Una historia comprometida

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Fidel y Raúl en el Primer Congreso del Partido. (Foto: Granma)

Fundado en octubre de 1965, el PCC es resultado de todas las luchas anteriores de los patriotas cubanos por la independencia, el progreso y la justicia social

En el intenso y acerado debate ideológico entablado en torno a Cuba y su Revolución, una de las armas preferidas de nuestros adversarios es que el sistema político cubano se basa en un solo partido, lo que visto desde el punto de vista de la democracia representativa —que ellos preconizan— descalifica a nuestra patria.

Tal enfoque interesado del problema surge de la ignorancia consciente de la realidad histórica por parte de quienes difunden tales ideas, los cuales cuentan —más bien se basan— en la alegada corta memoria de los pueblos en este campo, que ellos estimulan por todos los medios. ¿Acaso no seguimos escuchando por estos días llamados insistentes a olvidar la historia?

Pero los que olvidan la historia o permiten que se tergiverse no perduran para contarlo. Si los cubanos la hubiésemos olvidado, no estaríamos hoy en vísperas de celebrar el VII Congreso del Partido; los logros, tan arduamente conquistados, el legado de nuestros héroes y mártires, la soberanía de la patria, todo se hubiera ido a bolina.

Somos fruto del devenir histórico, de las luchas heroicas de generaciones de cubanos por alcanzar la libertad y la independencia, y negarlo sería de malintencionados e ilusos, si de extranjeros se trata, y de irresponsables y apátridas, si de cubanos.

Como expresó el Comandante en Jefe Fidel Castro en el acto de masas que siguió a la clausura del I Congreso del Partido el 22 de diciembre de 1975 en la Plaza de la Revolución José Martí: “(…) no somos más que humildes herederos de generaciones enteras de cubanos que durante más de 100 años han luchado por la justicia, por la libertad y por la dignidad de este pueblo”.

En uno de sus trascendentales discursos, el celebrado en el sitio histórico de La Demajagua, donde 100 años atrás el abogado bayamés Carlos Manuel de Céspedes había dado el grito de ¡Independencia o Muerte!, Fidel se preguntó a propósito del tema: “¿Qué significa para nuestro pueblo el 10 de octubre de 1868? ¿Qué significa para los revolucionarios de nuestra patria esta gloriosa fecha?

La respuesta que ofreció a esas interrogantes guarda desde entonces carácter doctrinario: “Significa sencillamente el comienzo de 100 años de lucha, el comienzo de la Revolución en Cuba, porque en Cuba solo ha habido una Revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes”.

Para el trauma derivado de la nefasta frustración sufrida por el pueblo cubano en 1898 a raíz de la interesada intervención de los Estados Unidos en la contienda independentista que libraba contra España —y que dejó a Cuba a merced de la joven república imperial—, la Revolución martiana y fidelista resultó un acto de justicia histórica y un rescate de los ideales por los cuales lucharon y murieron cientos de miles de nuestros compatriotas.

Pero si partimos de que en Cuba solo ha habido una sola Revolución, ¿podemos decir acaso que también surgimos o somos herederos de un solo Partido?

Dialécticamente hablando, sí es un hecho que la génesis del actual Partido Comunista hay que buscarla en los partidos y organizaciones progresistas que le precedieron y en sus más esclarecidos dirigentes. Y como la Revolución es hoy indisoluble del Partido, y el Partido constituye su vanguardia política, aquellas instituciones son, por tanto, antecedentes del proceso revolucionario que vivimos hoy.

Y entre esas personalidades y organizaciones políticas precedentes figuran en primer lugar José Martí y su creación heroica: el Partido Revolucionario Cubano (PRC), fundado en Estados Unidos el 10 de abril de 1892. A Martí se remitió Fidel cuando señaló en el juicio por los sucesos del 26 de julio de 1953, en Santiago de Cuba, que fue el Apóstol el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada.

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José Martí fundó en 1892 el Partido Revolucionario Cubano.

Fidel habla siempre con admiración de la obra política martiana, y en particular señala: “Martí organiza prácticamente el primer partido revolucionario; es decir, el primer partido para dirigir una revolución”. Hoy todos sabemos la suerte que corrió aquel partido a resultas de la ocupación yanqui, la falta de visión de unos y las traiciones de otros, cuando los principales líderes de la empresa independentista, principiando por Martí, ya eran mártires gloriosos.

Y es que, finalizada la guerra, Tomás Estrada Palma, sucesor del Maestro al frente del PRC, decidió que la organización ya no cumplía ningún objetivo, y el 21 de diciembre de 1898 expresó en Patria, vocero de la Revolución, las razones —a su juicio— por las que se disolvía el partido y se atrevió a expresar: “Nuestra obra ha terminado porque la Patria está redimida”.

Afortunadamente ese señor no pudo desvirtuar que el PRC fue la obra maestra de un hombre excepcional en un momento crucial de nuestra historia. Pero lo principal estaba por venir. La semilla sembrada por el Apóstol fructificaría en nuevas generaciones de cubanos.

