Sin formación no hay enseñanza

Declara una prestigiosa maestra con más de cuatro décadas y media en el oficio. El amor por los niños y la pasión por el arte de enseñar fueron sus motivos para no faltar a la escuela ni un día tras la jubilación

Le fascina el grado inicial, “porque aprenden lo que tú les enseñes, llegan vírgenes y ves rápido el avance”, declara. (Foto: Vicente Brito / Escambray).

En aquel paraje campestre de Zaza del Medio, con solo 16 años y una escolaridad de sexto grado, aceptó cubrir, temporalmente, a una maestra acogida a la licencia de maternidad. La escuelita rural la tuvo hasta la culminación del curso; al parecer lo hizo muy bien, porque a la llegada del próximo septiembre le asignaron, sin que pusiera reparo alguno, un colegio con 16 niños donde sería la única docente.

Corría el año 1970. Comenzaba así la incursión de Marisol Acosta García, una mujer detallista, exigente y amorosa, por la pedagogía. Entonces ni siquiera supuso que al cabo de 46 años continuaría, inalterable, en la Educación Primaria. Aunque dedicó una década de su vida a la escuela Rubén Martínez Villena, del municipio de Sancti Spíritus, sería el seminternado Arcelio Suárez, del propio territorio, el que la retendría sin remedio desde que abriera sus puertas en 1986.

“Descubrí que me gustaba enseñar ya haciéndolo. Enseguida comencé el curso emergente por el Plan de Estudios Dirigidos; luego vencí los cinco años de Maestro Primario, más tarde otros dos de preparatorio y después, la licenciatura. La maestría la concluí en el 2011”, resume en la tranquilidad de su hogar, en el reparto Olivos I. No habla mucho de sí misma, de modo que se impone capturar las ideas a medida que alude a esos seres pequeños a quienes recibe en el primer grado y acompaña hasta el cuarto.

Le apasiona que hablen bien, que escriban correctamente, que tengan buenos rasgos. Se dice que la letra de sus alumnos se distingue entre otras. Pero no es solo eso: desde hace años sobresalen por ser ganadores en concursos de conocimientos. “En cada grado los he tenido, lo mismo en Español y Matemática que en El mundo en que vivimos. También vencen siempre en la selección de la libreta más bonita”, ilustra.

Le fascina el grado inicial, “porque aprenden lo que tú les enseñes, llegan vírgenes y ves rápido el avance. En cuarto ves ya la culminación de todo lo que aprenden en el ciclo, es un grado muy difícil y de mucho contenido”. Le interesa formarlos y no solo instruirlos; para ello tiene una explicación: “Sin eso no hay enseñanza”.

Guarda con celo aquel recorte de periódico, en el que la reportera, entusiasmada con la calidad del aprendizaje de sus pupilos, relataba el cuidado en la escritura, en el empleo del idioma y en la comprensión y fluidez de la lectura.“Para no cazar gazapos” era el título de la reseña publicada en Escambray en abril del 2010. Ahora las cosas no son exactamente como en aquel momento.

Marisol Acosta García no estuvo ni un solo día alejada del aula, porque se jubiló sin dejar de ejercer el magisterio. (Foto: Vicente Brito / Escambray).

¿Qué ha cambiado de entonces a la fecha?

“Entonces había pasión por escribir bien, por aprender, por todo. Ahora es el table, el teléfono, el juego. Yo veo que han retrocedido, no sé si es que dedican el tiempo en la casa a esas distracciones, porque sigo siendo igual de exigente.La familia colabora también ahora, pero me da la idea de que no pasa nada cuando el muchacho hace la tarea corriendo para conectarse o jugar, de que no son exigentes en ese sentido, aunque yo no permito tales dispositivos en el aula”.

Le duele que no aprendan lo necesario. Solo uno o dos de sus casi 40 discípulos dicen haber visto el Noticiero de Televisión cuando pregunta en los matutinos. “Mi mamá estaba viendo la novela”, o “Estaba viendo la serie”, es lo que refieren. Eso está restando a la educación y a todo. No es por menos intelecto, sino por menos dedicación”.

Se jubiló al cumplir los 60 años, cuatro cursos atrás. En enero le llegó la jubilación y al día siguiente fue para el aula como si nada hubiese cambiado, aunque a partir de ahí, contratada. “No me ausenté ni un solo día. Es que me gusta trabajar con los niños, me gusta enseñar”.

No muestra devoción por los reconocimientos, pero los agradece. Posee múltiples medallas, entre ellas la Rafael María de Mendive, la de Educadora Ejemplar y la Distinción por la Educación Cubana. Va a estar en el aula todavía algún tiempo. “Mientras vea que puedo hacer y la salud me lo permita, seguiré ahí”, sostiene.

¿Hay niños difíciles?

“Hay niños con características diferentes, por situaciones determinadas, familias disfuncionales, por ejemplo. De un tiempo para acá son más numerosos los casos de ese tipo, pero es preciso darles tratamientos diferentes también.

¿Qué recomienda a las familias?

“Que los atiendan. Eso de que ‘lo pongo con una repasadora’ no lo comparto, para algo está el maestro. El padre y la madre pueden ayudarles en la realización de las tareas y tocar lo que se dio en el aula. Con eso tienen, porque todo no puede ser estudio: el niño necesita jugar, divertirse. A veces los padres no conversan con ellos, no escuchan lo que tienen que decir. La época está cambiando, ya hasta la lectura ha mermado mucho y eso pone en peligro la ortografía, el vocabulario, la expresión oral”.

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