Durante las últimas semanas y, especialmente, durante los últimos días, hemos visto cómo la actuación y el comportamiento del actual presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, se hacen cada vez más inseguros y erráticos, causando reacciones que van desde la preocupación más extrema en el caso de jefes de estado y gobierno europeos, hasta el estupor y la duda en sus vasallos latinoamericanos y caribeños, algunos de los cuales han subido al poder y son mantenidos bajo la sombra de este personaje siniestro.
Experto en operaciones especulativas en las bolsas de valores y en imagen mediática a través de los grandes medios en su larga trayectoria al frente de reality shows, el mandatario padece, en cambio, de un reduccionismo casi infantil a la hora de tomar decisiones basadas no en un conocimiento de la naturaleza, la psicología y la historia de hombres y naciones, sino en impulsos instintivos permeados de una subjetividad galopante.
Tal reduccionismo —aunque sorprenda— no va más allá de deducciones delirantes de la clase de, por ejemplo: “Si soy el jefe de estado de la primera superpotencia mundial, entonces puedo hacer lo que me venga en gana, desde apoderarme de Groenlandia, hacer de Canadá el estado número 51 de la Unión Americana, tomar a Cuba de manera amigable o por la fuerza y vencer a Irán en una, o a lo sumo dos semanas de guerra relámpago”.
Siguiendo esta línea de pensamiento, Trump había adoptado una serie de medidas controvertidas de tipo político y económico o que revisten ambos aspectos, como la imposición indiscriminada de aranceles al intercambio con sus socios comerciales, empezando por China, su competidor por excelencia, pues le disputa al imperio gringo la supremacía económica, pero también militar, no como resultado de una política especialmente dirigida a ese objetivo, sino como parte de un proceso endógeno de desarrollo.
Según se puede observar con mayor nitidez ahora, muchos países no han estado a la altura de la defensa de sus intereses nacionales, por cobardía o por oportunismo político, mientras otros han defendido sus intereses o han presentado resistencia con los medios a su alcance, mientras en los propios Estados Unidos se ha venido desarrollando un proceso de validación o invalidación legal de este proceso, como la decisión de la Corte Suprema de Justicia, de eliminar —al menos en parte— los aranceles generales impuestos de manera casi indiscriminada por Donald Trump.
Con sus altas y bajas, todo ha marchado relativamente bien, o, al menos, no del todo mal en este aspecto, pero no olvidemos que, aparte de este capítulo económico —y político, pues el dólar, el comercio y la economía en general los ha venido utilizando Trump como arma de guerra— figura además lo específicamente político-militar como es la actuación ante los, en extremo complicados problemas y contradicciones que se dan en torno a Ucrania y el conflicto que hoy tiene lugar en el Medio Oriente.
En Ucrania, conflicto que prometió acabar de forma expedita en cuestión de horas o días, Trump ha fracasado en toda la línea al querer salirse de una guerra que no siente suya y, por tanto, tampoco de Estados Unidos, pues piensa que mientras gasta inmensos recursos y energías en este megaenfrentamiento entre la OTAN y Rusia en suelo ucraniano, China se les va delante y Washington no ha podido cumplir su siniestro propósito de destruir a la República Islámica de Irán, quizá la única nación realmente independiente en esa parte del mundo, que Israel ve como una amenaza existencial y un valladar infranqueable para sus planes expansionistas en la región.
Llegados a este punto, preciso es insistir en que para cualquier nación y también para Estados Unidos, no se puede actuar a la ligera ante tan formidables problemas que incluyen cálculos políticos, militares, económicos, de relaciones públicas, de geopolítica y de geoestrategia, reduciéndolo todo a los objetivos propuestos y la correlación de fuerzas en el papel. No se puede pensar en supuestos tales como: “Disponemos de 11 grupos de ataque de portaaviones y de una flota de cazas y bombarderos furtivos F-35 y B-2 Spirit, capaces de hacer la diferencia”.
Muy por el contrario, la vida está demostrando que hay que conocer además de historia antigua e historia universal, de psicología y de lógica, pero, por desgracia —o por suerte para la humanidad— todo parece indicar que Donald Trump, poseedor de una fortuna de más de 4 000 000 000 de dólares, tiene la preparación y la idoneidad de un viajante de farmacia para el alto cargo que desempeña. ¿Por qué expresamos esto? Lo decimos en primer lugar porque hay que conocer la psicología del enemigo y su historia, y saber cosas tan elementales como que, la Unión Americana tiene una historia de apenas dos siglos y medio, mientras la del país persa se remonta 2 500 años en el calendario; es decir, viene desde los tiempos bíblicos.

Otro factor en contra de Trump es sacar conclusiones equivocadas de experiencias vividas. Pongamos el caso de la primera agresión traicionera lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán en junio de 2025, también llamada Guerra de los 12 Días, atendiendo a su duración. En aquella ocasión, el principal pretexto esgrimido era acabar con el programa nuclear de la República Islámica atacando cientos de objetivos en su territorio, pero centrando la ofensiva en sus plantas nucleares subterráneas por medio de los bombarderos estratégicos B-2, “invisibles al radar”.
Ocurrió que Irán respondió de manera tan contundente que puso literalmente contra las cuerdas al estado sionista, al punto de que este le pidiera a su protector y rehén Donald Trump que le sacara las castañas del fuego, porque estaba siendo destruido. Por gestiones entre las partes y de la comunidad internacional, aquel conflicto pudo ser momentáneamente congelado.
