El chuchuchú, el marindango y otras creaciones populares

La reduplicación y la ampliación son procedimientos de formación de palabras que no tienen en español la productividad de otros, más conocidos y estudiados. Propios del habla popular y coloquial, son muestra de creatividad lingüística y señal de identidad social y cultural

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Ilustración: Osval

En las escuelas cubanas se enseña —ejemplos hipotéticos— que de la palabra blanco se derivan blancuzco, blancura y blanquear; y que con ella se forman los compuestos coliblanco, peliblanco, patiblanco o blanquinegro, y también el verbo emblanquecer, parasintético.

Pero no solo a través de estos procedimientos —conocidos, respectivamente, como derivación, composición y parasíntesis— es posible crear unidades léxicas en español.

En el lenguaje familiar e infantil abundan voces surgidas a partir de la reduplicación de un segmento fónico. Se habla del nené (o nene), el bebé, la papa, el tete, el pipi, la caca, la baba, el paupau; de mamá (y sus variantes mama, mimi, mima, mami), papá (y sus variantes papi, pipo…), sin contar los muchos apelativos cariñosos con que nombramos a parientes, amigos y colegas: Lala, Lili, Lulú, Lila, Lula, Lola, Pepe, Pupi, Chichi, Chachi, Chucho(a), Chuchi, Chicho(a), Cuco(a), Cuqui, Coqui, Coco, Cucú, Mimí

Según se aprecia, a veces los segmentos constitutivos se reproducen de manera exacta (runrún, tiquitiqui y sus equivalentes, menos usados, tacataca y tequeteque…) y otras, con ligeras modificaciones, vocálicas sobre todo (zigzag, ringorrango, rifirrafe…). La repetición puede ser binaria (chinchín, michimichi, cuchicuchi, lequeleque ~ lepelepe…) o ternaria (ñeñeñé ~ ñiñiñí ~ ñuñuñú, chuchuchú, pimpampún…) e incluir elementos ajenos al patrón repetido, como en tunturuntun y chapichalape.

Algunas palabras así formadas tienen motivación onomatopéyica (frufrú, tictac, blablablá, etc.), y muchas pertenecen solo al registro informal, por lo que los diccionarios no suelen incorporarlas. Quizá es esa —junto a la baja productividad o rendimiento— una de las razones para que se excluya la reduplicación de nuestros programas de enseñanza del español.

En situación similar se halla el procedimiento que algunos lingüistas denominan ampliación, verificable, por ejemplo, en cortiñán, solivio ~ solibio y la expresión a pierruli. ¿Qué tienen en común estas unidades? Primeramente, cada una es sinónima y sustituta de otra voz que el hablante prefiere no mencionar: corto, sol y a pie.Asimismo, las tres se han creado adicionando un segmento final (–iñán, –ivio ~ –ibio, –rruli) que no posee valor de sufijo en nuestra lengua, como el de, digamos, –dad, –al o –dera, en honestidad, arenal y habladera, derivadas, respectivamente, de honesto, arena y hablar. Por último, todas tienen un notorio carácter popular y coloquial —y algunas de las que veremos a continuación pueden considerarse marginales y estar mal vistas.

Entre las razones que llevan al uso de la ampliación, Ariel Laurencio Tacoronte señala «la búsqueda de expresividad, del efecto cómico o de la burla» y el intento de «enmascarar una palabra desde el punto de vista fonético y semántico», como sucede con nichardo, gordíviri o solapeado ~ solapeao ~ solapiao, mediante las que el hablante, agregando las terminaciones –ardo, –íviri y –apea(d)o, evita la utilización de vocablos susceptibles de estimarse ofensivos, descorteses o inconvenientes: niche —cubanismo con que se designa a una persona de piel negra—, gordo y solo.

De acuerdo con A. L. Tacoronte, en su libro Variación y cambio en el español de Cuba (2015), la ampliación no solo recurre a «inicios o finales de palabras», «pseudosufijos o falsos sufijos» y a «series fonéticas sin ningún antecedente en el sistema de la lengua o del habla», sino también a sufijos propiamente dichos: –ete en segurete (de seguro), –illa en matraquilla (de matraca), –iano en feliciano (de feliz) y –ería en bullería (de bulla), etc.

A veces esta sufijación se vale de otros incrementos, como en rolletín, culantrín y flacundengo(a), creaciones donde se insertan los formantes –et–, –antr–  y –und– antes de los sufijos –ín y –engo(a), y en marindango y querindango(a), con intercalación de –n en las bases de marido y querido(a).

Otra de las maneras que adopta la ampliación es la sustitución por similitud fónica. Se trata, según el académico mexicano Luis Fernando Lara, de expandir un vocablo a través del «agregamiento del final de otra palabra, que produce el efecto de dar a la palabra resultante el significado de la palabra base», como cuando, en el juego de dominó, decimos Sixto en lugar de seis y Ochoa en vez de ocho. Además, al reemplazar los adverbios afirmativo y negativo, y no, por nombres propios: Ciro, Cirilo, Nereida, Nicomedes… O la expresión hace ratón y queso, generada a partir del sustantivo rato.

Es este un mecanismo neológico registrado en la lengua española desde los Siglos de Oro. Propio de argots delincuenciales y jergas juveniles, el importante lingüista francés Pierre Giraud (1912-1983) lo llamó «sufijación parasitaria».

La reduplicación y la ampliación han sido estudiadas, señaladamente, en el ámbito de las tradiciones verbales populares y los llamados «juegos fónicos», en términos del filólogo Juan M. Lope Blanch (1927-2002). Ambas son muestra de creatividad lingüística y señal de identidad social y cultural.

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