásticas.

¿Cómo quisiera que ese paraje la recuerde?

Quisiera trabajar en un proyecto infantil para enseñar lo que sé. Me encantaría que la casa se convirtiera en un espacio para que todas las personas descubrieran el mundo del arte y, sobre todo, para que las de la tercera edad comprendan que nunca es tarde para exteriorizar los sueños. Cuando se logra, se siente una gran satisfacción porque lo único que no se puede lograr es lo que no se hace.

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