Carlos Manuel de Céspedes, otra faceta de su legado

Hay una faceta menos conocida de su existencia por y para Cuba, la del creador y conductor de la diplomacia mambisa en los primeros cinco años de la guerra independentista

Cuando cada año se arriba a la fecha del 27 de febrero surgen las evocaciones del hombre que con toda justicia llamamos Padre de la Patria. Por lo general, se habla de su corajuda resistencia en el instante en que se batió a tiros, solo, con su revólver contra un destacamento del ejército español o cuando se le puso ante la dolorosa disyuntiva de escoger entre la vida de su hijo y abandonar la revolución o cuando declaró la independencia de Cuba y dio libertad a sus esclavos el 10 de octubre de 1869, y así otras y otras facetas más de su intensa vida a partir de aquel día luminoso en su ingenio De-majagua. Pero hay una faceta menos conocida de su existencia por y para Cuba, la del creador y conductor de la diplomacia mambisa en los primeros cinco años de la guerra independentista.

Y es que la perspectiva de las relaciones internacionales y la labor diplomática fundacional de la República en Armas en la guerra de 1868 es de las menos analizadas por la historiografía nacional. Han existido tratamientos tangenciales y parciales, incluso algunos muy recientes, pero aún se necesita de mayores abordajes sobre la cuestión. Es incluso oportuno recordarlo en estos momentos. Las relaciones de los gobiernos norteamericanos con los patriotas cubanos que luchaban contra la colonia española fue, desde un inicio, fuente de muchos conflictos y tensiones, reveladoras de las intenciones ambiguas y ambiciosas de esos gobernantes hacia Cuba.

Si en aras de cumplimentar un tanto esa carencia se busca el momento inicial de una diplomacia netamente cubana, habría que ir, irrecusablemente, al accionar de la República en Armas y, de manera más precisa, habría que remitirse a la actuación de su primer presidente, quien resultó ser un diplomático nato y neto. Desde antes de ocupar la presidencia, Céspedes, en su cargo de capitán general del Ejército Libertador, nombrado por los caudillos conspiradores del Valle del Cauto al levantarse en armas el 10 de octubre de 1868, en su primera proclama, que es considerada nuestra declaración de independencia, conocida como «Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba», expresó una idea clave en cuanto a la esfera internacional:

«Cuba aspira a ser una nación grande y civilizada para tender un brazo amigo y un corazón fraternal a todos los demás pueblos […]».

Para el patriota bayamés era fundamental incluir esa aspiración en un documento iniciático como aquel, dirigido tanto a los cubanos como al mundo. Por otra parte, el análisis de la cuestión de las relaciones exteriores durante la primera mitad de la guerra supone valorar en sus interacciones el escenario tripartito Cuba-España-Estados Unidos y, después, el escenario continental. En la tupida madeja de cuestiones ideológicas y políticas surgidas con la insurrección, y de las relaciones con Gobiernos como el de España y Estados Unidos, se debatieron los patriotas cubanos después de levantarse en armas en 1868. Céspedes jugó un activo y complejo ajedrez político internacional desde las difíciles condiciones de una jefatura trashumante como la suya.

Las primeras acciones de Céspedes en materia de política exterior fueron las de comunicarse con la Junta Cubana de Nueva York con el fin de recabar ayuda para el Ejército Libertador y expedir algunos nombramientos de representantes del Gobierno provisional en el exterior, los embajadores patrióticos; también la exploración con el Gobierno de los Estados Unidos acerca de una posible anexión si los cubanos la pidieran «como último recurso». Céspedes no perdió tiempo para comenzar a desarrollar estas acciones en el ámbito de las relaciones exteriores, al tiempo que trataba de unir a las demás fuerzas insurreccionadas y de frenar la agresiva Creciente de Valmaseda, que avanzaba a marchas forzadas hacia Bayamo para recuperar la ciudad.

Lograr el reconocimiento de la beligerancia de los patriotas por parte de los Estados Unidos era tarea de primera importancia en aquellos momentos. Ello permitiría regularizar la guerra a tono con las ideas del derecho internacional vigente entre las naciones. Posibilitaría también recibir ayuda militar en las cantidades pertinentes. Por otra parte, Céspedes organizaba la insurrección según términos y conceptos modernos y justos dentro de lo que era posible en un enfrentamiento contra un enemigo que, desde el principio, demostró un desprecio enorme por los revolucionarios, a los que tildaba de bárbaros y criminales.

A partir de la Asamblea de Guáimaro en 1869 y ya nombrado como presidente de la itinerante  República en Armas, todo el accionar de Céspedes respondió a actuar como tal, con dignidad y aplomo. Lo hizo con responsabilidad y altura de estadista. Céspedes no fue anexionista, por más que se examine con carácter crítico un instante de duda en los inicios de su labor como jefe de la revolución. Todo lo contrario, en su ejecutoria como estadista de la naciente revolución independentista y abolicionista, Céspedes acudió en varias ocasiones a solicitar el apoyo de los gobernantes del vecino norteño, quienes nunca reconocieron la beligerancia de los cubanos. Pero hasta ahí.

