Cuba, obsesión fatal de Trump y Marco Rubio

Frustrado en su alucinada determinación de doblegar a Cuba en su primer mandato, Donald Trump trata en el segundo de cumplir su ambición de ser el presidente yanqui que acabe con la Revolución cubana, tras más de seis décadas y 11 administraciones fracasadas en el intento

Ilustración: Osval

No cesamos de preguntarnos los cubanos el porqué del empecinamiento obsesivo de Estados Unidos, y específicamente de su presidente número 45 y 47, Donald Trump, de ponerle el punto final a la Revolución martiana y fidelista que ya pervive por 67 largos y azarosos años, si Cuba, a diferencia de Venezuela, Irán, México y otros países, no tiene petróleo y, en general, no sobresale por sus recursos naturales.

El problema es que, en el caso de la isla, la razón no es eminentemente económica, sino política y geoestratégica en un planeta marcado por la enconada lucha entre potencias y grupos socioeconómicos y políticos con derivaciones militares, donde un nuevo ordenamiento multipolar se abre paso de la mano de potencias emergentes asociadas en torno al llamado grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, más algunos nuevos miembros) y el Grupo o Pacto de Shanghai, entre otros. 

Si bien Cuba no es sobresaliente por un factor como el Canal de Panamá, ha sido durante mucho tiempo una plaza estratégica llamada la llave del Golfo de México, a las puertas del país azteca y también muy cercana a los Estados Unidos de América, situación que se hizo traumática en las mentes de los grupos de poder dominantes en la potencia norteña, que trataron de acabar a la Revolución cubana por cualquier medio desde su advenimiento en enero de 1959, y aun antes.

Esa obcecación fatal de Washington hacia su pequeña vecina sureña llegó al paroxismo en octubre de 1962, cuando el Imperio prepotente estuvo a punto de provocar una guerra nuclear en su empeño por controlar a Cuba a toda costa y costo, objetivo que, obviamente, no lograron.

El estudio de la agresividad de Estados Unidos hacia nuestra patria desde 1959 hasta la fecha, muestra momentos más prominentes, aparte de la invasión mercenaria de Playa Girón en 1961, el Plan Mangosta en 1962 y la aludida Crisis de los Misiles, todos bajo la tutela del presidente demócrata John Kennedy, pues en otras administraciones como las de Nixon, Reagan y W. Bush, también hubo momentos de verdadero peligro para la isla.

El problema es que, por fortuna, Estados Unidos no está solo frente a su supuesta presa inevitable para tragarla de un bocado, y es que interactuamos en un mundo complejo y violento de más de 195 naciones y territorios, más o menos autónomos, con disímiles proyecciones e intereses que presionan cada vez con más fuerza hacia la implantación de un orden mundial multipolar donde una sola nación no pueda imponer a todas las demás sus intereses y caprichos.

Un factor de peso a tener en cuenta es que, de nación capitalista poderosa, Estados Unidos devino imperialista en 1898 con su injerencia en la Guerra de Liberación de Cuba contra el dominio colonial español, y en los últimos tiempos, con Donald Trump a la cabeza, ese imperialismo ha devenido, por sus prácticas, un “fascismo corriente”, como denunció el cineasta ruso Mijail Romm en una señera película documental del mismo nombre a inicios de los años 60 del siglo XX, donde hace una disección magistral del surgimiento, auge y caída del nazi fascismo europeo.   

Ese nazi fascismo nunca murió del todo  y ha resurgido con fuerza de la mano de Trump, quien, con sus políticas cada vez más represivas y agresivas en este continente y en la arena mundial, parece haber resucitado lo que podría definirse como un IV Reich en ciernes, esta vez en la “democrática” superpotencia norteña.

En lo que a Cuba atañe, desde el inicio de su primer mandato (1917-2021) Donald Trump mostró una hostilidad enfermiza hacia el archipiélago, al introducir elementos que sus antecesores hacia ese momento no habían intentado, como el invento de los ataques sónicos a su personal diplomático en La Habana, todo para justificar extremos agresivos como el cierre del consulado estadounidense en Cuba, la reducción radical de su personal en la isla y la aplicación del carácter extraterritorial de la Ley Helms Burton, que otros mandatarios prorrogaban como regla cada año.

Trump no solo acabó en poco tiempo con las iniciativas de suavización del bloqueo adoptadas por su predecesor demócrata Barack Obama en la segunda mitad de su segundo mandato, sino que introdujo otras 243 medidas de estrangulamiento contra Cuba en un agravamiento sin precedentes de la guerra económica que aplica ese país a la patria de Martí desde el mismo 1959.

Por eso, en enero del 2024, cuando se conocieron en Cuba los resultados de las elecciones en que el magnate neoyorquino volvió a ganar la presidencia de los Estados Unidos, la mayoría de sus habitantes reaccionaron como si se tratase del advenimiento fatal de una de las llamadas plagas bíblicas. Y no hemos dejado de tener razón quienes pensamos así, porque, en última instancia, ¿qué ha resultado para la comunidad internacional el ascenso al poder de Donald Trump y su grupo de fascistas reciclados en la superpotencia americana, sino una desgracia a nivel planetario?