Pero volvamos a las conclusiones erróneas. Donald Trump y su par israelí, Benjamín Netanyahu, redujeron el asunto a que la derrota de Irán no se había podido concretar en aquel momento por algunas limitaciones en la ofensiva conjunta desde Israel y las bases norteamericanas y los buques de ese país desplegados en la región. Ante una mentalidad en extremo elemental como la de Trump, sobrevino entonces el affaire Maduro.
Sí, porque en la madrugada del 3 de enero de 2026, una cruenta operación de secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro Moros, largamente planificada y ensayada, tuvo el éxito esperado. En Washington, las repercusiones del hecho impresionaron muy fuertemente a Trump, al secretario de la Guerra Pete Hegseth, al secretario de Estado Marco Rubio y a otros miembros del gabinete del magnate presidente.
No podemos —ni queremos— estar en la cabeza de Trump, pero resulta indudable que el arreciamiento de su lenguaje amenazante contra distintos miembros de la comunidad internacional, entre ellos Dinamarca, Canadá, México, Colombia y Cuba, entre otros países, ha tenido que ver con lo ocurrido en Caracas en la madrugada del tercer día de este año.
Y existe casi total seguridad de que ese golpe de mano de los Delta Force en la patria del Libertador, que ha cambiado el equilibrio de fuerzas en América Latina y el Caribe, tuvo mucho que ver en la desafortunada decisión de Trump y Netanyahu de lanzarse a una segunda guerra a traición contra Irán en momentos en que ambas partes mantenían negociaciones y se esbozaba un posible acuerdo.
Así, el 28 de febrero pasado, el reduccionismo de Trump lo llevó a dar por seguro que el ataque sorpresivo al estilo de la blitzkrieg o guerra relámpago de su modelo nazi Adolfo Hitler, llevado a cabo por cientos de aeronaves y misiles estadounidenses e israelíes contra Teherán y otros centros neurálgicos persas en la madrugada del día citado, pondría de rodillas a la nación de Ciro el Grande. Y más aún cuando en esa primera ofensiva llamada Furia Épica, se logró eliminar físicamente al líder supremo, el Ayatollah Ali Jameini y a un grupo de los principales jefes civiles y militares iraníes.
Desconocedor total de la historia y la idiosincrasia de los persas, Trump creyó que, a los primeros embates, el país sucumbiría ante la presión de los agresores y que capitularía en un plazo de una, dos o, a lo sumo, tres semanas.
El magnate voluntarista y subjetivista hasta el tuétano no contó con que los medios antimisiles israelíes y de los siete países del Medio Oriente donde Estados Unidos posee 27 bases militares, eran finitos y en extremo costosos, así como que su producción es lenta y complicada. No contó con el espíritu de unidad y resistencia de los descendientes de Darío y Jerjes, ni con los contragolpes que empezaría a asestar Irán contra las bases y los buques norteamericanos y contra el minúsculo territorio de Israel, poniéndolos a todos en crisis.
Tampoco contó Trump con el hecho de que Irán, una nación de 1.5 millones de kilómetros cuadrados y 90 millones de habitantes, ha estado por más de 20 años preparándose para enfrentar una coyuntura como la presente.
Ha ignorado el magnate que la base industrial militar iraní tiene ubicación subterránea a cientos de metros debajo de la superficie de las montañas donde se encuentra enclavada, que ese estado cuenta con tecnologías sorprendentemente avanzadas de drones y misiles equiparables muchos de ellos a los que poseen las potencias de primer rango y que existe un ejército regular, más una fuerza militarizada llamada los Guardianes de la Revolución, más una reserva que, de conjunto, suma más de un millón de hombres y que la República Islámica produce la mayor parte de sus armas convencionales.
No valoró Trump que la confluencia de naciones del Medio Oriente en su empalme con el Asia Central es una encrucijada de culturas y de intereses encontrados y que detrás y a corta distancia se ubican China y Rusia, dos superpotencias que por razones geopolíticas y geoestratégicas no pueden darse el lujo oneroso de que Irán resulte derrotado en esta guerra.
Ignora Trump, lo sabemos, la posibilidad más que evidente de que Irán, con el apoyo de chinos y rusos se convierta en un mega Vietnam que con toda seguridad sería un fracaso catastrófico y quizá definitivo para la misma existencia de los Estados Unidos. Una cosa tiene clara Donald Trump y es que, de lo que suceda en las próximos días o semanas depende su futuro, e incluso su presente político y más aún, porque una derrota ante Irán puede llevar a su destitución y encarcelamiento. Y no sería tanto por espíritu de justicia de las instituciones políticas estadounidenses, sino porque esa sociedad es enemiga acérrima de los perdedores.
Los países pequeños y debilitados por epidemias y guerra de estrangulamiento como el bloqueo endurecido y el garrote petrolero de Estados Unidos en particular, como es el caso de Cuba, observamos con máxima atención el curso de los acontecimientos, de los cuales puede depender en mucho o en todo el futuro de este pueblo heroico.
Entre 1964 y 1975 la comunidad internacional acumuló una deuda inmensa con el heroico pueblo vietnamita que supo resistir e imponerse a la potencia colosal de Estados Unidos. Hoy el planeta observa en ascuas este nuevo enfrentamiento donde los agresores encuentran la resistencia ciclópea del valiente pueblo persa. De los resultados depende el mundo que emergerá a partir de este conflicto, que con toda certeza influirá en el presente y el futuro de la humanidad.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus














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