El fenómeno therian, termómetro de la intolerancia política en América Latina

La expansión del fenómeno therian en América Latina se ha convertido en un incómodo espejo de las democracias regionales, al desatar una reacción política que oscila entre la estigmatización, la instrumentalización mediática y la tentación autoritaria

Detrás de cada máscara de lobo o de zorro hay, invariablemente, una historia de soledad, de búsqueda de pertenencia, de dificultad para encontrar un lugar en un mundo.

Lo que comenzó como una expresión de nicho en foros de internet de los años noventa se ha convertido en 2026 en un fenómeno continental que recorre América Latina de punta a punta. Desde las plazas de Buenos Aires hasta los parques de Panamá, pasando por las convocatorias en Rionegro, Antioquia, y los encuentros espontáneos en Montevideo, los jóvenes que se identifican como therians han logrado algo que pocos movimientos juveniles habían conseguido en las últimas décadas: poner a prueba los límites de la tolerancia democrática en la región y, al mismo tiempo, convertirse en el blanco perfecto de una derecha que ve en ellos el espejo deformado de todas sus pesadillas identitarias.

La expansión regional del fenómeno no obedece a una coordinación centralizada ni a una agenda política organizada, sino a la lógica implacable de los algoritmos. TikTok, Instagram y X han actuado como el sistema nervioso de una subcultura que, hasta hace pocos meses, era invisible para el gran público. Hoy, adolescentes en Ambato, Guayaquil o Caracas graban videos practicando quadrobics (forma de ejercicio físico y una subcultura juvenil que implica el uso de las cuatro extremidades, como si se imitara la locomoción de un animal cuadrúpedo) en sus habitaciones, comparten tutoriales para confeccionar máscaras artesanales y, sobre todo, encuentran en esas comunidades digitales un refugio frente al vacío de pertenencia que les ofrece el mundo analógico. Como señala la psicoanalista Sonia Rodríguez en entrevistas a medios internacionales, “frente a familias menos presentes por la carga laboral, estos jóvenes encuentran otros mecanismos para sentirse parte de algo”.

Pero la visibilidad súbita ha tenido un precio. El salto del espacio digital al espacio público ha desatado una reacción política que revela las grietas más profundas de nuestras democracias. En Colombia, el fenómeno ha provocado respuestas que oscilan entre el autoritarismo explícito y la estigmatización institucional. El candidato a la Cámara por el Partido Liberal en Bolívar propuso abiertamente una ley para “castrar” a los therians, argumentando que busca “proteger a la niñez”. La propuesta, además de su brutalidad explícita, carece de cualquier sustento jurídico y vulneraría los derechos fundamentales más elementales, pero lo verdaderamente alarmante es que un aspirante al Congreso considere que ese lenguaje forma parte del debate político admisible.

Aún más revelador resulta el pronunciamiento del alcalde de Medellín, Federico “Fico” Gutiérrez, quien advirtió que, “dentro de poco seguramente alguien exigirá que sean reconocidos y respetados como minorías, mientras vulneran los derechos de las mayorías solo por el hecho de autopercibirse de esa manera”. La declaración del mandatario local no solo revela una profunda incomprensión del fenómeno —los therians no reclaman reconocimiento jurídico ni derechos especiales—, sino que activa una alarma política de manual: la construcción del “otro” como amenaza, el temor a que la diversidad identitaria termine por erosionar los privilegios de una mayoría imaginada.

El patrón se repite con variaciones locales en toda la región. En Panamá, las autoridades municipales salieron apresuradamente a desautorizar convocatorias que ni siquiera habían solicitado permiso, mientras la Alcaldía de David emitía un comunicado paternalista asegurando que, “nuestros adolescentes necesitan orientación, apoyo familiar y espacios que fortalezcan su desarrollo integral”. En Argentina, un incidente aislado —una menor que habría sido mordida por un joven con máscara de lobo en Córdoba— bastó para alimentar la maquinaria del escándalo mediático y justificar la intervención de autoridades locales.

La divulgadora Carolina Benítez, conocida como Carolian Afrofem, ha identificado con precisión el mecanismo en acción: lo que estamos presenciando es un clásico pánico moral, esa vieja tecnología de amplificación colectiva que sigue una secuencia predecible. Un evento inicial pequeño o confuso, su expansión a través de anécdotas no verificadas, la réplica en medios de alcance masivo y, finalmente, la intervención de figuras públicas que demonizan al grupo señalado y preparan el terreno para propuestas de regulación o cambio normativo. “Y ahí es donde llegan a intervenir en la crisis funcionarios públicos o figuras religiosas, demonizar, decir ‘esta persona es mala moralmente, esto está mal, esto es una pandemia, Dios mío, nos vamos a morir’”.

