Artesanos del carbón (+Fotos y Video)

Los obreros desafían la contaminación y la suciedad para producir a plena capacidad. (Foto: José Alberto Rodríguez / Escambray).

En lugares distantes de la geografía espirituana, colectivos obreros convierten en su razón laboral la producción de carbón vegetal con destino a la exportación

Desde que suena el primer ronroneo de la máquina, el ambiente se torna gris en la pequeña nave, a un costado del poblado de Guasimal. Gente joven y viejos carboneros hablan por señas y andan sincronizados. Como un reloj, cada uno espera su tiempo hasta que la paca se llena y empiezan a crecer las estibas.

La zaranda no deja de moverse para dejar que la estera grande recoja los trozos de carbón de primera; en otra, los medianos, y más allá, en vagones, se acopia la carbonilla o cisco.

La jubilación total de Plasencia se completará cuando arranque la nueva planta de beneficio de carbón. (Foto: José Alberto Rodríguez / Escambray).

Los bultos “buenos” se suman a los ya almacenados, y desde allí, otro grupo de obreros llena el inmenso contenedor que espera, uno más de los que exporta la Unidad Empresarial de Base (UEB) Toricuba, perteneciente a la Empresa Agroindustrial de Granos Sur del Jíbaro a través de la exportadora Cítricos Caribe S.A.              

En la vieja Granja Agropecuaria de Guasimal comenzó la aventura en el 2014 como un ensayo y de ahí para acá la tropa de Juan Carlos del Toro (Juancy), especialista en Actividades Agroindustriales y Forestales en la UEB, no ha perdido de vista el mercado exterior.

“Llegamos a las 1 000 toneladas exportadas durante el 2018. Este año, el plan es un reto, 2 000. Es un grupo pequeño de cinco beneficiadores y tres estibadores de campo con un parque de equipos de dos tractores con sus carretas que deben desplazarse hasta zonas lejanas como San Pedro y La Ermita, en Trinidad, donde hay alrededor de 60 productores y dos centros de acopio.

Según Juancy, el viaje no termina ahí; la carreta viaja kilómetros y recolecta alrededor de 2 000 sacos mensuales en los límites con Ciego de Ávila, y el resto se acopia más cerca, desde El Caney, Paredes, La Sierpe, El Jíbaro…

DEL HORNO HASTA EL BENEFICIO

Dicen que allí no hace falta especialista en control de calidad; de ello se encarga Pedro Navajas, un hombre que nada tiene que ver con el guapo de la canción, pero se ganó el sobrenombre porque “es una cuchilla al pie de la zaranda”, aseguran. Se llama Nicolás del Toro, y sabe que si ellos se las ven negras, tampoco es un paseo para los carboneros a pie de horno.

Entre las proyecciones para el año en curso está el empaque en bolsas de 10 kilogramos. (Foto: José Alberto Rodríguez / Escambray).

“Es un trabajo que es muy manual, y se las trae por la contaminación, el polvo y la suciedad; pero me he adaptado y le he tomado amor, explica mientras cierra otra de las sacas.

“Ahora al menos tenemos esa maquinita —indica Juancy—; antes era a mano: en una plancha de zinc perforada se tiraba el saco y se halaba con una guataca, y en un hueco con tres clavos debajo enganchábamos el saco, y a llenar”.

Uno de los protagonistas fundamentales de lo que constituye todo un suceso en Guasimal, Pablo Plasencia Martín, director saliente de la UEB, se resiste a una jubilación obligada por su salud; por ello, no quiere irse sin dejar estrenada una nueva nave para la exportación del rubro, vital para llegarle al plan del 2019. 

MAS ALLÁ DE FRONTERAS

La UEB Toricuba comercializa cada tonelada a 345 CUC a Cítricos Caribes S.A, y su precio en el mercado internacional varía entre 100 y 200 dólares. El 95 por ciento del carbón que se elabora en la zona tiene al marabú como materia prima para exportación de carbón vegetal, rubro que, según Pastor Román, especialista comercial de la entidad, representó ingresos que dan capacidad financiera a la empresa para desarrollar con rapidez los programas en la industria y la agricultura.

En la vieja planta de beneficio de Guasimal todo el trabajo se realiza de forma manual. (Foto: José Alberto Rodríguez / Escambray).

“Los destinos finales son el mercado europeo, que tiene como principal cliente la compañía española Sercois; aunque ya en Cuba se ha empezado a incursionar en la exportación hacia Estados Unidos de este carbón vegetal artesanal de marabú. El nuestro goza de excelente calidad y aceptación, algo que han corroborado empresas de Turquía, Portugal, Grecia, Alemania y Polonia. En breve estaremos exportando, además del tizón de primera, el de segunda y la carbonilla para otros usos”, detalló Román.

Con el estreno de la nave la vida cambiará para estos hombres que recibirán una mejor atención con la existencia de baños, taquillas y cocina-comedor, entre otras facilidades. Asimismo, habrá que pensar en un extractor de aire y en cómo incrementar la asignación de aseo personal, ahora insuficiente.

Por allá todos saben que la carga debe estar entre los 900 y 1 000 sacos si se quiere aprovechar la capacidad total y evitar los falsos fletes o vacíos. Por eso, resulta tan difícil colocar los últimos bultos al final de la jornada cuando el calor se hace más recio, los cuerpos se ponen sudorosos, aparece el cansancio y el tizne y el hollín se pegan a la piel hasta que los rostros se vuelven máscaras.

Parece que aquel espacio rectangular de 40 pies de largo no se llena nunca hasta que, al cabo de las dos horas, alguien da la voz de aviso: “Este es al saco 950 y ya no cabe ni carbonilla!”. Después, el contenedor queda cerrado. Destino: Grecia.

