Biyaya

La escritura de biyaya debiera fijarse con be y ye, grafías que se ajustan a la pronunciación yeísta y seseante de los cubanos. Así fue como la registraron los más antiguos diccionarios que dieron cuenta de este cubanismo

Ilustración: Osval.

Hace poco descubrí la existencia de Biyaya, línea de juguetes que comercializa una empresa habanera. Muy atinada la elección del nombre, porque biyaya es voz cubanísima con la que nos referimos, preferentemente, a un niño inquieto y travieso.

Es probable que biyaya adquiriera este particular uso en el siglo XX. De los repertorios de cubanismos que pude consultar, el primero que da fe de él es de 1958, el Léxico mayor de Cuba, de Esteban Rodríguez Herrera. El autor lo hace a través de un ejemplo de su propia cosecha, en el que se verifica la anteposición del artículo indeterminado en femenino, una, para los referentes de ambos sexos: «Ese niño (o niña) es una biyaya».

Pero biyaya se documenta en diccionarios desde la centuria anterior. Esteban Pichardo la registró en 1836 como sinónima de la acepción metafórica de bibijagua, ‘persona muy activa, diligente o industriosa’.

Desglosemos la definición de Pichardo: muy activa parece relacionarse con el incesante movimiento de las bibijaguas, traspolado al de ciertas personas; y diligente alude a la presteza o prontitud para la acción. Por industriosa debe entenderse no solo ‘que se dedica con ahínco al trabajo’, sino también ‘que obra con maña y destreza o artificio’, acepción poco conocida.

Mientras el significado ‘persona muy activa’ establece un vínculo de afinidad entre biyaya y los adjetivos inquieto(a) o intranquilo(a); ‘persona industriosa’ lo entabla entre biyaya y los adjetivos astuto(a), hábil o perspicaz. Esto explica la equivalencia que biyaya, referida a niño, llegará luego a tener con travieso, cuya acepción más corriente es ‘inquieto y revoltoso’, pero que, además, significa ‘sutil’ (= ‘agudo, perspicaz, ingenioso’) y ‘sagaz’ (= ‘astuto’).

La asociación de biyaya con la diligencia —que Manuel Martínez-Moles (1928) y Esteban Rodríguez Herrera (1958) habían mantenido en sus diccionarios— desaparece de las obras lexicográficas que reúnen cubanismos a partir de los años sesenta. También lo hace la idea de laboriosidad, que Martínez-Moles había desechado, pero que Rodríguez Herrera conservó. En 2010, sin embargo, el Diccionario de americanismos incluye ambas otra vez, y añade un elemento aparentemente nuevo, ‘persona habilidosa’, el cual, bien visto, remite a la acepción ‘que obra con maña y destreza o artificio’ de industrioso(a) en la definición de Pichardo.

Este último sentido de biyaya se constata desde el mismo siglo XIX. He aquí un ejemplo en «Las descaradas», texto dialogado que Francisco de Paula Gelabert incluyó en su colección Cuadros de costumbres cubanas (1875): «— […] Lo que es yo, verás qué pronto me «arrebiato» a las nuevas vecinas, y me «zampo» en la casa, de tal modo que me han de recibir con los brazos abiertos […] ‖ — Ya sabemos que tú eres muy biyaya, mamacita […] y por lo tanto, contamos contigo para sacar lasca de esas individuas […]».

Los más antiguos lexicógrafos que recogen la palabra la escriben con be y ye, biyaya. El Diccionario ejemplificado del español de Cuba (2016), como su antecesor, el Diccionario del español de Cuba (2000), proponen biyaya, forma primaria, y la variante viyaya. Solo he encontrado villalla en el repertorio de José Sánchez-Boudy (1978), aunque es esa la grafía del apodo homónimo que registran Israel Castellanos (1926) y Samuel Feijóo (1981).

La decisión del Diccionario de americanismos me resulta incomprensible: lematiza biyaya y viyaya sin remitir una a otra. Según este repertorio académico, biyaya es ‘persona trabajadora, diligente, habilidosa’ y también ‘persona —especialmente niño— inquieta, traviesa’; pero viyaya significa solo lo segundo.

Pienso que debiera fijarse con be, no solo por el barrunto etimológico de Suárez —quien la supone una deformación, en el habla infantil, de bibijagua—, sino porque constituye una dicción propia de la lengua oral y es esa grafía, y no uve, la que representa el sonido con que la articulamos. Otro tanto se puede asegurar de la ye: nada pinta la elle en una palabra de origen oscuro en una comunidad de hablantes yeístas. ¡Enhorabuena para los juguetes Biyaya, afortunadamente con be y con ye!

Pedro de Jesús

Texto de Pedro de Jesús
Miembro Correspondiente de la Academia Cubana de la Lengua. Narrador y ensayista. Premio Alejo Carpentier.

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