Con una de las finalísimas más apagadas y deslucidas de los últimos tiempos, descorrió sus telones la Serie Nacional de Béisbol en su versión 64.
Terminó, eso sí, con un campeón de cinco herramientas como Matanzas, que ganó con contundencia, fuerza y solidez su segundo campeonato doméstico.
Nada resta mérito a lo realizado por los Cocodrilos, pero que una final ante el campeón hasta ese momento, haya concluido por suculenta barrida de 4-0, con marcadores desbalanceados y el último de ellos por nocaut, dejó mal parado a Las Tunas y, de paso, al cierre de la campaña, que, según dicen las estadísticas, es el primer play off en 36 años que termina por un fuera de combate.
No siempre se puede ganar y los orientales tienen el reconocimiento por haber protagonizado su tercera final en línea y ser el máximo ganador de preseas en los últimos ocho años, pero les faltó a los tuneros capacidad de batalla como la mostrada en las fases anteriores, cuando debieron sacar el extra para remontar y vencer en siete juegos a un Villa Clara envalentonado en cuartos de final y luego a un Artemisa que le plantó rivalidad en la fase semifinal.
Por cierto, mejores emociones regaló la antesala de esa finalísima con lo sucedido en esas fases, tanto con las subseries descritas como con la semifinal electrizante entre Matanzas-Industriales, en la que los Cocodrilos comenzaron a tallar el traje que se pondrían después.
Porque eso fue el sexto y último encuentro del Latino, cuando los yumurinos, abocados a un séptimo juego, voltearon la pizarra en el noveno. Con marcador en contra 9-3, fabricaron nada más y nada menos que seis anotaciones para empatar y forzar el extrainning y un cierre decisivo de película con jonrón de José Amaury Noroña.
Así, no solo aseguraron su boleto a la final. Creo que la ganaron por adelantado porque de eso se trata un gran campeón que unió fuerza al bate, ofensiva oportuna de sus jugadores líderes, pitcheo eficaz, defensa excelente y un juego compacto de una nómina sólida que ya casi es puramente matancera, después que tantos “emigrados internos”, como el espirituano Yamichel Pérez, se aplatanaron en tierra matancera. El mérito es para el veterano Armando Ferrer, quien, sin toda la salud de su lado y con la sapiencia y la paciencia como aliados, ganó su segundo título.
Lo importante es que se pudo completar el calendario de uno de los campeonatos más tropelosos de los últimos años y al que para completarlo le pasó de todo a lo largo de seis meses, incluida una postemporada que se estiró hasta el cansancio por la recuperación de juegos pendientes, incluida la controvertida clasificación naranja.
Lo esencial es que Cuba defendió realizar su principal espectáculo sociocultural en medio de uno de los escenarios más complicados que ha vivido el país en lo económico, financiero y energético, panorama que terminó por impactarlo.
Claro que ello nada tiene que ver con cuestiones subjetivas que le deslucieron más allá de sus deudas cualitativas. Esta fue la serie en que los partidos confiscados y el uso de jugadores impropios ocuparon un inusual protagonismo en una mezcla de desconocimiento, falta de preparación y atención de los cuerpos de dirección de los equipos y fisuras e imprecisiones desde la letra del reglamento.
Volvieron a ocupar espacio en el graderío de las insatisfacciones las broncas, indisciplinas y expulsiones de jugadores y directivos que terminaron por deslucir el torneo que, aun cuando debió pujar para visibilizarse entre tantos apagones eléctricos y de conectividad, se logró conectar con su afición, al menos la más fiel, que siempre encontró una opción para seguirlo.
Para Sancti Spíritus en particular quedó el buen sabor de al menos haber integrado el octeto de postemporada y un séptimo lugar que es lo que más parece encajar en el modelo de equipo que se presentó esta vez.
En lo individual, merece las palmas Liuber Gallo, único jugador del conjunto incluido en el Todos Estrellas de la campaña como mejor segunda base.
Cuba reposa su pelota doméstica y, tras el bronce en una Serie de las Américas que se le quedó debiendo también a la calidad y el espectáculo, se enfoca ahora en el escenario internacional donde le espera el plato fuerte del año: el VI Clásico Mundial, que llega en los primeros días de marzo.
Acaparará, como es lógico, todas las atenciones y tensiones y se perfila como un relajante necesario para las emociones en medio de tanto estrés.
En lo interno, todo queda en suspenso, incluso la polémica de hasta dónde la Serie Nacional puede resultar un incentivo para jugadores que luego ni siquiera se mencionan en posibles nóminas de ningún torneo.
En la pausa, una pregunta debe encontrar respuestas más reposadas: ¿qué tan lógico y coherente será pensar en una Liga Élite en medio de una situación económica y energética tan compleja?
Al menos el compás de espera debe servir para revaluar y repensar con los pies puestos en el terreno, no solo beisbolero, sino del país.
Cuba está en la ruta del Clásico y, polémica y discrepancias aparte, eso nos pondrá en el mismo bando por unos días. Pero de ello hablamos después.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus












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