Asesinato del maestro Conrado Benítez: primera víctima del terrorismo

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En las montañas trinitarias se rinde tributo al maestro Conrado Benítez y al campesino Eleodoro Rodríguez.

La primera víctima del terrorismo contra el magisterio fue Conrado Benítez García, un jo­ven negro, de 18 años de edad.

Sus asesinos pertenecían a la principal banda de alzados del Escambray, que cumplía instrucciones de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Junto con él también fue asesinado el campesino Eleo­doro Rodríguez Linares (Erineo), de 31 años.

 

El crimen de San Ambrosio

Marcas en el magisterio

Este hecho constituía un reflejo del programa de acciones encubiertas contra Cuba que había sido aprobado por el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower en marzo de 1960, y que hasta diciembre de 1961 en las filas de los estudiantes, los maestros vo­lun­ta­rios, los alfabetizadores y los campesinos que los apoyaban causó 23 muertos y 37 heridos.

Conrado, hijo de Diego y Eleuteria, había nacido el 18 de febrero de 1942 en una familia humilde. Su padre trabajaba como obrero de la construcción y la madre era ama de casa. Desde pequeño vivía en casa de su abuela paterna María Luisa López, en la calle San Francisco No. 58, del barrio Pueblo Nuevo, en la ciudad de Matanzas. Durante su niñez, igual que otros niños pobres, se ganó la vida como limpiabotas, y al llegar a la adolescencia trabajó de madrugada en una panadería, para contribuir al sostén de la familia. De día se superaba culturalmente con mucho sacrificio. Era conocido como un joven serio y honrado.

En 1960 matriculó en el Instituto de Se­gunda Enseñanza de Matanzas, y en abril acudió a la convocatoria de la Revolución para movilizar a la juventud hacia las zonas rurales más atrasadas, con la tarea de enseñar a leer y escribir a sus habitantes. Tras vencer un curso elemental en el campamento El Meriño, ubicado en Minas de Frío, en la Sierra Maestra, estuvo entre los primeros que escalaron el Pico Turquino, y después fue designado como maestro voluntario en la Sierra Reunión, Co­mu­nidad 24, colindante con la zona de Ga­vilanes, en la Sierra del Escambray. De allí fue trasladado para el caserío de La Sierrita, donde el campesino Virgilio Madrigal le ofreció dos locales en un aserradero. Uno le servía de dormitorio y en el otro instaló un aula rural donde alfabetizaba a 44 niños.

En horas de la tarde del 4 de enero de 1961, al regreso de sus vacaciones, Conrado Benítez y Magaly Olmos López se encaminaron a sus respectivas aulas en el Escambray. En el trayecto, antes que los sorprendiera la noche, ella prefirió quedarse en la casa de un campesino. Él decidió continuar su camino hacia La Sie­rrita, llevando juguetes que había comprado para sus pequeños alumnos. Estaba ansioso por ver la reacción de aquellos niños cuando recibieran sus regalos.

Al anochecer Conrado llegó a su destino y se retiró a descansar, pero fue sorprendido por un grupo de hombres armados que lo golpearon, le ataron las manos a la espalda y lo secuestraron. Después de una larga y tormentosa caminata desde La Sierrita hasta Las Tinajitas, en San Ambrosio, Trinidad, a varios kilómetros de distancia atravesando mon­tañas, llegaron al campamento donde los es­peraba Osvaldo Ramírez, quien una semana antes había sido aprobado por el agente de la CIA Ramón Ruisánchez (Comandante Augusto), al mando de las bandas de alzados en el Escambray, con la indicación de sembrar el pánico entre la población campesina y frustrar los planes de desarrollo económico y social de la Revolución.

Conrado fue introducido en una jaula forrada con una malla de alambre, donde se encontraba encerrado el campesino Erineo, conocido en la región por su participación en la lucha insurreccional contra la tiranía batistiana y su apoyo a la Revolución. Ramírez prometió a Conrado que si se incorporaba a sus huestes le perdonaría la vida, pero el joven respondió que él era maestro y no abandonaría a sus niños cuando más lo necesitaban. Ante aquella viril respuesta el cabecilla se retiró irritado y escribió una nota cargada de odio, anticomunismo y racismo, donde pronosticaba la horrible muerte que le daría al maestro.

