Una torre entre las piedras y la historia

La edificación donde hoy se encuentra el Museo Nacional de Lucha Contra Bandidos ha tenido diversos usos a lo largo de la historia

La silueta del otrora Convento de San Francisco de Asís identifica a la ciudad de Trinidad en el mundo.

En el corazón de Trinidad, una ciudad detenida en el tiempo, se alza una torre testigo de siglos de historia, fe y conflicto. El edificio que hoy alberga el Museo Nacional de Lucha contra Bandidos hunde sus raíces en el suelo del antiguo Convento de San Francisco de Asís, en una historia que entrelaza devoción, trabajo comunitario y evolución de un pueblo.

Sus orígenes se remontan a la colonia. A mediados del siglo XVI, los frailes franciscanos ya estaban presentes en la zona, pero fue en el siglo XVIII cuando el convento tomó forma concreta. En 1731, el capitán Gerónimo de Fuentes Terreros y su esposa, Micaela de Arbeláez, donaron una casa, una iglesia conocida como la Ermita de Nuestra Señora de la Consolación de Utrera y varios solares contiguos a la Orden Franciscana. Este complejo, ubicado en las calles Boca y Cristo, funcionó como iglesia y convento durante gran parte del siglo XVIII.

Hacia fines de esa centuria, comenzó la construcción de un nuevo templo y convento. Aunque la fecha exacta se desconoce, el impulso definitivo llegó con un hombre de tenacidad inquebrantable: fray José de la Cruz Espí, conocido como el Padre Valencia. En 1809, este fraile valenciano llegó a Trinidad caminando desde La Habana con una misión: levantar el convento, la iglesia y la torre de San Francisco de Asís.

Comenzó pidiendo limosnas a la sombra de un árbol de guanábana en la plazoleta de Punta Brava y luego recorrió las calles con su “jaba”, convocando al pueblo. Su carisma movilizó a toda la comunidad, desde los vecinos más humildes hasta el gobernador Coppinger, quien aportó su esfuerzo personal. Se cuenta incluso que el Padre Valencia imponía como penitencia a pecadores adinerados que contribuyeran con trabajo o materiales para la obra.

Para 1812, con ayuda del arquitecto Cristóbal Troyano, estaba terminada la torre. Gracias al apoyo popular, el 11 de abril de 1813 se ofició la primera misa en la nueva iglesia, aunque las obras continuaron durante algunos meses más. Sobre sus muros, el Padre Valencia habría escrito una profecía que resonaría en la historia local: “¡Trinidad será acometida, pero nunca vencida!”.

El edificio funcionó como parroquia mayor hasta 1823, cuando el gobierno español decretó la expulsión de los franciscanos, acusándolos —sin pruebas— de conspirar contra el régimen. A partir de entonces, la edificación inició un lento declive. Se usó como cuartel del ejército español hasta fines del siglo XIX, lo que aceleró su deterioro. Durante este tiempo, en 1837, un huracán causó graves daños; mientras que en 1853, se colocó en la torre un reloj y nuevas campanas fundidas por el herrero francés José Giroud.

En 1898, tras la retirada española, el convento quedó abandonado. Fue alquilado como gallera, caballeriza, y para la escogida del tabaco. Para 1926, el deterioro era tal que la alcaldía municipal ordenó su demolición, salvando únicamente la torre campanario (lo único que se conserva de la edificación original). El edificio se reconstruyó siguiendo la arquitectura original y, en 1930, se inauguró como escuela pública.

Con el triunfo de la Revolución, el inmueble pasó a ser propiedad del Estado. Funcionó como escuela primaria hasta 1984, cuando se destinó a sede del Museo Nacional de Lucha Contra Bandidos. Este museo preserva la memoria del combate contra las bandas contrarrevolucionarias que operaron en la región del Escambray durante los años 60. Trinidad fue escogida por ser uno de los escenarios principales de aquella lucha, dado que muchas bandas actuaban en sus alrededores.

Hoy, este Monumento Nacional se alza como uno de los símbolos más importantes de la localidad. Su silueta, dominada por la torre del Padre Valencia, es uno de los íconos más fotografiados de Trinidad. En su interior, las salas custodian documentos, armas y testimonios de un capítulo crucial de la historia contemporánea de Cuba.

Así, el antiguo Convento de San Francisco de Asís resume en piedra y memoria el alma de la villa: una fundación que surgió del esfuerzo colectivo, un símbolo de resistencia que sobrevivió al tiempo y, finalmente, un espacio consagrado a la defensa de la soberanía nacional. De casa de oración a baluarte de la historia, su torre sigue en pie, vigilante y majestuosa, testigo mudo de que los edificios, como las ciudades, pueden renacer una y otra vez con nuevos significados.

Manuel Lagunilla González

Texto de Manuel Lagunilla González

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