En su defecto, Céspedes apeló a la solidaridad de las repúblicas del continente. Sus cartas personales llegaron a los despachos de numerosos jefes de Estado latinoamericanos, quienes seguramente se preguntaron quien era el autor de las misivas. Como expresión de esa dinámica política exterior las repúblicas de Chile, Venezuela, Perú y Bolivia, en 1869; Colombia, en 1870; y El Salvador y Brasil, en 1871, reconocieron el derecho beligerante de los mambises y la legitimidad del gobierno de la República en Armas. Fue una batalla diplomática continental ganada por la dinámica diplomacia cespediana, realizada en las condiciones más precarias. Era poner en práctica el concepto de continentalidad de Simón Bolívar expresado ahora en su continuador antillano. Céspedes concibió la solidaridad como una obligación moral de las repúblicas democráticas. Fue, por tanto, en materia de política internacional donde se manifestó en mayor grado su agudeza de estadista y esto se puso de relieve, de manera particular, en el sagaz vislumbre que hizo de la política del gobierno yanqui hacia la Revolución cubana.

Dejado atrás el efímero y fugaz espejismo del anexionismo de 1869, Céspedes fue evaluando el comportamiento de Estados Unidos hacia la guerra con España de manera especial, comenzó a desentrañar el verdadero rumbo del poderoso vecino. Al presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, considerado un político progresista, le espetó en términos enérgicos:

A la imparcial Historia tocará juzgar si el gobierno de esa gran República ha estado a la altura de su pueblo y de la misión que representa en América […] prestando apoyo indirecto, moral y material, al opresor contra el oprimido, al fuerte contra el débil, a la Monarquía contra la República, a la Metrópoli europea contra la colonia americana, al esclavista recalcitrante contra el libertador de miles de esclavos.

El abogado que Céspedes nunca dejó de ser colocó, con esa postura, ante el tribunal de la historia, nada menos que al país que presentaba ante el mundo las más modernas instituciones democráticas, y era, aparentemente, el paradigma de la libertad y la democracia, su acusación estaba redactada en forma de advertencia como para hacerle ver que tomaba el partido equivocado. Pero fue en vano. Estados Unidos utilizaba la guerra para que España se desgastara; realmente los revolucionarios cubanos les resultaban poco importantes. La vida le demostró a Céspedes cuál era el secreto de la diplomacia estadounidense y el porqué de su «extraña» cooperación con la retrógrada metrópoli. Tres años, 1870, 1872 y 1874, marcaron los momentos de la penetración cespedista en las verdaderas intenciones de la política yanqui. En el primero, 1870, ya se advierte que estaba sobre la pista:

Por lo que respecta a los Estados Unidos tal vez esté equivocado, pero en mi concepto su gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para su nación y entretanto que no salga del dominio de España siquiera sea para constituirse en poder independiente; este es el secreto de su política y mucho me temo que cuanto haga o proponga, sea para entretenemos y que no acudamos en busca de otros amigos más eficaces o desinteresados.

Impresiona lo certero del juicio elaborado desde un intrincado maniguazo de Cuba libre. La posteridad colmó con creces su razonamiento. En noviembre de 1872, el presidente cubano no pudo tolerar más lo que había venido observando día tras día en la conducta de Estados Unidos y decide retirar la representación diplomática de la República en Armas de aquel territorio hostil. En la terminología actual sería el equivalente a la ruptura de relaciones. Así le escribe al agente cubano:

No era posible que por más tiempo soportásemos el desprecio que iba en aumento mientras más sufridos nos mostrásemos nosotros. Bastante tiempo hemos hecho el papel de pordioseros a quien se niega repetidamente la limosna y en cuyos hocicos por último se cierra con insolencia la puerta. […] no por débiles y desgraciados debemos dejar de tener dignidad

Con esta decisión llegó Céspedes a la mayor altura como dirigente de la Revolución cubana, oponiendo al desprecio yanqui la dignidad cubana, el orgullo de una pequeña república que se sostenía heroicamente en los campos de batalla. Este gesto viril significó la primera página de honor nacional en las relaciones con un país que regirá, en adelante, el curso de la vida de todo el hemisferio y, en particular, el de Cuba.

No sería ocioso agregar que de hechos de acendrada dignidad como este se nutrirá el antimperialismo de su relevo dos décadas más tarde. Cuatro días antes de su muerte, le escribe a su esposa que no debe dejarse engañar por los gobernantes yanquis, mostrando que ya había madurado por completo su convicción de un lustro atrás:

[…] de consiguiente no me ha cogido de nuevo ni causado ningún efecto lo que me dices en la segunda respecto al arreglo tenido entre esa República [Estados Unidos] y la de España […]. La política del Gabinete de Was­hington no se me oculta tanto que deje de compren­der a donde se dirigen todas sus miras y lo que significan todos sus pasos.

Es decir, Céspedes captó en toda su perfidia la manera en que Washington estaba manejando el conflicto cubano-español: desconocimiento de la guerra de los patriotas y ayuda por la espalda a España, o lo que es igual, toda una táctica trapera hacia los patriotas. Haber llegado a esa conclusión desde una montaña de la Sierra Maestra, prácticamente sin información inmediata, pero muy atento al curso de los acontecimientos, y a las noticias de su amplia red de agentes, se debe considerar la mayor prueba de su sagacidad política.

Su muerte en bravo enfrentamiento con una columna española que lo fue a capturar en el remoto San Lorenzo, aquel 27 de febrero de 1874, privó a la revolución de su más claro observador del panorama continental de la lucha en la que ya los gobiernos de Estados Unidos habían evidenciado sus tempranas aspiraciones y ambiciones sobre la Isla.

Cubadebate

Texto de Cubadebate

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