Durante aquella fría madrugada, Reinerio Perdomo Sánchez, el agente Cabaiguán de la Seguridad del Estado, que se encontraba infiltrado en la banda, no había dormido buscando una variante para salvarlos. En la primera oportunidad que tuvo se acercó sigilosamente a los prisioneros y les habló en tono muy bajo para propiciarles la huida, pero Conrado trató de tranquilizarlo expresando que dada su condición de maestro no le harían daño. Un bandido que se encontraba de guardia interrumpió el diálogo.

Ruisánchez había enviado un cablegrama cifrado a Ramírez indicando que no cometiera ningún hecho que atrajera sobre él a las Mili­cias, añadiendo que el 6 de enero se iba a desencadenar la Operación Silencio, que consistía en el lanzamiento por vía aérea de armas y pertrechos bélicos, para fortalecer las bandas del Escambray, antes que se produjera la invasión militar que preparaban.

Al amanecer del 5 de enero Ramírez ordenó sacar de su encierro a los prisioneros. Tres alzados se erigieron en una suerte de “tribunal” y los acusaron de “comunistas”, presentando como “pruebas” que Erineo había sido combatiente del Ejército Rebelde y el carné de maestro voluntario y los cuadernos de enseñanza de Conrado. Después escribieron: “En un lugar del Escambray,… siendo la una y treinta horas de la tarde, se procede a levantar acta relacionada con la detención de un individuo que según identificaciones halladas en su poder corresponde a la siguiente descripción: Conrado Benítez García, mestizo, dieciocho años, natural de Matanzas, provincia de Ma­tanzas, nacido el 18 de febrero de 1942, de profesión maestro comunista, y a quien hubo de ocupársele los siguientes efectos: una billetera de hule azul, conteniendo la suma de cuatro pesos en efectivo, un carné del centro de capacitación comunista de las Minas del Frío, en la provincia de Oriente, un retrato del detenido, un retrato de una joven dedicado al detenido, un papel con una dirección: Juan Inerarity Ariosa, Luz Caballero 157, Cama­juaní, un carné de la Asociación Nacional de Por­tea­dores de Pasajes, a favor del detenido, para via­jar gratis en ómnibus, un libro de aritmética, un libro de ejercicios de lenguaje, un libro de fisiología, gran cantidad de propaganda comunista y periódicos gubernistas. El detenido quedó preso bajo vigilancia, en espera de la de­terminación del tribunal militar. Y para constancia de lo antes expuesto, se firma la presente en un lugar del Escambray, a los 5 días del mes de enero de 1961. Firmado: Ca­pi­tán ayudante Merejo Ramírez, Ejército de Li­beración Nacional: soldado actuante Jesús Hernández; soldado actuante Leonel Martín Fernández”.

Al mediodía, cuando los bandidos conocieron que las Milicias se encontraban en la zona de Ciego Ponciano, Ramírez decidió abandonar el campamento, pero antes impartió la orden de matar a los dos prisioneros. Alrededor de la una y treinta de la tarde, se ensañaron con el maestro, y después de martirizarlo tirándole piedras y pinchándolo con cuchillos y bayonetas, cuando ya se encontraba en muy mal estado físico, le cortaron los genitales, y lo ahorcaron. A continuación el campesino corrió la misma suerte.

Ese mismo día Fidel se presentó en el lugar de los hechos, y al analizar la situación decidió lanzar una operación militar contra la zona de San Ambrosio, donde los bandidos esperaban el primer lanzamiento de armas. Fuerzas com­binadas del Ejército Rebelde y las Milicias Nacionales Revolucionarias irrumpieron en la región, causaron varias bajas al enemigo, to­maron el campamento, y ocuparon documentos que permitieron apreciar la participación de la CIA en la dirección y apoyo de las bandas, y la estructura y composición de sus fuerzas.