Su segundo y, por fortuna, último mandato lo inició Trump echando abajo la decisión tardía de Joe Biden, de sacar a Cuba de la arbitraria lista de naciones que, supuestamente, fomentan o apoyan el terrorismo, cuando aún no había entrado en vigor. Ello dio un indicio de por dónde venían los tiros del millonario presidente.

El problema es que el hombre que fue reelegido sobre la base de promesas como el mejoramiento económico para sus conciudadanos y de poner rápido fin a la guerra en Ucrania, no ha hecho nada —o muy poco— para cumplirlas y, en cambio, ha arrasado con el orden internacional vigente, al violar tratados y poner en ascuas la legalidad en su país y en el mundo.

Para no ir más lejos, aunque las relaciones exteriores son consideradas el ámbito natural de las prácticas diplomáticas, al nombrar al cubanoamericano Marco Rubio al frente de la Secretaría de Estado, Donald Trump demostró que, en lo que a la América Latina y el Caribe atañe, Washington no priorizó en lo más mínimo la diplomacia, sino que trajo a la palestra nuevamente la política del Gran Garrote.

Y es el caso de que, en nuestra área geográfica y más allá, lo que impera es la práctica del chantaje, las sanciones económicas, las amenazas bélicas y las agresiones militares propiamente dichas, y si no bastara, ahí están como muestras la agresión a Irán junto a su perro de presa sionista en junio de 2025 y la guerra progresiva contra Venezuela, que ha tenido su colofón el 3 de enero de 2026 con el secuestro de su presidente legítimo, Nicolás Maduro Moros, y de su esposa, la primera dama Cilia Flores.  

En un entorno viciado por las fricciones con Canadá, México, Colombia, Brasil, Dinamarca, y otros países, el presidente yanqui emitió en la madrugada del 30 de enero una orden ejecutiva en la que declara a Cuba “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad de Estados Unidos, por sus relaciones con adversarios de esa nación, como China, Rusia, Irán, Corea del Norte, y sus supuestos vínculos con organizaciones como Hamas y otras entidades hostiles hacia Washington.

Este recrudecimiento de la hostilidad hacia Cuba ha llegado al extremo de tratar de cerrar definitivamente el grifo energético a la isla, al adoptar la decisión de imponerles un arancel del 25 por ciento a las mercancías provenientes de naciones que le suministran petróleo, lo que se suma a la persecución más o menos velada a los tanqueros que transportan el crudo a las refinerías cubanas.

Como se sabe, esta escalada rebasa todos los límites del derecho internacional, pues se adopta contra una nación con la que Estados Unidos mantiene relaciones a nivel de embajadas y con la cual no está en guerra, con el objetivo manifiesto de provocar el hambre y la desesperación de los cubanos para llevarlos a una explosión popular y a un eventual cambio de régimen. 

Para nadie es un secreto que, de nuevo, los cubanos vivimos momentos extraordinarios, esta vez, no bajo la espada de Damocles del peligro nuclear como en octubre de 1962, pero que representan igualmente una amenaza existencial para el país, la Revolución y el sistema político y económico-social que lo identifica. El régimen fascista que impera en Estados Unidos ha singularizado a Cuba entre sus objetivos priorizados y se sabe que sus amenazas no son vanas.

Cuba está tocando a todas las puertas de la legalidad y la solidaridad internacionales para tratar de neutralizar esas prácticas “inusuales y extraordinarias” en este ámbito geográfico y en esta coyuntura, que ha tenido hasta ahora en Venezuela su principal exponente, con la masacre de ciudadanos a bordo de pequeñas embarcaciones, apropiación por la fuerza de buques extranjeros, y la agresión militar y secuestro del presidente constitucional de ese país.    

Al mismo tiempo, las autoridades cubanas toman todas las medidas a su alcance para reducir, en lo posible, las afectaciones a su economía y, por ende, a su población, en un contexto donde cada vez más países muestran su solidaridad hacia la isla con muestras palpables de apoyo material como están dando los gobiernos y pueblos de México, China, Rusia, Vietnam y otras naciones.

No expresamos nada nuevo si reconocemos que, como cubanos patriotas, no llenan nuestras expectativas las reacciones oficiales de potencias emergentes que consideramos aliadas, en cuanto a gestos firmes que puedan detener la aplicación de medidas arbitrarias impuestas por un tercero, que violenta sus intereses y pone en la picota la legalidad internacional. 

Se aprecian vacilaciones, dilaciones y hasta oportunismo en el proceder de potencias que, por su pertenencia a organismos internacionales como los citados, no marcan una efectiva línea roja, o se guían por un doble rasero a la hora de enfrentar los problemas, o por conveniencias coyunturales e intereses estrechos, al no actuar sobre una base de principios.   

La historia enseña que males de esta naturaleza se enfrentan con decisión y unidad en el momento oportuno o no hacen más que retardar, mientras lo estimulan, las consecuencias catastróficas de la acción desbocada de personajes que, con toda propiedad por sus acciones, nos traen a la memoria las figuras nefastas de Hitler y Mussolini.

Pastor Guzmán

Texto de Pastor Guzmán
Fundador del periódico Escambray. Máster en Estudios Sociales. Especializado en temas históricos e internacionales.

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