Notas sobre el nombre de un poblado espirituano

Quienes viven en Jíquima —a unos 8 kilómetros del pueblo de Fomento, en la provincia de Sancti Spíritus— no saben por qué su comunidad lleva ese ecónimo (nombre de los asentamientos humanos). Y les resulta difícil imaginar razones, toda vez que desconocen la existencia del sustantivo común jíquima, imposible de encontrar incluso en el diccionario académico.

La información que proveen algunos repertorios léxicos cubanos y del Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española hace pensar que jíquima es variante de jícama, voz americana que designa al Calopogonium caeruleum y a varias plantas del género Pachyrhizus.

Los tubérculos de Pachyrhizus forman parte de la dieta tradicional de países como México o Perú. La antigua motivación del ecónimo Jíquima no parece derivarse de la denominación vulgar de estas especies, sino del Calopogonium caeruleum, llamado jícama o jíquima cimarrona, un bejuco de flores azules, hojas vellosas por el envés y fruto en legumbre que, según T. Roig (1928), abunda «en cercas y matorrales en toda la Isla».

Así, al menos, consideran los autores de Fomento en la mano. Diccionario de nombres geográficos (2015) y los del texto análogo en torno a la toponimia de Cabaiguán, municipio espirituano donde radica el poblado Jíquima de Peláez, de creación bastante posterior a su similar fomentense.

Pero, tal como hemos apuntado, más que jíquima, es muy probable que el sustantivo original en lengua española sea jícama. De hecho, en el corpus para el Nuevo diccionario histórico del español, la primera documentación de jícama —finales del xvi— antecede 60 años a la de jíquima. Además, célebres diccionarios del pasado con notorio afán inclusivo, como los de E. de Terreros y Pando (1767), V. Salvá (1846) o M. Rodríguez Navas (1918), solo registran jícama, y otros, cuando lematizan jíquima, remiten su definición a jícama, como los de E. Zerolo (1895) y J. Alemany y Bolufer (1917).

Por otra parte, existen criterios discordantes sobre la lengua aborigen americana de la cual procede jícama. Que si arahuaca, que si caribe, que si náhuatl… Esta última es la que suscriben la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española en sus más recientes obras lexicográficas.

Asimismo, en la edición del 2017 del Nomenclador nacional de asentamientos humanos, disponible en el sitio digital de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), aparece, en el municipio holguinero Calixto García, el ecónimo La Jíquima; y en el avileño de Baraguá, Jiquimal —el primero en designación de un poblado; el otro, de un caserío—.

En cuanto a Jíquima, ecónimo fomentense, vale añadir que los documentos del xix y el xx que consulté muestran divergencias en su escritura. Jíquima se lee en la Carta geotopográfica de la Isla de Cuba 1824-1831, en la relación de topónimos que E. Pichardo incluye en la segunda edición de su diccionario de provincialismos (1849), y en Mi mando en Cuba, de V. Weyler (1910). Jíquimas —con ese al final—, en el diario de F. Valdés Domínguez, redactado durante la Guerra del 95; también en las memorias censales de 1899 y 1907, así como en el Atlas del censo de 1943. Con artículo singular antepuesto, La Jíquima, lo escriben M. Gómez y José R. Castillo en sus apuntes de campaña, mientras J. García de Arboleyalo recoge con el artículo en plural, Las Jíquimas, en Manual de la isla de Cuba (1859).

Y el famoso Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la isla de Cuba (1863-1866), de J. de la Pezuela, alterna entre Jíquimas, La Jíquima y Las Jíquimas.

Para rematar, en pleno siglo xxi, en este periódico Escambray y en la Agencia Cubana de Noticias hallamos Jíquima de Alfonso, etiqueta que nos advierte sobre la cercanía de Jíquima con Rafael Alfonso, comunidad cuyo nombre rememora el de un patriota benefactor. En la web de CMGF, la radioemisora local fomentense, también puede encontrarse, con la ese final, tanto el ecónimo simple, Jíquimas, como el compuesto, Jíquimas de Alfonso.

Más preocupante que tales variaciones en sí mismas es la carencia, en Cuba, de una vía expedita para aclarar las dudas sobre la forma normalizada u oficial del nombre de pequeños poblados o caseríos. Muchísimos, como Jíquima, no aparecen en el Diccionario geográfico de Cuba (2000) y tampoco en el mapa topográfico, el diccionario y el nomenclador que brinda la Infraestructura de Datos Espaciales de la República de Cuba (www.iderc.cu). Y para descubrirlos en el sitio digital de la ONEI hay que seguir una ruta engorrosísima.

Otra cuestión inquietante es la inexistencia de memoria documental que atestigüe la fecha de normalización toponímica y precise, en casos controversiales como (La) Jíquima (de Alfonso) ~ (Las) Jíquimas (de Alfonso), las razones para la elección de una de las formas alternantes en detrimento de las demás. Tales informaciones poseen un alto valor patrimonial, y deberían preservarse y disponerse adecuadamente para su consulta pública.

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