¿Qué tal viven-sobreviven ustedes allá?, preguntó a mediados de febrero desde Canadá Alexander, el esposo de Natasha, en un juego de palabras en ruso.
Le dije mínimamente, sin negar las dificultades que ya conocía por la prensa internacional, cuando la alharaca mediática situaba a Cuba en el centro mismo de los reportes, por la consabida amenaza de Donald Trump contra cualquier gobierno que “se atreviera” a enviarle petróleo a Cuba.
“Chinita, ¿la están pasando mal?, escríbeme”, procuraba confirmar, desde Crimea, mi amiga desde finales los 70 o comienzo de los 80. Aunque radicada desde muchos años atrás en la nación norteamericana, donde vive también su hija, Natasha lleva tiempo residiendo en las afueras de Simferópol, la ciudad que nos acogió durante la Universidad. Allí vive su madre, muy anciana; allí murió recientemente su padre, con el aliciente de la única hija a su lado. A ambos los conocí justo en esa casa desde donde mi amiga se comunica ahora.
“¿Cómo podemos ayudar?”, preguntó en una llamada de mediodía aquí, ya de noche allá en Rusia. Su voz sonaba angustiada y la mía, por mucho que intenté ocultarlo, también traslucía zozobra. Le conté parte de nuestra estrategia de subsistencia, traté de sonar optimista, le hablé de risas y de canto, algo que siempre ha admirado de Cuba. Pero no logré tranquilizarla, así que de cuando en cuando, ante las dificultades suyas y mías con la comunicación (se le hace imposible escuchar mensajes de audio vía WhatsApp y apela más a Telegram), ella o su esposo preguntan cómo va la cosa.
Pocas semanas después recibí un mensaje a través de Gmail. Mi profesora de Gramática Rusa, Tatiana Antonovna, relativamente activa y vital aún, escribía igualmente su inquietud ante las noticias que le llegaban.
“Confío en que haya corriente y también conexión para que leas mi carta. Sufro mucho por las recientes noticias relacionadas con Cuba”, decía, para deshacerse luego en preguntas y evocaciones sobre “nuestros queridos grupos de estudiantes cubanos. No siempre se establecen relaciones tan cordiales entre alumnos y profesores, ni se conserva un recuerdo tan bueno y perdurable”, apuntaba en su texto.
Hace pocos días me llegó una tercera señal de alarma desde el gigante eslavo.
Alexander Maschenko, jefe de Relaciones Internacionales de la otrora Universidad Estatal de Simferópol, hoy Universidad Federativa de Crimea, también se muestra preocupado. “Aquí sufrimos por ustedes. Si le es posible, escríbanos cómo les va, cuál es el estado de ánimo ante esta escalada de tensiones desatada por Estados Unidos alrededor de Cuba y cómo lo toman en la isla, qué criterios prevalecen en la sociedad”.
A Maschenko no lo conozco en persona, pero Tatiana Antonovna, que se jubiló hace muy poco de la institución, nos puso en contacto. Cada año, a principios de octubre, procuran (y con excepción de 2021 siempre han conseguido) un mensaje de video o de audio, en calidad de egresada extranjera, para la conferencia internacional que organizan sobre el alcance mundial del idioma ruso.
Cuando éramos unos jóvenes con la vida por delante, en la antigua URSS (la Crimea donde estudiamos pertenecía entonces a Ucrania, pero había sido parte de Rusia y volvió a ella tras un referendo popular en 2014) se admiró siempre a Cuba, nombre tras el cual indefectiblemente se pronunciaba el de Fidel Castro. Seguimos siendo para ellos motivo de inspiración, y por eso no causó asombro que cuando otras naciones se acogieron a los designios del gobierno estadounidense sobre el bloqueo energético que actualmente intenta asfixiar al archipiélago, al añadirse al bloqueo económico que durante más de seis décadas se ejerce desde la potencia del norte, Rusia lo desafió enviando un buque con un cargamento de 100 000 toneladas de petróleo. El envío forma parte de una asistencia humanitaria que, según el portavoz presidencial ruso, Dmitri Peskov, seguirá concretándose.
No estuve entre los que vieron con sus propios ojos el petrolero Anatoli Kolodkin entrar a puerto cubano el pasado 30 de marzo, pero de alguna manera siento haber visto en él, junto a los tripulantes, los ojos húmedos y felices de Natasha, mientras el crudo era descargado y tanto la generación eléctrica como otras actividades vitales del país se preparaban para recibirlo.
Uno puede estar cerca o lejos, como reza una canción sobre Cuba que escuchábamos durante los años de estudios allá. Pero si la amistad es verdadera las distancias se acortan.
Los miles de kilómetros entre nuestra nación y Rusia son ahora mismo menos extensos, porque allá, desplegada entre los continentes de Europa y Asia, hay una nación que culturalmente difiere mucho de la nuestra; sin embargo, nos es cercana, porque allí se nos quiere bien.
Nadie sabe el curso que tomarán los acontecimientos en lo adelante, pero lo cierto es que no estamos solos, y no lo escribo pensando solo en Rusia, desde donde me llegan líneas de cariño y aliento. Todo el mundo progresista es capaz de discernir dónde está la verdad, donde está el decoro, independientemente de quién haga más o menos ruido.
Escambray Periódico de Sancti Spíritus












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