Hay rostros cansados y cuerpos sucios. Detrás viene otra rastra a llenar, algo inusual para una jornada; mas, si algo sobra por aquellos lugares, es suficiente carbón vegetal de marabú. Para ellos vale la pena el esfuerzo, y después de un breve descanso, vuelven a lo suyo con la misma fuerza y el calor con que se cuecen los troncos en el interior de un horno.

Carbonero de la noche

Nos alejamos de la comunidad. La mañana se vestía de gris. Adormecida por las caricias de la brisa, permitió que llegáramos hasta la Finca Forestal Juan Francisco, de Meneses, Yaguajay, donde se elabora carbón vegetal para la exportación.

Jorge Luis selecciona la madera para hacer su horno. (Foto: Yoan Blanco Borroto).

Después de recorrer un camino, nuestras miradas se cruzaron con la imagen de dos hombres que a lo lejos parecían pelear con la tierra. Nos acercamos y, tras el saludo de cortesía, teníamos la certeza de estar frente al carbonero Jorge Luis Delgado Jiménez. Pasaron unos instantes, y las nubes que nos acompañaron desde el principio, se desmoronaron sobre el terruño. Nos refugiamos en la casucha que le sirve de guarida cuando está inmerso en la extracción del carbón.

Él no siempre realizó este oficio. Antes, estuvo cerca de seis o siete años trabajando en la Brigada Forestal Integral de la zona, cortando leña, atendiendo la reconstrucción de bosques, además de apoyar a quienes en aquel entonces fabricaban el carbón.

Pasó el tiempo y sus manos querían sentir su calor, su peso. Empezó, y tropezó con los secretos de la labor como todo principiante. No obstante, llevaba consigo los trucos de sus predecesores y el don que le regaló la vida de aprender cualquier cosa con solo unas “miraditas”; virtud que lo ha convertido, al mismo tiempo, en albañil, carpintero y artesano.

El carbonero siente la consistencia del carbón que elabora. (Foto: Yoan Blanco Borroto).

Finalmente, carbonero. Sus dedos reflejan la dureza de la madera que conforma su horno. El cuerpo queda atrapado por el humo que desprende la quema.

Todos los meses recibe cinco o seis camiones de leña para hacer el carbón. De inmediato, no pierde tiempo y limpia el área donde levanta el horno. La deja pulcra para que sirva de sostén a una caña brava que utiliza en el centro para armar su fogón. Sin sentarse, ubica la madera: la gorda, la más fina, y delinea un cono que lo abriga con hierba, ya sea paja de arroz, guinea, guano u otro tipo de pasto que resguarde la madera de la tierra.

Luego, la pila ordenada de marabú comienza a arder. En medio de este proceso, prefiere tener sosiego. Se despoja de las aventuras, aparta la rapidez y destina más de 10 días a la cocción. No piensa en él, ni en las noches de vigía; solo se enfoca en sacar el mejor carbón del mundo.

Respeta a quien contradice su método, pero sabe que no está equivocado. El éxito está ahí, cerca de la candela, esa llama que lo dota de un color y un sonido peculiar. No desiste de aprovechar las noches de luna; claras para esquivar el fuego y frescas para evadir el calor.

Jorge Luis y Graciano, pesan el carbón vegetal. Foto 0261. (Foto: Yoan Blanco Borroto).

Dentro de poco llegará el momento de sacar el carbón. Ahora, más que nunca, se concentra. Espera que se enfríe y con un garabato, empieza a extraerlo. Lo toma en sus manos y siente su consistencia, evaluada más tarde en la nave de beneficio, donde se le mide el tamaño —debe tener más de cuatro centímetros—, la coloración, el sonido, el peso…

No obstante, Jorge Luis está confiado. Sabe que su carbón, hecho a partir de una mezcla de casuarina y marabú, es de excelencia. Se esfuerza tanto que logra en el mes 300 o más sacos; todo gracias, también, a su compañero Graciano Milián Cardoso.

El obrero limpia una de las áreas donde plantará otro de sus hornos. (Foto: Yoan Blanco Borroto).

Como el resto de los integrantes de la brigada, no precisan más que palas, rastrillos, ganchos, guantes y caretas, para emprender este camino. A Jorge Luis, como a otros tantos, no le interesa que algunos vean su trabajo como algo sucio. Poco a poco,  ha descifrado los misterios del carbón. No aguanta que sus manos se entreguen al descanso y que su voz no hable con la noche.

One comment

  1. Magdaleno Faildes Torres

    Hice el último horno junto con mi padre cuando tenia 14 años en el 1958. Utilizaba la misma técnica que Jorge Luis, pero le cogíamos las bocas a las 6 am y a las 6 pm para dormir con más seguridad en el rancho que teníamos al lado de horno. No sé si Jorge Luis lo hace así. Ese trabajo lo hicimos porque era Tiempo Muerto y había que subsistir. Los sacos de 13 arrobas de azucar, llenos de carbón con cerca de 60 kg, los vendimos 40 centavos y dimos la tercera parte por el monte era de un vecino. Este es el trabajo más duro que se puede hacer. Me imagino la sorpresa tan grande que se llevarían los carboneros de la Ciénaga de Zapata, el escalon más bajo de la pobreza en el país, cuando Fidel se le apareció en la casa de piso de tierra de uno de ellos para cenar el día 24 de diciembre de 1959 en aquel bohío, porque eso jamás lo ha hecho ningún gobernante en este mundo. Yo por suerte, gracias a la Revolucion no me vi en la necesidad de tener que hacer mas carbón y pude estudiar para Maestro Popular y después medicina para llegar hasta Profesor de Dermatologia. Por la Revolucion si tengo que volver a hacerdo lo haría, ahora hasta con placer, porque sé, que estaría ayudando a mi país.

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