De la peste de Atenas a la COVID-19: ¿Cuántas pandemias han azotado al mundo?

Las pandemias han resultado un azote para Cuba y el mundo en la historia de la humanidad y causaron más víctimas que todas las guerras juntas. El cólera morbo en Sancti Spíritus

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Esta foto de hace aproximadamente un siglo demuestra que el nasobuco y las pandemias han sido consustanciales al género humano.

Difícil en extremo, cuando no imposible, sería en pleno siglo XXI ofrecer una cifra exacta de las muertes causadas por todas las guerras entre países y conflictos diversos en la historia del género humano, pero más complicado aún resultaría calcular las víctimas de los brotes y epidemias que han asolado el planeta en el largo devenir de la humanidad, y que se consideran superiores.

La plaga más devastadora que asoló la Grecia antigua fue la peste de Atenas, que se propagó en el año 428 a.C., la cual fue narrada por Tucídides en su obra La guerra del Peloponeso. En el mundo antiguo las epidemias provocaron una gran mortandad y recibieron el nombre de pestes. No muy diferente ocurrió siglos más tarde en la Roma arcaica, cuando el emperador Marco Aurelio sucumbió de la primera epidemia de peste antonina.

Lo paradójico es que, si bien durante aquella plaga en el siglo III de nuestra era llegaron a morir 5 000 personas al día en la capital del imperio romano, hoy, casi 20 siglos después, el coronavirus (COVID-19) ha llegado a matar en la bota italiana a casi 900 personas por día, como si en cuestión de virología e infecciones, el tiempo no hubiese pasado.

PANDEMIAS EN CUBA

A la llegada de los españoles a Cuba a finales del siglo XV, la población indígena padecía dermatitis, eczema, lesiones producidas por niguas y otros parásitos, caracol, pelagra, fiebre amarilla, tifoidea, diarreas, etc., algunas de las cuales resultaban particularmente letales.

En cambio, los conquistadores blancos les aportaron enfermedades como la tuberculosis, la sífilis, la viruela y el tabardillo, y los negros esclavos la lepra y otras dolencias de la piel. En 1520 aparece en Cuba la primera plaga de viruela, que estuvo más o menos latente hasta después de 1530 y afectó sobre todo a los indios, brote que se repite en 1570 en La Habana.

En 1603 hace la peste su debut en esa ciudad, la que vuelve en 1621, definida como fiebre amarilla o paludismo grave, hasta que en 1803 llega el cólera morbo, atenuado luego en sus efectos, pero retorna en 1833, seguido en 1853 por la fiebre amarilla e infestación más o menos intensa de cólera, fiebre amarilla y paludismo, entre otras enfermedades contagiosas, a las que en 1898 se suma el tifus, todas responsables de gran número de víctimas. En 1912 llegaría la peste y en 1919 la pandemia de influenza, la cual causa 50 millones de muertes en todo el mundo.

Mención aparte merece el cólera, el cual penetró en Cuba en 1833, en 1850 y en 1867, en víspera del inicio de la Guerra Grande. Según estadísticas consultadas, la primera vez se saldó con unos 30 000 fallecidos, la segunda con algo más de 17 000, mientras la tercera y última, entre 1867 y 1871, se llevó 7 000 vidas. En agosto de 1882 se reportó el último caso en la isla.

No se pueden ignorar los estragos causados en Cuba por la poliomielitis, desde finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, donde, además de las numerosas muertes registradas, se hizo común la presencia de personas tullidas por la deformación ósea del tren inferior en ciudades, pueblos y comunidades de todo el país, donde arrastraban sus penas.

En relación con esta enfermedad, preciso es recordar que fue objeto de atención del Gobierno revolucionario casi desde el momento mismo de su establecimiento en enero de 1959 y motivó la primera campaña nacional de vacunación, a la que siguieron otras contra el tétanos, la difteria y el sarampión, entre varias.

Desde entonces, algunas de estas enfermedades desaparecieron totalmente o se redujeron al mínimo, pero se presentaron otras, como la meningitis meningocócica, que alcanzó un pico en los años 80 del siglo pasado y se llevó muchas vidas infantiles, hasta que el país desarrolló una novedosa vacuna con efectividad de hasta el 90 por ciento, que le puso fin.

Casi de forma coincidente, y como parte de la guerra biológica y bacteriológica de los Estados Unidos contra Cuba, aparecieron en 1981 en la isla el dengue común y el hemorrágico, que afectaron indistintamente a más de 344 000 personas. La variante hemorrágica, de alta virulencia y letalidad, la padecieron 10 312 paisanos y costó la existencia de 158, incluidos 101 niños.

Ello dio lugar a la iniciativa del entonces Presidente Fidel Castro de crear en los hospitales pediátricos de todo el país, salas de terapia intensiva especializadas en la atención a estos casos, las cuales han salvado hasta la fecha a millares de infantes.

