La suerte de Gavilanes (+fotos)

El museo Frente Las Villas  mantiene viva parte de la historia de la localidad. Escondida en medio de la cordillera de Guamuhaya, la comunidad fomentense transita los trillos del trabajo comunitario en favor del medio ambiente.

 

A cada rato el río Caracusey destroza el camino que lleva rumbo a Gavilanes y lo comunica con Santa Rosa y IV Congreso. Si el agua es mucha, la corriente se desboca montaña abajo, arrastra cuanta tierra encuentra a su paso y trepa sin freno la pasarela que sirve de puente entre los tres asentamientos ubicados montaña arriba, mucho más cerca del sol. Sin embargo, en los últimos tiempos la naturaleza ha sido benévola y ha respetado un camino rehabilitado hace alrededor de un año.

Los más viejos aseguran que antes del 59 allí solo había unas pocas casas dispersas y un trillo para salir hasta El Pedrero —la comunidad más cercana a unos 15 kilómetros—, pero que el lugar empezó a ser otro a partir de los años 60, cuando la gente se fue arrimando poco a poco al caserío y nacieron nuevas viviendas, una bodega, el círculo social, una escuela y el hospital rural.

Quizás la suerte les llegó el día en que los dueños de la pequeña casa de tablas y tejas —hoy Museo del Frente de Las Villas—, Felipa Suárez y Antonio Hernández, administrador de una compañía norteamericana propietaria de la mayoría de las tierras, le ofrecieron la vivienda al Che y su columna para convertirla en una posta médica. A partir de ese momento se comenzó a atender a los enfermos y heridos de la invasión, además de a los habitantes del lugar.

Justo después nacieron “las fincas del Che”,  desde que el guerrillero, el mismo día de su llegada, decidió romper el candado en los portones del camino, propiedad de una compañía norteamericana. “Esto se acabó”, les dijo, y nunca más volvieron a aparecer cerraduras por aquellos montes.

La gente de Gavilanes vive orgullosa de una historia protagonizada por el Guerrillero Heroico.EL PESO DE LA HISTORIA

Nieves María Perdomo, una gavilanense de pura cepa, desgrana  loas por lo que se ha logrado en esa parte de la serranía fomentense: “Hemos avanzado en la Educación, en la Medicina y aquí arriba tenemos casi todo. Aunque también es verdad que, a pesar de las prioridades del Plan Turquino, a veces nos faltan cosas como el aseo y otras que no siempre tenemos en la tienda”.

La mayor satisfacción del joven doctor Reidel Mendoza es que no haya muertes materna ni infantil en todas estas lomas, porque cuentan que antes, cuando la única comadrona que había en el poblado no podía enfrentar un parto, a las mujeres había que sacarlas en parihuelas y muchas veces no llegaban ni a la mitad del camino.

“Por acá la gente no se enferma mucho y predomina el adulto joven mayor, pero esto es una zona de silencio y la planta de comunicación del hospital está rota. Creo que aunque el reordenamiento de los servicios de salud era necesario, a esta distancia sería provechoso contar con un equipo de electrocardiograma y no tener que bajar a Fomento para ese tipo de prueba”, precisa el galeno.

A Eugenio Díaz Pérez, el delegado de Gavilanes, no le engorda la lista de planteamientos, y no porque todos estén resueltos por aquellos lugares de Dios, donde la transportación es escasa.

“La mayor preocupación de los electores siempre ha sido el camino, pero por suerte todavía se mantiene en buen estado después de rehabilitado; ahora el problema mayor es que no disponemos de un transporte que permanezca en la comunidad para trasladar a un enfermo. Se puede llamar porque disponemos de una pública, y para las emergencias viene la ambulancia, pero son 64 kilómetros ida y vuelta hasta Fomento”, comenta.

Roxana fue la ganadora de la última edición del Concurso Amigos del Camarón. CAMARONES EN LA MONTAÑA

Desde una escultura de hormigón y acero realizada por el desaparecido escultor Delarra, un gavilán de piedra, alegórico al nombre de la zona y la silueta del Che dan la bienvenida al visitante en el Museo del Frente de las Villas, inaugurado en el 2003. Divulgar la historia de la comunidad entre los más de 1 000 visitantes que anualmente visitan el sitio, es parte del quehacer de Carlos Itusis León Martín, técnico principal del Museo.

Si bien el grupo comunitario se ocupa de trabajos sociales y de la solución de problemas comunes, el trabajo con niños y jóvenes irrumpe una buena parte del tiempo de Carlos, uno de los promotores de una fiesta cultural que va por su cuarta edición y resulta ya una tradición.

“Hicimos un diagnóstico que arrojó la poca existencia de actividades recreativas, así surge el Festival Amigos del Camarón, como una actividad más del Proyecto Lomas de Banao, un programa comunitario que a través del fomento de las culturas permite trabajar en el cuidado del medio ambiente. El mismo tiene dos momentos, uno metodológico de actividades con los niños donde se lanza un concurso ambiental donde pueden participar también los adultos y se concursa en literatura, música, dibujo y manualidades; en tanto el otro tiempo se dedica a premiar los mejores trabajos y a las actividades recreativas”.

En la pasada edición nadie pudo disputarle el primer puesto a Roxana Castro, una niña de nueve años que tiene claro el porqué de cada celebración y la razón por la cual se escogió al camarón entre una fauna tan variada.

“El camarón de río es abundante por aquí, pero es de las especies más dañadas. Antes se pescaba a la manera tradicional, ahora usan un líquido venenoso que los mata por montones y van a desaparecer si no los cuidamos”, explica mientras que rodeada de lápices insiste en pintar un río lleno de grandes camarones.

Bien cerca de Caballete de Casa y a 600 metros sobre el nivel del mar la gente vive orgullosa de una historia protagonizada por el Guerrillero Heroico, de tener un museo que atesora momentos únicos, de acceder a la televisión con el uso de antenas parabólicas satelitales, a pesar de vivir en una zona de silencio. Con modestia presumen de tener bien claro el concepto de medio ambiente como complejo sistema de interacción  entre la naturaleza y la sociedad, de poder hablar sin sustos de la crecida del Caracusey y de tener la suerte de que Gerardo Hernández Nordelo, uno de los Cinco Héroes, y su familia siempre prefirieron pasar las vacaciones en un recóndito sitio llamado Gavilanes.

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