Pero el análisis más perturbador proviene de quienes ven en esta histeria colectiva algo más que una reacción espontánea. El director de marketing digital Alberto Bueno advierte que el fenómeno therian podría estar siendo utilizado como una cortina de humo —“un nuevo Chupacabras”, en sus palabras— para desviar la atención de crisis políticas y económicas de fondo. Según su análisis, la velocidad con la que el tema se posicionó en las tendencias globales, impulsado por cuentas asociadas a granjas de bots, coincide sospechosamente con momentos de alta conflictividad social, como las protestas contra la reforma laboral en Argentina.

Más grave aún es su advertencia sobre el uso político de esta subcultura por parte de sectores de ultraderecha. “Lo van a usar para reducir derechos, oportunidades laborales y acceso a la salud. Es el nuevo periódico en el que te ponen la nota falsa para minimizar experiencias reales”. La estrategia es perversa pero eficaz: ridiculizar a un grupo minoritario para desacreditar por extensión todas las luchas identitarias, desde el reconocimiento de la diversidad sexual hasta los derechos de las poblaciones históricamente marginadas. Si estos jóvenes que se sienten lobos o zorros son presentados como el producto del relativismo extremo o de años de políticas de izquierda, entonces cualquier demanda de reconocimiento identitario puede ser arrastrada al mismo pozo de irracionalidad.

El actor Juan Soler, en una declaración críptica pero reveladora, insinuó recientemente que ha estado investigando el fenómeno en contacto con el politólogo conservador Agustín Laje y concluyó que se trata de una “utilización política”. Aunque Soler evitó profundizar —“ya he tenido quilombos por opinar de política”, se excusó—, su mención a Laje, una de las voces más radicales del conservadurismo latinoamericano, sugiere que en ciertos círculos ya se está teorizando sobre los therians como un síntoma de la decadencia cultural que justificaría una respuesta autoritaria.

Lo paradójico de todo esto es que, mientras políticos y opinadores compiten por ver quién lanza la condena más estridente, los protagonistas reales del fenómeno continúan su vida con una normalidad mucho más anodina de lo que la histeria colectiva sugiere, visible en redes sociales digitales. Gray, una joven mexicana de 18 años con cerca de 14.000 seguidores en TikTok, explica que se identifica con un perro golden retriever, un gato gris, una oveja y un ornitorrinco, pero aclara que en la vida cotidiana se comporta “con normalidad frente a la sociedad”. Zaiturro, de solo 13 años, en Guayaquil, practica quadrobics en su cuarto, no en la calle, porque “no soy muy fan de mi voz” y encuentra en sus amigos de Internet un refugio frente al aislamiento escolar. Sofía, usuaria de Instagram, en Caracas, lleva una colita de felpa al colegio porque, desde que la usa, sus compañeros ya no se atreven a meter las manos en su mochila.

Detrás de cada máscara de lobo o de zorro hay, invariablemente, una historia de soledad, de búsqueda de pertenencia, de dificultad para encontrar un lugar en un mundo que los adultos hemos contribuido a fragmentar. Lorena Cuadrado, directora del UEES Mental Health Center en Ecuador, lo resume con claridad: “A veces los padres dicen que le dejan al hijo su espacio, pero tenemos que estar presentes para ellos, porque a los 13 o 14 años tienen muchas dudas sobre lo que sienten y piensan”. En este 2026, la manada therian recorre América Latina dejando a su paso un rastro incómodo. No porque sus prácticas sean intrínsecamente perturbadoras —los quadrobics en un parque no son más amenazantes que una clase de yoga o una performance callejera—, sino porque su existencia misma interpela a sociedades que no saben qué hacer con la diversidad cuando esta no se ajusta a los moldes preestablecidos. La verdadera prueba para las democracias latinoamericanas no será si logran regular el uso de máscaras en espacios públicos, sino si son capaces de resistir la tentación autoritaria de fabricar enemigos fáciles para desviar la atención de las crisis reales. Mientras tanto, en una habitación de Ambato, un adolescente llamado Pory se coloca su máscara de lobo y, por un instante, se siente parte de algo. Tal vez, solo tal vez, merezca algo mejor que ser convertido en munición política.

Dileán Sousa

Texto de Dileán Sousa

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