Cuba ha sido afectada por otras epidemias, como el VIH/Sida, a partir de 1986 y por la gripe A H1N1, en el 2009, cuyo primer caso se detectó el 11 de mayo de ese año hasta su finalización 11 meses después, en abril del 2010, a un costo de 1 000 enfermos y 63 fallecidos.

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Cada año en Cuba se desarrolla la Campaña Antipolio para inmunizar a los niños de esa enfermedad.

SANCTI SPÍRITUS EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA

Aunque como se dijo arriba, Cuba experimentó tres grandes epidemias de cólera en 1833, 1850 y 1867, respectivamente, fue la primera la que más impactó en Sancti Spíritus, llevando al límite a la población y a las autoridades locales por el gran número de ciudadanos afectados y la alta proporción de muertes entre los enfermos.

La noticia sobre la existencia del cólera morbo en La Habana llegó a la villa del Yayabo el 14 de mayo de 1833 y provocó de inmediato la mayor atención de su Ayuntamiento, que en su siguiente sesión capitular acordó establecer un cordón sanitario en los límites con Santa Clara, para traspasarlo los viajeros procedentes de la capital debían presentar la certificación oficial vigente en materia de higiene.  

Ya con la presencia de algunos enfermos sospechosos de padecer cólera, el primero de septiembre el alcalde espirituano dictó un bando relativo a la venta de alimentos y el aseo personal, así como sobre la limpieza de calles, los solares y las barrancas del río, lo cual debía ir acompañado por la eliminación de cerdos en el perímetro urbano.

Gracias a los exiguos y localizados medios de transporte de la época y a las medidas de control, se pudo mantener por algunos meses a salvo a la ciudad, hasta que el 12 de septiembre fallece a causa de la mortal dolencia el presbítero don José Vicente Companioni, por lo que se le consideró la primera víctima. Al día siguiente en sesión capitular, el síndico don José María Moya propone que los médicos, farmacéuticos y escribanos se turnaran en el servicio público a la población durante el día y la noche.

Ante el número creciente de víctimas, el brigadier Coppinger, jefe militar de la jurisdicción, convocó la Junta de Sanidad y declaró que el pueblo se hallaba oficialmente en estado de epidemia. En consecuencia, se acordó suspender las actividades públicas y se mandó a construir sillas de mano o parihuelas para la conducción de enfermos al hospital. Se habilitaron también dos carros para el traslado de cadáveres al cementerio, y se instruyó que en los barrios rurales debían habilitarse camposantos.

Ante la emergencia suscitada, el jefe militar dispuso: “(…) Que se expenda carne fresca y comestibles saludables a precios moderados; que los cadáveres sean sepultados en fosas profundas y que se cubran con cal viva. Que no participen en los entierros ni parientes ni amigos; que los enterradores y conductores de cadáveres guarden las más estrictas medidas sanitarias”.

Dispuso igualmente Coppinger: “Que donde muera alguien de cólera, que haya agua clorurada y se dé una lechada a las paredes, lavándose los pisos, tampoco se debe tocar a agonía, ni las campanas doblar por los que fallezcan”.  Y ordenó además el brigadier: “Mando que se socorra a los convalecientes, que dentro de dos días se blanqueen por fuera y por dentro las casas del pueblo. Prohíbo la subida del precio de la cal y de los artículos de primera necesidad”.

En medio de la pavorosa mortandad, cundió el pánico ante el paso ruidoso de los carromatos sobre las chinas pelonas, los que trabajaban las 24 horas llevando su carga de despojos humanos a la ya saturada necrópolis de la villa. Durante cerca de cuatro semanas se vivieron jornadas terribles. Sin embargo, gracias a la eficacia de las medidas adoptadas, se logró el portento de constreñir la epidemia al punto que para el 2 de octubre se redujo notablemente el número de enfermos y de occisos.

Se volcaron entonces los recursos de la villa del Yayabo en auxilio de la vecina Trinidad, azotada también por el mortal flagelo. Como balance total de la pandemia, se contabilizaron en Sancti Spíritus 657 muertos, de los cuales 386 eran personas blancas y 348, negras, de ellas 173 esclavos, aunque, según los especialistas, el número real de víctimas debió haber sido grandemente mayor.

De tal catástrofe local, acontecida hace 187 años, quedó la enseñanza de que, con la voluntad oficial y la participación del pueblo es posible conjurar la más cruda pandemia. Más aún, con el progreso exponencial hoy día de los medios de diagnóstico, equipos y fármacos. En el caso de Cuba, el sistema de salud universal vigente podrá demostrar en plazo razonable su eficacia.

2 comentarios

  1. rainel ramos sosa

    si nos ponemos a pensar cada ves que el mundo lanza una pandemia a nivel mundial es por algo segun los numeros hay sobre poblasiony hay barios datos mas que pueden servir, es como si estuviera limpiando, para decirlo de alguna forma.

  2. Armando Sierra

    Con la valiosa solidaridad de Cuba y su avanzada medicina, ha sido posible enfrentar la pandemia del Coronavirus.

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