De una sencilla casita en Sabaneta de Barinas al Palacio de Miraflores. De familia muy pobre, «“pata en el suelo” de los “pata en el suelo”» a ser la representación –en carne y hueso– de la esperanza venezolana. Del niño vendedor de arañas (dulce de frutabomba), que cambió su sueño de ser pelotero, para incorporarse a la vida militar, a sabiendas de que allí contribuiría a un bien mayor: soltar a su tierra de los lastres puntofijistas. De líder a Presidente, leyenda, ruta.
En cada circunstancia Chávez fue conciencia, historia, coherencia, «una síntesis de indígena, europeo y africano. Tricontinental. Las tres raíces de la venezolanidad», como lo calificaría Ignacio Ramonet, en el libro Hugo Chávez. Mi primera vida.
En ese mismo texto, el destacado intelectual aseguró que, durante las numerosas horas que pasó junto al Comandante Eterno, «se le notaba “habitado” por una ardiente y ambiciosa misión: darle la vuelta a Venezuela, ponerla por fin de pie, transformarla de punta a cabo, recolocarla a la cabeza de América Latina como en tiempos de Bolívar, liberarla de la pobreza y de la marginalidad, restaurar el orgullo del patriotismo… En suma, hacer de Venezuela, como decía él, un “país potencia” (…) su voluntad de crear patria era infinita».
Y, en cada uno de sus pasos, consecuentes con cada palabra dirigida al pueblo, no hubo más aspiración que la de edificar una Revolución desde y con aquellos mismos entre quienes había crecido: los pobres, porque no olvidó nunca lo que llamó su «primera vida», esa etapa que lo convirtió en el hombre curtido, que «sabía hacer de todo con sus manos, desde plantar y cultivar maíz hasta reparar un tanque, conducir un tractor bielorruso o pintar un lienzo» y, también, encauzar un país, refundarlo desde los cimientos de la venezolanidad.
Chávez murió joven. «Le faltó mucho por hacer», podrían pensar algunos. «Quedó a mitad de camino», dirán otros. Dejar este mundo a temprana edad parece un fin. Sin embargo, para almas como la suya, la siembra –al decir de los venezolanos– es solo otra parte de su destino.
Quien dio a los desposeídos no solo derechos inalienables sino, además, la dignidad robada durante años de rezagos, no pervive en la memoria, allí donde hacen nido el polvo y las añoranzas. El arañero de Sabaneta no es solo héroe. Sus cuadros no son adorno, sino constancia de un rumbo que no debe confundirse entre la maleza de las oscuridades globales.
En su siembra, está dondequiera que ondee la enseña tricolor de ocho estrellas, donde hable el pueblo y se apueste por la América a la que Bolívar aspiró primero que los demás. Hugo Chávez está en su otra vida, en la que es certeza y respuesta en medio de las turbulencias.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus













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