Casi paralelamente con los esfuerzos de Martí desde tierras ajenas en su empeño por organizar la Guerra Necesaria se desarrolló en la isla el movimiento obrero, impulsado por hombres como Saturnino Martínez, fundador del primer gremio obrero de Cuba: la Asociación de Tabaqueros de La Habana, y el primer periódico de este matiz, La Aurora.

A estos seguirían numerosos gremios y sociedades cooperativas y de socorros mutuos, tanto en la capital como en las principales localidades del país, muchas con sus propios órganos impresos. Ya a finales del siglo XIX emerge una figura muy importante que influye grandemente en los medios obreros de la época: Enrique Roig de San Martín, quien funda el periódico El Productor.

Este hombre de arraigo popular y de cultura aboga tenazmente desde su periódico por la unidad y la organización de los trabajadores, por mejorar sus condiciones de vida y de trabajo, por el derecho al paro y a la lucha contra las patronales; por la educación y la superación cultural, por la formación de una conciencia de clase, la solidaridad y el internacionalismo. Mérito suyo fue el proyecto de creación de un primer partido obrero y la primicia de divulgar textos clásicos del pensamiento marxista.

El auge alcanzado por el movimiento proletario en las postrimerías del siglo XIX detona ya en el XX con nuevas cualidades, marcadas por la eventual radicalización de posiciones. De forma progresiva, se celebra el Congreso Nacional Obrero y el destacado dirigente sindical Alfredo López funda la Federación Obrera de La Habana en medio del perfeccionamiento organizativo y la radicalización del movimiento obrero cubano.

Se potencia la educación sindical, la alianza de la clase obrera y los estudiantes y se funda la primera central obrera en el país: la Confederación Nacional Obrera de Cuba. Luego, en este discurrir dialéctico, confluyen dos figuras que resultarían básicas: el joven y pujante líder estudiantil Julio Antonio Mella y el obrero tabaquero y compañero de Martí, Carlos Baliño.

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Julio Antonio Mella, uno de los fundadores del Primer Partido Comunista de Cuba.

Miembro destacado del PRC, Baliño, y Mella, de quien pudiera decirse que poseía valor a toda prueba y una simbiosis de ideales martianos y comunistas, se unen al canario José Miguel Pérez, a Alfonso Bernal y Alejandro Barreiro, entre otros, para dejar fundado el primer Partido Comunista de Cuba en agosto de 1925.

En una dura lucha el Partido confronta al dictador Machado, que lo ilegaliza. Luego destierra, encarcela o extermina a muchos de sus militantes, como José Miguel Pérez, repatriado a Canarias, y Julio A. Mella, asesinado en México el 10 de enero de 1929. Pero la dictadura sucumbe a su vez al cabo de una huelga convocada por Rubén Martínez Villena, otro joven líder comunista de inmensas cualidades, y Machado abandona el país el 12 de agosto de 1933.

Proscrito a cal y canto hasta 1938, el Partido trabaja en la clandestinidad hasta que, en vísperas de la II Guerra Mundial, es legalizado con el nombre de Unión Revolucionaria Comunista y forma parte destacada del Frente Nacional Antifascista para adoptar en 1944 el nombre de Partido Socialista Popular (PSP).

En 1953, el PSP es ilegalizado nuevamente, esta vez por la dictadura de Batista. Sin dejar de bregar por las causas populares, aunque al margen del movimiento insurreccional contra el régimen —por aplicar erróneamente otra táctica de lucha—; no obstante, el Partido permite que algunos de sus más conocidos militantes participen activamente en las acciones contra el batistato.

Luego el PSP funda un destacamento guerrillero en el norte espirituano y da todo su apoyo a las columnas invasoras procedentes de la Sierra Maestra, al mando de los comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara. Cuando a inicios de diciembre de 1958 se firma en El Pedrero el pacto de unidad entre el Movimiento 26 de Julio, liderado por Fidel Castro, y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, encabezado por FaureChomón, el partido de los comunistas se suma al histórico acuerdo.

Ya en 1961 en medio de una durísima lucha de clases y como parte del enfrentamiento a la reacción interna y sus tutores imperiales, se fusionan el Movimiento 26 de Julio, el PSP, el Directorio y otras agrupaciones para formar las Organizaciones Revolucionarias Integradas que, luego de enmendar errores de tipo sectario, dan paso en marzo de 1962 al Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba.

Finalmente, el 3 de octubre de 1965, la amplia visión política de Fidel Castro, continuador del legado de Céspedes, Agramonte, Maceo, Martí, Mella, Villena y tantos otros brillantes compatriotas de distintas generaciones y clases sociales, fructificó en un partido de todos los cubanos, de filiación socialista y vocación bolivariana, martiana, antiimperialista e internacionalista: el Partido Comunista de Cuba, hoy en constante desarrollo y perfeccionamiento.

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