El duro oficio de relatar desastres

periodico escambrat, periodistas, sancti spiritus, accidentes, ciclones, intensas lluviasPuertas adentro de Escambray se engrasa un efectivo mecanismo que permite dar cobertura a las más disímiles contingencias

 

Suena el teléfono, insistente: “¿Sí? —respondes del lado acá de la línea—. ¿Un accidente? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo?”. Y disparas en ráfagas las preguntas clásicas del periodismo, mientras buscas los números del fotógrafo y del chofer, desesperadamente.

Apenas unos minutos bastan para que, en medio del corre-corre, se aliste el equipo de prensa y salga en estampida sin más coordenadas que un lugar impreciso, una hora reciente y unas circunstancias nebulosas.

Así sucedió hace apenas unas horas en la redacción de Escambray, cuando una de nuestras reporteras trastocó la pasividad de una reunión de trabajo por la cobertura a un accidente masivo que provocó cuatro muertos y 16 lesionados en las inmediaciones de la localidad espirituana de Banao.

La rapidez con que fue recopilada la mayor cantidad de información posible —incluidas las imágenes en el lugar del suceso—, la comunicación casi en tiempo real y la continua actualización de los datos permitieron dar cobertura a un accidente que, si bien constituía en esencia una terrible noticia, resultaba de interés cardinal para los lectores.

Más o menos eficaz, el engranaje concebido por Escambray para investigar casos de este tipo —más que accidentes de tránsito, sucesos inesperados de toda índole—, parte de un principio inalterable: el reportero que habrá de salir al terreno no es necesariamente el más experto en el tema, sino el que más rápido sea capaz de llegar al lugar de los hechos.

Luego se suman fotógrafos y diseñadores, colegas que ayudan a redondear el contexto, editores web que posicionan el mensaje a golpe de metadatos y community managers que lo comparten en redes sociales.

Con semejante estrategia de trabajo Escambray ha venido enfrentando los más diversos imprevistos: accidentes en las principales carreteras de la provincia; la tensión en junio de 2002, cuando la inminente avalancha de la presa Lebrije amenazaba con barrer del mapa a Jatibonico; el derrame de petróleo en la refinería de Cabaiguán que estuvo a punto de contaminar la presa Zaza; el incendio en una tienda y en la pirotecnia de Zaza del Medio; el descarrilamiento de un tren de carga… y un larguísimo etcétera en el que no falta, casi anualmente, la cobertura a fenómenos climáticos y atmosféricos.

De hecho, para pronosticar ciclones y temporales el staff de Escambray confía más en las predicciones de Luis Herrera que en los metódicos partes de José Rubiera. Acostumbrado como está a reportar desde el mismísimo ojo del huracán, basta que las lluvias arrecien para que Luisito llegue a la redacción enfundado en su capa amarilla, dispuesto a husmear en los puestos de mando y dirección para catástrofes o a quedar varado en Trinidad cuando el río Agabama sube lo suficiente como para incomunicar por tierra ese municipio.

En materia de desastres y sacudiones telúricos, sin embargo, Escambray tiene aún fresca en la memoria la experiencia traumática del 4 de noviembre de 2010.

Nada indicaba que ese día cambiaría de un plumazo la rutina del medio, cuando otra llamada por teléfono informó a la dirección sobre la caída de un avión de pasajeros en las inmediaciones de Mayábuna, en plenos marabuzales de Sancti Spíritus.

Lo que ocurrió después se ha relatado en estas mismas páginas: el equipo de reportero y fotógrafo que logró sortear los caminos inextricables, las talanqueras de toda clase que debieron brincar para acceder al sitio y hasta el terror que les provocó aquella escena dantesca; todo para regresar con la noticia y la imagen que darían la vuelta al mundo y se erigirían desde entonces como un parteaguas ineludible en la historia del periódico.

Si algo tienen en común las coberturas a accidentes de tránsito, a errores tecnológicos o a las fuerzas de la naturaleza, es el choque emocional que viven, agenda y cámara en mano, los propios reporteros, quienes suelen recordar, una vez pasada la vorágine, el nudo que les atenazó la garganta y la disciplina con que asumieron un encargo editorial de semejante envergadura.

“Cuando vi el cuerpo, tapado junto al camión que se volcó, se me pusieron los pelos de punta —evoca el fotorreportero e improvisado chofer—. No se me quitaba la imagen de la cabeza, al punto en que esa noche casi no pude dormir”.

Son testimonios similares: el de la periodista que estuvo a punto de ser tragada por el río Zurrapandilla cuando sus aguas comenzaron a rodearla dentro de la cabina de un camión; el de Luis Herrera, que vio ceder las puertas del gobierno en Trinidad durante la embestida del huracán Dennis; el relato del fotógrafo que, incluso semanas después, describía con evidentes signos de afectación el olor a carne quemada en ese fin del mundo que es Mayábuna.

A pesar del inmenso costo emocional, de la incertidumbre y el salto en la boca del estómago, Escambray sigue lanzándose en busca de lo inesperado, no por mero narcisismo de primicias, sino porque justo en coyunturas tan particulares se ponen a prueba las esencias del oficio.

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