Algún tiempo después, encontrándose fu­gitivo, el bandido Mirio Pérez Venegas le revelaría a un agente de la Seguridad del Estado: “En el campamento parecía que había una fiesta esa noche. […] primero sacaron a Con­rado Benítez, que con una soga al cuello tenía que caminar aprisa para no ser arrastrado, a la vez que todos los allí presentes le dábamos con palos y le pasábamos los cuchillos. Cuan­do estuvo debajo de la mata escogida para su ejecución, la soga se pasó por un gajo, los ojos del brigadista miraban a su alrededor como preguntando si nosotros éramos personas o animales. Las piedras y los pinchazos no cesaron un momento, hasta que Osvaldo dispuso que haláramos la soga. El cuerpo fue suspendido y bajado en varias ocasiones como si fuera un muñeco, hasta el final de su vida en que lo dejamos arriba. No obstante estar bien muerto, Osvaldo ordenó que lo siguiéramos pinchando y apaleando. Después de eso le tocó el turno al campesino. Se trajo en iguales condiciones. A Eleodoro Rodríguez le hicimos lo mismo que al brigadista, encabezados por Osvaldo que siempre era el primero en torturar y halar la soga”.1

Este acto terrorista levantó una ola de indignación y fervor patriótico y revolucionario, que se manifestó inmediatamente en la disposición de miles de jóvenes a partir de inmediato hacia los llanos y las montañas de Cuba, organizados en las Brigadas “Conrado Benítez”, constituidas en honor del maestro asesinado, para llevar a cabo la Campaña Na­cional de Alfabetización.

El 23 de enero, en el acto de graduación del Segundo Contingente de Maestros Volun­tarios que se celebraba en el teatro de la Cen­tral de Trabajadores de Cuba, Fidel informó al pueblo que más de 20 efectivos de esta banda habían sido capturados y añadió: “… era un hombre joven de dieciocho años solamente que solo conocía del sudor honrado, que solo conocía de la pobreza […] era pobre, era negro y era maestro. […] Ese es el fruto de las campañas anticomunistas… es decir, que han convertido el crimen en su conducta, han inventado la justificación, y en ella —el anticomunismo— se basan para perpetrar este bárbaro hecho. […] Pero como el desenlace ha de ser inevitablemente el triunfo de los que quieren educar, y la destrucción de los que quieren asesinar maestros. Como las fuerzas del pueblo, apoyadas en su derecho y en su razón, son mil veces superiores a las fuerzas de los criminales y de los mercenarios, ya veremos cómo enseñamos hasta el último analfabeto, y ya veremos cómo aniquilaremos hasta el último criminal contrarrevolucionario”.

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En la Campaña de Alfabetización participaron 34 772 maestros y profesores voluntarios, 120 632 alfabetizadores populares, 13 016 brigadistas “Patria o Muerte” (del sector obrero), y 105 664 estudiantes de las brigadas “Conrado Benítez” (jóvenes de 12 a 18 años), que contaron con el apoyo de las organizaciones políticas y de masas, y con la colaboración de los campesinos. En menos de un año, en todo el territorio nacional aprendieron a leer y escribir 707 212 personas, quedaron sin alfabetizarse solamente aquellos que no estaban en condiciones, debido a su avanzada edad o a causa de alguna enfermedad. El 22 de diciembre de 1961 en la Plaza de la Revolución, en La Habana, ante una enorme concentración po­pular nuestro Comandante en Jefe Fidel Cas­tro Ruz declaró a Cuba Territorio Libre de Anal­fabetismo.

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Pedro Etcheverry Vázquez, Investigador del Centro de Inves­ti­gaciones His­tó­ricas de la Seguridad del Estado
1 Pedro Carrazanas: La confesión de un bandido. Revista Moncada, Año XII, junio de 1978, pp.12 y 13.

2 Las aulas de los montes nunca más se cerrarán. Revista Verde Olivo, Año II, No. 5, del 5 de febrero de 1961, pp.18-20.

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