Crónicas de pospandemia (+fotos)

Niños espirituanos vierten vivencias y sentimientos sobre la etapa difícil en que un virus los obligó a alejarse de las aulas y permanecer en el hogar

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Presenciar las teleclases y realizar los ejercicios que dejaban los profesores virtuales fue una constante para los escolares espirituanos mientras duró el curso. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

A través del enrejado de mi terraza veo y escucho a Angeline Camacho Almenares, una niña de ocho años que desde el patio de su abuela me cuenta su añoranza por el curso escolar. “Si no hubiera sido por la bomba del coronavirus ya yo estuviera en tercer grado; estaba terminando el segundo, casi casi al empezar las pruebas y ¡Pum! Llegó esto”, me dice, mientras gesticula graciosamente.

Se toca la melena crespa y levanta un mechón de sus largos cabellos. “El coronavirus me tiene ya hasta el último pelo. En los muñequitos de la televisión dicen que es mejor estar en casa y no en la escuela, pero yo no creo eso. Fíjate que mi hermanito siempre me está cayendo arriba, halándome los pelos, pellizcándome, mordiéndome, ¡qué va!”, argumenta mientras contengo la risa para no cortarle la inspiración.

Extraña mucho a la maestra, que es muy buena y ella la quiere cantidad; el otro día la sorprendió con una visita y la alegría de Angeline fue enorme. En todo el tiempo que duró el curso no presencial siguió las clases por televisión, que su mamá grababa y en la tarde visualizaban juntas. A la abuela paterna, la de los bajos de mi casa, dejó de verla dos meses o más, por eso ahora está feliz. “Yo no veo la hora en que empiecen las clases para volver a ver a mis amigos, jugar con ellos. Son los mejores que tengo y no sé si se enfermaron, espero que no”, remata con un gracioso mohín.

De esta experiencia inédita en Cuba, donde estamos acostumbrados a abrir en septiembre un período lectivo que no cierra hasta mediados de julio, mucho tienen que contar los escolares de todos los niveles educativos. Una vez retomadas las clases, en septiembre, se podrá saber al detalle cómo vivió cada uno de ellos la cuarentena, que llegó a sobrepasar los 90 días y se fue flexibilizando, al menos en Sancti Spíritus, a partir del 18 de junio.

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“Como no podía salir a ningún lado tampoco podía hacer nada; por el coronavirus tenía que estar aquí; lo que hice fue estudiar y jugar con los animales”, declara Osmany. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

María Karla Peña Barrios, de 12 años y alumna de sexto grado en la escuela Julio Antonio Mella, de Sancti Spíritus, es parca en palabras, pero aun así se abre a algunas confesiones. Desde el 30 de marzo, cuando los uniformes dejaron de ser visibles en calles y avenidas de la nación, se vio de pronto en casa, sin posibilidad de salir más que al balcón, desde donde cada noche aplaude, esperanzada.

No niega que sintió un poco de miedo por la posibilidad de contraer el virus, pero se aclimató a los días sucesivos junto a la familia. Extraña, eso sí, a sus compañeros de clases. Por eso habla mucho por teléfono y cuando se trata de alguna amiguita allegada, le dan horas compartiendo vivencias a distancia. Una de ellas la visitó el día de su cumpleaños, a finales de mayo.

 Junto a la hermanita de ocho años y al hermanito de tres, que la persiguen constantemente, la fotografió Brito frente a los libros, porque eso sí: ni en los peores días de la pandemia en la isla dejó de realizar sus deberes escolares. “Ella es sumamente aplicada y en estos meses me ha ayudado con algunos quehaceres”, comenta la madre. Las teleclases le parecieron buenas, las entendió todas, asegura María Karla. El día de nuestra visita su anhelo era poder viajar a Holguín, donde tiene un par de hermanas mellizas que le nacieron en marzo.

La de Osmany Lázaro Hernández Fiallo, de 13 años de edad, es una historia parecida. Alumno de séptimo grado de la escuela Secundaria Básica Ramón Leocadio Bonachea, de la cabecera provincial, siente que acaba de pasar “una etapa mala”. Entre resignado y escéptico, argumentó: “Como no podía salir a ningún lado tampoco podía hacer nada; por la pandemia del coronavirus tenía que estar aquí. Ahora salgo más bien por el barrio, con mis amigos, pero no mucho, y todavía con el nasobuco”.

Su mundo se redujo, relata, a ver las clases por televisión, cuyos profesores conoce hasta por el nombre y entre las que prefiere las de Español e Historia. También se entretuvo en el juego con los animales de la casa: perros, palomas y un perico que solo sabe decir Rosy, el nombre de su abuela. “Traté de enseñarle algo, a pedir comida, por ejemplo, pero está viejo y no aprendió nada. Después me dijeron que las que aprenden son las cotorras”, se ríe.

Pero, además de lo que él cuenta, Osmany hizo algunas labores útiles en el hogar, según rectifica la abuela: organizar el librero, limpiar la meseta, recoger y palear arena, derrumbar un pedazo de pared procurando preservar los ladrillos…

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A María Karla las teleclases le parecieron buenas, las entendió todas. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

Con todo y esos conocimientos de construcción, él prefiere claramente la escuela y a los amigos, pues su hermana tiene 21 años y, como estudia Medicina, se mantuvo todo el tiempo en función de las pesquisas diarias en los barrios. “Ojalá que no haya más cuarentenas”, concluye el adolescente.

Cuando septiembre arranque y el curso se reinicie lloverán en las aulas las crónicas de cuarentena y también las de pospandemia. Por ahora, Escambray se complace en este adelanto sobre la más atípica de las realidades vividas por los escolares de Sancti Spíritus y de Cuba en décadas y más décadas de Revolución.

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